Las aguas internacionales se resisten a volver a su cauce

Las aguas no han vuelto a su cauce porque quizás ese cauce ya no existe. Estamos ante un rediseño en curso, en el que los equilibrios anteriores se han roto y los nuevos aún no se han asentado. Quien busque certezas, solo encontrará incertidumbre.
Un mundo convulso. / Mundiario
Un mundo convulso. / Mundiario

Hay momentos en los que la historia acelera, se enmaraña, se torna volátil. Momentos en los que lo que parecía sólido y previsible se convierte en arena movediza. En economía y en geopolítica, el mundo vive uno de esos periodos: las aguas no han vuelto a su cauce, y todo indica que tardarán en hacerlo.

Las reuniones de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial en Washington han dejado claro que el pesimismo se ha convertido en el nuevo lenguaje diplomático. Las previsiones de crecimiento caen como fichas de dominó. La inflación se mantiene alta, los mercados tiemblan, y la confianza empresarial en Europa se desploma. El índice PMI, termómetro de la actividad privada en la eurozona, apenas late. Y mientras tanto, el secretario del Tesoro estadounidense pone freno al entusiasmo de Wall Street, recordando que no habrá retirada unilateral de aranceles. La tregua comercial entre China y Estados Unidos es, por ahora, más deseo que realidad.

En medio de este escenario convulso, el FMI lanza una advertencia con dos direcciones: una a los países con elevados gastos en defensa —que diseñen planes de financiación creíbles, con más impuestos o recortes— y otra a Estados Unidos, sugiriendo que los ingresos arancelarios pueden ser usados para reducir su déficit. La lógica fiscal se mezcla con la geoestrategia. La guerra comercial no es solo una guerra de cifras: es una forma de reordenar el tablero global.

Pero incluso dentro de Estados Unidos las señales son contradictorias. Trump, con su estilo característico, echa leña al fuego al afirmar que Crimea “ya se perdió hace mucho tiempo” y arremete contra Zelenski, en plena presión diplomática para que Ucrania ceda los territorios ocupados a Rusia. Este tipo de declaraciones, lejos de clarificar el panorama, alimentan la sensación de que la brújula geopolítica está desimantada.

Mientras tanto, en España, la aparente excepción en un mundo de revisiones a la baja —con el FMI mejorando sus previsiones y vaticinando el mayor crecimiento entre las grandes economías avanzadas— no debe nublar el horizonte. El propio Fondo exige un mayor ajuste fiscal, y Funcas advierte que el conflicto comercial puede restar hasta 1,2 puntos de crecimiento en los próximos dos años. La bonanza es relativa, y su continuidad, frágil.

“La economía global entra en una nueva era”, ha dicho el economista jefe del FMI, Pierre-Olivier Gourinchas. No se trata de una frase decorativa. Lo que estamos viendo no es una tormenta pasajera, sino un cambio de clima. El orden económico surgido tras la Segunda Guerra Mundial, basado en la liberalización del comercio y la interdependencia global, está siendo reemplazado por un nuevo paradigma más inestable, menos cooperativo, y probablemente más desigual.

Las aguas no han vuelto a su cauce porque quizás ese cauce ya no existe. Estamos ante un rediseño en curso, en el que los equilibrios anteriores se han roto y los nuevos aún no se han asentado. Quien busque certezas, solo encontrará incertidumbre. Y en medio de todo, lo más peligroso no es tanto la desaceleración económica o la volatilidad de los mercados, sino la tentación de normalizar la inestabilidad como si fuera parte del paisaje.

En tiempos así, más que nunca, necesitamos líderes que no aviven el caos, sino que sepan navegarlo con lucidez. Porque si algo ha demostrado esta era de turbulencias, es que el futuro ya no llega en línea recta. @mundiario

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