Ajuste de cuentas tras el caso Errejón

El escándalo ha abierto grietas profundas en un espacio que en su momento unió fuerzas para representar una nueva izquierda feminista y transformadora.
Íñigo Errejón. / Sumar
Íñigo Errejón. / Sumar

La izquierda española enfrenta una encrucijada compleja y dolorosa tras la dimisión de Íñigo Errejón, acorralado por denuncias de acoso sexual. Más allá de la gravedad del caso en sí, el escándalo ha abierto grietas profundas en un espacio que en su momento unió fuerzas para representar una nueva izquierda feminista y transformadora. Sin embargo, lo que ha aflorado no es solo un problema de conducta individual, sino una crisis de confianza, democracia interna y, en última instancia, de coherencia en los valores que sostienen el proyecto político. 

La renuncia de Errejón, presionado por los testimonios y la innegable reacción en redes, fue rápida y contundente. Pero la rapidez de su salida contrasta con la lentitud y las contradicciones en la reacción de Sumar y Más Madrid ante los primeros indicios que circulaban desde 2023. Así, lo que inicialmente parecía una acción de responsabilidad política se ha convertido en un ajuste de cuentas entre las distintas fuerzas. Izquierda Unida ha demandado cambios en la estructura del grupo parlamentario, Podemos ha señalado a Yolanda Díaz como la única responsable de la selección de Errejón, y Más Madrid, en una encrucijada de acusaciones internas, ahora se tambalea en su propio papel dentro del bloque progresista madrileño.

A la izquierda del PSOE, es inquietante cómo estas diferencias internas han escalado hasta convertirse en una especie de guerra abierta por cuotas de poder, visibilidad y control sobre la agenda feminista. Sumar, un partido que buscaba reflejar un feminismo inclusivo y renovador, ahora se encuentra a la defensiva, intentando explicar por qué no actuaron con contundencia cuando surgieron los primeros rumores sobre Errejón. Podemos, que abandona su enfoque en la responsabilidad política de Yolanda Díaz para proteger el núcleo de su base más combativa, continúa apuntando a Díaz, avivando viejas rencillas que solo alimentan la percepción de un espacio fracturado.

Sin embargo, el punto crítico no reside únicamente en el quién sabía qué y cuándo, sino en la brecha que existe entre el discurso feminista de estas formaciones y su capacidad para llevar a cabo políticas coherentes con ese discurso. La derecha siempre ha señalado las supuestas hipocresías de la izquierda, pero en este caso, el golpe proviene de las propias filas progresistas y de una base decepcionada que siente que las respuestas ante estos abusos fueron más políticas que éticas.

La defensa de los valores fundacionales

La izquierda se ha enorgullecido de representar los intereses y derechos de las mujeres; ha levantado el estandarte del feminismo como una seña de identidad, y en teoría, tiene la responsabilidad de ser ejemplar en la defensa de sus valores fundacionales. Pero la historia reciente muestra que este idealismo se ha desmoronado a la hora de gestionar las crisis internas. La reticencia a asumir responsabilidades de manera rotunda y clara solo empequeñece la legitimidad del proyecto y daña la credibilidad de un movimiento que debe, a toda costa, evitar parecer oportunista. 

A esto se suma la falta de confianza que algunas mujeres sienten en los cauces institucionales para denunciar este tipo de comportamientos, un síntoma que revela cómo, pese a los avances, hay mujeres que siguen optando por las redes sociales y el anonimato para protegerse. Para la izquierda que tanto ha defendido el feminismo, el verdadero reto debería ser cuestionarse por qué, después de años de políticas de género y espacios seguros, las mujeres no confían en su sistema.

No es casual que el caso Errejón se haya convertido en el catalizador de un ajuste de cuentas en la izquierda. Más bien, refleja la necesidad de una profunda introspección y un cambio estructural. Si los líderes de estos partidos progresistas no están dispuestos a aplicar en su propia casa las ideas que defienden públicamente, perderán de vista el objetivo central: proteger los derechos y la dignidad de todas las personas, en especial de aquellas que más confían en ellos.

La izquierda debería recordar que la lealtad de su base no es eterna y que el compromiso con el feminismo no debe ser negociable. A la izquierda del PSOE, es el momento de hacer autocrítica, de recomponer una cultura política que se alinee con los ideales que proclama y de demostrar, más allá de las declaraciones, que los valores feministas no son un simple reclamo electoral, sino una praxis de actuación que debe guiar a cada representante y cada partido del bloque. @mundiario

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