La aburrida cotidianidad no deja de ser educadora

Ilustración sobre la tensión entre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo. / Mundiario
Como educandos adultos, debiéramos tratar de aprender: las lecciones de estos días no tardarán en entrar en el examen (de las elecciones).

Durante muchos años, la educación habitual en las aulas escolares  hizo rutinario lo que había que saber. Las Antologías del disparate, de Luis Díez Jiménez, mostraban ya en los años setenta las imaginativas respuestas de muchos estudiantes en los exámenes de la LGE. Seguía latente, entretanto, el “clima tan aborrecible”, de que hablaba Javier Marías refiriéndose a las imposiciones del miedo que no sólo su padre había sufrido; los protocolos de muchos ambientes educativos  habían logrado –como en otros campos de las relaciones- que una atmósfera de sospecha cundiera entre los diezmados por las depuraciones. Nadie daba importancia a que educar era mostrarse en público para comunicar y que las alergias a la falsedad y al autoritarismo, si se reprimen, inducen al conformismo, actitud que llevó a que en universidades, institutos, colegios y escuelas tuvieran cierta hegemonía las maneras de no sobrepasar las rutinas marcadas en el qué y cómo enseñar. Ello explicaría el escaso entusiasmo por el alumnado poco selecto, que no lo apreciaran como propio y, sobre todo, esas pedagogías de sabelotodo, atentas a corregir con boli rojo los “deberes” de quienes no supiera repetir lo que se transmitía desde una mesa burocrática.

En la vida política actual, después de las experiencias habidas en el tránsito político desde los tiempos escolares, donde cuanto decían que era muy repetitivo -y a menudo, imposible de entender-, volvemos a encontrarnos en una situación de pedagogía política en que la repetición sobrepasa las expectativas de cambio real en el tratamiento democrático de los asuntos que atañen a todos. La sensación de estos últimos días, y más después de que el PP y el PSOE pasaran un fin de semana inmersos en catárticas terapias de supuesta puesta a punto de cara a los días y meses próximos, es que el debate político prosigue por los cauces de apretar filas para combatir al otro, sus opciones y opiniones, más que para atender mejor los problemas objetivos, con amplitud de miras y disponibilidad para la necesaria transacción de pareceres y ver cómo resolverlos. Para los ciudadanos, en general, ni la escenificación de los conservadores ha sido un ejemplo de apertura hacia el supuesto centro que quieren conseguir –a fin de alcanzar, al fin, el mando en la Moncloa, ni la conducción de los socialistas de un barco con mala mar tiene asegurada la resistencia imprescindible para que la nave del Gobierno siga en sus manos.

De dejarse llevar por la masiva disponibilidad de medios de los primeros –y de la fuerza que trataron de imprimir a su mensajería mediática-, la impresión producida en los menos convencidos de que seguir votando al PSOE es  probable que los haya convencido de la conveniencia de una alternancia, más pronto que tarde. Seguramente es más miedo que seguridad lo que producen, pero mientras no se produzca el hecho decisorio de una posible convocatoria de nuevas elecciones, cabe imaginar que prosigue un empate técnico como el que, venimos viviendo desde que el PP ha dado en decir que España se rompe y lindezas similares. Su melancolía por haber perdido el poder en una moción de censura no ha cesado de gritar que España se rompe y este recurso retórico proseguirá entre disputas e hipérboles más subidas de tono. Para ellas acaban de disponer unos mandos más diestros en la brocha gorda que en el manejo de los hilos finos del tejido democrático, necesariamente plural y como leit-motiv han venido a repetir que o ellos o el caos, perspectiva que recuerda mucho los tiempos duros del absolutismo y, más cerca, los del autoritarismo de distintas especies, tan poco democráticas que ninguna era antifascista. Esa apertura quedó reconocida en el nuevo jefe de fila, Miguel Tellado y su cohorte de campechanía parlanchina, mientras la centralidad de Feijóo caminará, en lo quede de legislatura, por donde solía desde aquellas elecciones de 2009, en que desbancó de la Xunta al bipartito galego de Anxo Quinta y Emilio Pérez Touriño. La puerta hacia Vox se mantiene abierta por si acaso, y salvo Junts, que seguramente no pondrá muchos inconvenientes a un cambio de cromos, seguirán manejando los muchos arietes que tienen por ver si aburren a todo el mundo. Todavía no logran que ceda el variado grupo de los demás partidos que sostienen al PSOE, pero del lado de esta formación, los ajustes del afecto de sus votantes muy probablemente están a la baja.

El reiterado desatino en la elección de un Secretario de Organización digno de confianza, y de honradez comprobada en gestos y formas, no es provoca sintonías cívicas, ni siquiera en cuantos creen a pies juntillas las narrativas de una historia de rectitud, probidad y demás virtudes morales acordes con el leal sentido de la participación democrática. Esto es lo que está en cuestión detrás de una actitud de resistencia que, por muy honorable que sea, cabe dudar que sea acertada. Para un juego democrático honesto, serio y capaz de perdurar en firme, no vale mucho sostener largo tiempo un Gobierno que está bajo sospecha. Probablemente sea verdad que cuanto ronda otros litigios judiciales del entorno gubernamental en este momento tenga mucho más de estrategia ultra que de consistencia jurídica. Con todo, en este contexto, contribuye a multiplicar sospechas junto a esta cuestión de “las mordidas”. En un circuito tan sensible como el de la organización interna del Partido, expanden más el eco de la degradación política. Por más que el partido de Fraga y de Aznar, de Rajoy y varias decenas de personalidades incursas en cuestiones similares tengan categoría suficiente para no estar en disposición de exigir ejemplaridad, el perjuicio a los votantes de buena fe está servido. Sean del signo que sean, no están para ver el enzarzamiento de insultos y barbaridades que ya oyen de lenguas nada acostumbradas a la moderación y al respeto, y asesoradas por expertos en meter el dedo en el ojo ajeno. Ningún ciudadano está para soportar  que se repita el viejo refrán de la “reunión de pastores, oveja muerta”.

Los paganos de este arte de tener siempre razón a que nos quieren acostumbrar, esperan que sus impuestos se empleen en actuaciones parlamentarias coherentes. Para empezar, en vez de un teatrillo esperpéntico, sería indispensable, a día de hoy, una “Moción de confianza”. Refugiarse en la indefinición a cuenta del temor a lo qué pueda pasar si no  se aguanta este trance no descarta naufragios imposibles de aguantar. Si el miércoles próximo la marejada ha cedido y  está más clarificada la aguja de marear, el gran riesgo habrá desaparecido, aunque no del todo. En este momento de desámimo de mucha gente, cuando tan exaltada anda otra,  leer a Kavafis sosiega un poco; sobre todo, cuanto decía de los “Idus de Marzo”,”la Deslealtad”, “Ítaca”, “Esperando a los Bárbaros” o, tal vez, “Monotonía”: @mundiario

…A un mes sigue otro igual,

lo que vendrá fácilmente se adivina;

serán las mismas cosas de ayer.

Y el mañana nunca parece ese mañana.