El alcance de sospechar de todo (y de todos)
He descubierto, con asombro y cierta admiración por mí mismo, que me estoy volviendo una persona profundamente inquisitiva. No en el sentido de “curioso”, que suena amable y hasta intelectual, sino en el de “inquisidor”, con sable invisible y ceño arqueado. Antes solo observaba el mundo; ahora lo examino, lo disecciono y, si me apuras, lo acuso. Si alguien me sostiene la mirada tres segundos más de lo debido, no pienso que me admira o que le he recordado a su primo; pienso que me está haciendo un retrato visual, un boceto mental detallado para enviarlo a los poderes fácticos, a fin de advertirles que aquí tienen a otro elemento peligroso: un ciudadano que pide su café solo y lo toma sin azúcar. Sospechoso, sin duda.
La transformación empezó de manera inocente. Diría que fue después de que el panadero, a quien llevo saludando quince años, me dijo “Buenos días” con medio segundo de retraso. Medio segundo. A los ingenuos podrá parecerles una nimiedad, pero yo detecté algo más profundo: una pausa premeditada, una microinterferencia. Ese medio segundo fue suficiente para que procesara una instrucción proveniente de alguna instancia sombría: “Obsérvalo. Analízalo. Tiene algo raro en la mirada”.
Desde entonces ya no soy el mismo. Ahora analizo cada gesto, cada saludo, cada silencio. Si el vecino tarda en responder mi “hola”, deduzco que ha recibido directrices. Si el cartero deja las cartas con un leve ruido metálico, lo interpreto como una clave morse dirigida a mis superiores (aún no sé si soy agente o vigilado, pero prefiero mantener la ambigüedad, por si acaso).
El otro día me sorprendí a mí mismo examinando con lupa —figuradamente, aunque no descarto hacerlo literalmente— la actitud del camarero del bar donde suelo desayunar. Siempre me ha parecido eficiente, cordial y discretamente simpático. Pero últimamente tarda dos minutos más en traerme el café. ¿Coincidencia? Por favor. Eso no existe. Evidentemente, esos dos minutos se emplean en deliberar con los otros camareros: “¿Tú qué piensas? ¿Será de los nuestros o de los contrarios? Mira cómo se acomoda la bufanda: eso tiene un significado”.
Así empieza el día, con un café solo que me cuesta cada vez más caro, no por el precio, sino por la carga emocional del espionaje al que me somete la humanidad entera. Porque lo sospecho: el mundo entero conspira. El conductor del autobús me mira por el retrovisor con demasiada frecuencia; la señora del asiento de al lado finge leer, pero sé que memoriza mis movimientos; y el adolescente que va con auriculares, ese que balancea la cabeza al ritmo de su música, seguro que lleva un micrófono camuflado en la cremallera de la chaqueta.
No creas, he intentado razonar conmigo mismo. Me he dicho: “Calma, hombre, no todo el mundo puede estar chiflado o al servicio de alguna organización”. Pero entonces recuerdo que, precisamente, ese es el argumento más usado por los servicios secretos para tranquilizar a sus objetivos: “Nada que temer”. La calma es la coartada del control. Me rehúso a ser tranquilizado. Prefiero la inquietud lúcida a la serenidad manipulada.
El colmo llegó la semana pasada. Fui a la peluquería y el barbero me preguntó cómo quería el corte. Nada más inocente, en apariencia. Pero yo, que ya estoy en modo de sospecha permanente, noté la trampa. “¿Cómo quiere el corte?”, dijo con una sonrisa que tardé ocho horas en descifrar. Obvio: quería ver si lo mencionaba de manera ideológica, si mi “corte” era de tendencia liberal, conservadora o revolucionaria. Respondí con cautela: “Como siempre”. Pero ya era tarde. Ese “como siempre” fue interpretado, seguro, como una declaración de principios. ¿Y si el “siempre” es una nostalgia del pasado, un guiño contrarrevolucionario? ¿O si implica resistencia pasiva al cambio? Salí con el cabello más corto, pero con las ideas más largas.
A veces pienso que me exagero. Pero luego miro a mi alrededor y, francamente, no veo señales de que el resto no esté metido en el mismo juego. Todo el mundo observa a todo el mundo. Vivimos en una sociedad de ojos múltiples y bocas cerradas. En el metro, cada quien hace como que mira el móvil, pero nadie escribe nada; todos fingen leer para espiar a los demás por el reflejo de la pantalla. Las cámaras de seguridad ya no asustan: se han vuelto parte del paisaje, como las palmeras en Benidorm. Lo que me preocupa son los ojos humanos, esos que fingen distracción, pero registran tus gestos con la precisión de un dron.
La gente cree que la paranoia es un signo de debilidad mental. Yo sostengo lo contrario: exige disciplina, vigilancia y memoria. Detectar señales donde otros ven casualidades requiere talento y sensibilidad. Soy, si se quiere, un músico del delirio, un afinador de sospechas. Y, en el fondo, encuentro en ello una especie de placer estético. La vida se vuelve apasionante cuando sospechas que te vigilan: cada pequeño detalle cobra sentido, cada palabra es una pista, cada pausa, una amenaza latente. Es como vivir dentro de una novela de espías, pero sin tener que llevar esmoquin ni salvaguardar secretos de Estado. Basta con pedir un café y notar que el camarero alza una ceja.
Lo más fascinante es que mi entorno ha empezado a adaptarse. Un amigo, después de diez minutos de conversación trivial, me miró con aire conciliador y dijo: “No te lo tomes a mal, pero estás algo… observador últimamente.” Ese tono de “observador” sonaba a diagnóstico médico. Claro, pensé: ha sido reclutado por los del otro lado. Su misión es hacerme dudar de mis propias dudas, inducirme al descrédito, empujarme hacia la autocensura. Le respondí con elegancia: “Observador, sí. Pero solo porque hay tanto que observar.” Sonrió, incómodo. Tal como haría un espía descubierto.
Por las noches hago el balance de la jornada. Intento recordar quién me miró con exceso de simpatía, quién evitó mi saludo, quién pareció comentar algo justo cuando yo pasaba. Llevo un registro mental admirablemente detallado. No anoto nada, claro, porque sería iluminador para mis enemigos. Confío en mi memoria, aunque a veces sospecho que incluso ella juega para el otro bando.
Y, pese a todo, hay algo divertido en esta hipervigilancia. Me hace sentir importante. Antes pasaba inadvertido; ahora me sé observado, seguido, analizado. Soy, en cierta medida, protagonista de una conspiración universal. ¿Quién no querría sentirse tan relevante? Tal vez mi celo inquisitivo no sea paranoia, sino una forma de narcisismo invertido. Porque, admitámoslo, no hay ego más bien alimentado que el de quien cree que todos lo observan.
El otro día quise hacer un experimento. Decidí salir a la calle sin mirar a nadie, sin analizar gestos ni conversaciones. Pensé: “Hoy voy a confiar en la humanidad”. Me duró dos manzanas. A la altura del quiosco vi cómo el vendedor doblaba discretamente una página del periódico. No era un gesto casual: doblaba justo en la esquina inferior derecha, donde suelen estar las notas secretas para quienes saben leer entre líneas. Sentí el impulso de correr, pero me contuve. Fingí indiferencia. Me alejé despacio, con el porte digno del que ha descubierto una trama, pero no piensa caer en la provocación.
Ahora vivo instalado en una especie de observatorio moral. No hay gesto sin motivo, ni palabra sin trasfondo, ni sonrisa sin estrategia. Todo el mundo tiene un plan y yo, por supuesto, tengo el mío: seguir observando, seguir sospechando, seguir existiendo bajo el noble arte de la desconfianza. Porque si algún día dejo de hacerlo, ¿quién quedará para vigilar a los vigilantes?
Mientras tanto, seguiré pidiendo mi café solo, observando al camarero con disimulo y anotando mentalmente el tiempo exacto entre el pedido y la entrega. No por neurosis, sino por principios científicos. Y si alguna vez me sorprenden sonriendo solo en la barra, no se alarmen: es solo que he descubierto un nuevo indicio de la conspiración, una prueba irrefutable de que mi intuición sigue tan aguda como siempre. En el fondo, ¿quién necesita tranquilidad cuando puede tener razón? @mundiario


