Confesiones verdaderas de un verdadero cascarrabias

Un viaje a Estambul en diciembre

Decidí alojarme en un pequeño hotel dentro del centro histórico (Sultanahmet), a escasos minutos a pie de la majestuosa Santa Sofía, el Cuerno de Oro y la mezquita Azul.

turquia
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“...de Algeciras a Estambul…”

Cualquiera que me conozca un poco, sabe que – sin ser un fan (detesto los fanatismos – mi tendencia serratiana es absoluta. Una especie de “invierno sabático” me tomé para recorrer desde Algeciras a Estambul literalmente.

Una mañana grisácea, al salir del tranvía en Sultanahmet, supe que Estambul iba a sorprenderme… pero jamás imaginé que sería por ser la ciudad mediterránea donde más frío pasé en mi vida, ni Suecia, ni Suiza, oiga. De hecho, un tarde entera me quedé en el hotel con siete mantas, mientras mi compaña se iba de compras al Gran Bazar.

Decidí alojarme en un pequeño hotel dentro del centro histórico (Sultanahmet), a escasos minutos a pie de la majestuosa Santa Sofía, el Cuerno de Oro y la mezquita Azul. En el interior, un vestíbulo diminuto con una lámpara de araña temblorosa y recepcionistas cuyas amables caras contrastaban con el galimatías que brotaba de sus bocas cuando intentaban hablarme en inglés.

Cada “Good morning, sir” se convertía en un coro de farfullos y arrastrar de palabras: “Gud murning, schirrr… you… uhm… room numba?”

Tenía que concentrarme de tal manera para descifrar aquel inglés en salsa turca que a veces deseaba retroceder en la fila de la recepción y sacudir a uno de ellos suavemente para que dijera algo más claro: “Room number”. Pero no, el resultado era siempre un divertido rompecabezas: yo sonreía, repetía despacio, ellos gemían intentando reproducir, yo asentía aunque no entendiese, y al final terminaba con una llave metálica suelta y oxidada que llevé colgada diez días en mi cuello como si fuera un trofeo. Por no repetir el rollazo otra vez y más que nada.

Vestido con varias capas de ropa, cual cebolla de mercado –camiseta térmica, jersey, sudadera y cazadora de plumas– me lancé a la calle decidido a fotografiar cada rincón del casco antiguo. Pero la brisa que descendía del Bósforo me resultaba despiadada: mi aliento se convertía en vapor al instante, y mis manos, enfundadas en guantes gordos, se entumecían en el trayecto de la cámara al obturador. Incluso los locales, envueltos en abrigos gélidos, me miraban con cierta compasión: “Mira al extranjero, con bufanda y todo, y tiritando como si la luna se le hubiera quedado pegada al aliento”, debieron pensar.

Para mitigar el hambre y el frío, nada mejor que el famoso “bocadillo de pescado”, el balık ekmek. Lo vendían junto al agua, en puestecillos del puerto, improvisados: un pescadero curtido, con delantal manchado de escamas y sangre y la sonrisa cansina de quien repite la misma operación desde hace décadas. El ritual consistía en abrir un pan crujiente por un lado, deslizar un filete de pescado a la plancha, cebolla encurtida, unas hojas de perejil y un chorrito de limón (que me fijé hasta el último detalle, oiga).

Me lo entregó envuelto en papel marrón casi sin mirarme, y al primer mordisco sentí una explosión de sabor: el pan crujía mientras el pescado jugoso caía casi deshaciéndose a lo largo de la piel de mi sutil boca, el ácido del limón equilibraba la grasa y la cebolla aportaba frescura (o eso me dijeron que debía decir). Fue un manjar humilde pero celestial, la mejor medicina contra el frío cortante.

Entre mordisco y mordisco, observaba a los creyentes musulmanes que se acercaban a la mezquita para la ablución ritual (wudu): jugosos chorros de agua helada manaban de fuentes pequeñas y alargadas, y la gente se arrodillaba, mojaba sus manos, se frotaba la cara y se limpiaba los pies con una dedicación meticulosa. Yo, temblando de frío, me atreví a imitar la ceremonia: lo hice despacio, intentando no salpicarme y, sobre todo, deseando no congelarme los dedos, que se me ponían prietos como ciruelas pasas (no vuelvo a hacerlo en la vida, lo prometo). Los creyentes, entusiasmados en su recogimiento, apenas reparaban en mí; pero yo, vestido con mi cazadora de plumas, parecía un pingüino de visita, intentando lavar su pico con agua helada. Ya saben...”allá dónde fueres, haz lo que vieres”.

Llegó el momento de entrar a la mezquita Azul. En la puerta, un templo de azulejos resplandecientes, me indicaron que debía quitarme los zapatos. Depositados en un banco estrecho junto a centenares de pares de zapatos, me agaché con cuidado… hasta que choqué con un zapato de tacón ajeno. El dueño, semitocado, me dio un cabezazo disimulado con la cabeza, casi murmurando un “Kolay gelsin” (literalmente, “que te sea fácil”). Una vez descalzo, avancé deslizándome sobre un pasillo de alfombra roja y verde. Intenté cuidar mis calcetines porque, para mi vergüenza, descubrí que uno tenía una mancha roja oscura, fruto de un pequeño corte en el dedo gordo del pie, y aquello, a la luz tenue, parecía un tomate abandonado. ¡Horror! Cada paso era una llamada de atención a quienes me observaban con mirada curiosa: “Mira al guiri con sus calcetines gourmet”. O eso pensaba yo, porque para mi que no me hacían ni caso, hartos ya de tantos turistas folloneros, que somos como plaga de langosta.

Al entrar, la magnitud del espacio me dejó boquiabierto. Altísimos arcos, cientos de lámparas de araña y paredes cubiertas de más de 20.000 azulejos de Iznik en tonos azul y blanco. Me senté en una esquina, tratando de mantener la compostura a pesar de los pies fríos y la mancha en el calcetín, y, al observar a mi alrededor, me imaginé ser explorador del siglo XIX que acaba de dar con una reliquia perdida.

Esa misma tarde me perdí por todas las callejuelas buscando la Cisterna Basílica. Entre calles sinuosas y bazares abarrotados, preguntaba direcciones —así, de nuevo, con sonrisas por el “inglés turco”— y seguía indicaciones que me llevaban en círculos: “A la derecha”, gritaba un tendero, pero a mi derecha aparecía otro tendero que me decía “No, left… left”… y terminaba en la misma esquina donde había empezado. Al final, un amable anciano de luengas barbas blancas tornasoladas, me tomó de la mano y caminó conmigo un kilómetro entero hasta la entrada de la cisterna. Allí, al bajar las escaleras por fin, el murmullo del agua y las columnas semisumergidas crearon un ambiente mágico, casi fantástico: sentí que había atravesado un umbral secreto.

Por la noche, volví al balık ekmek, pero esta vez me dejé tentar por un puesto de midye dolma: mejillones rellenos de arroz especiado, con zumo de limón por encima. Lo compré para llevar y lo devoré sentado en un banco con vistas al Bósforo, mientras los barcos cargueros y los transbordadores cruzaban la línea que separa Europa de Asia. Me sentó como un tiro.

El frío no remitía, pero mi interior descansaba satisfecho de tanta delicia callejera. El último día, me levanté antes del alba para contemplar el amanecer desde la terraza del hotel. Con la bufanda enrollada hasta la nariz, me asomé al balconcito de hierro forjado y observé cómo los minaretes cantarines recortaban su silueta contra un cielo anaranjado. Aquella estampa, tan mediterránea en colores, contrastaba con el aliento que veía salir de mis labios en nubes blancas. Entendí entonces que Estambul es una ciudad de contrastes: caliente en sabores, fría en su aliento, antigua en historia y moderna en su dinamismo.

Al hacer el check‑out, entregué la llave oxidada con una sonrisa y un tímido “Thank you”. Los recepcionistas me devolvieron la mueca de sus “Gud murning, schirrr…” y algo parecido a un “Safe trip!” que sonó más claro que todos los días anteriores. Ya en el aeropuerto, con sus pasillos cálidos y cafés aromáticos, empecé a desabrigarme y a rememorar aquellos días de contratiempos lingüísticos, frío inesperado y bocadillos de pescado.

Ahora, de vuelta a casa, pienso en mis calcetines con “tomate”, en el agua helada de la ablución, en los azulejos impresionantes y, sobre todo, en aquel balık ekmek que, a pesar de su sencillez, se convirtió en el emblema de mi aventura. Porque no importa lo que uno planifique: siempre habrá un recepcionista que farfulle, un vendaval que te congele, un vigilante de mezquita que observe tus calcetines manchados. Y, al final, eso es lo que hace que un viaje sea realmente divertido.

Lo dicho y escrito, que fueron 10 días sin dejar de empaparme de monumentos, edificios e historia. Yo creo que me vi todos. Al menos todos los que los guiris están habituados a ver y recomendar con cansino ahínco . A saber:

Santa Sofía (Hagia Sophia) Construida en el año 537 durante el Imperio Bizantino, esta joya arquitectónica fue basílica, mezquita y hoy museo. Su gigantesca cúpula de 31 metros de diámetro y sus mosaicos dorados la convierten en uno de los hitos más impresionantes de la ciudad.

Mezquita Azul (Sultanahmet Camii) En noche de luna llena es bellísima. Erigida entre 1609 y 1616, debe su nombre a los más de 20.000 azulejos de Iznik que adornan su interior en tonos azules. Sus seis minaretes y su gran patio exterior ofrecen una de las estampas más bellas de Estambul.

Palacio de Topkapi : Residencia oficial de los sultanes otomanos durante casi 400 años (desde 1465), este extenso complejo palaciego alberga tesoros impagables, salas ceremoniales, jardines y el famoso Harén, el paraíso de Ábalos, según se dice.

Torre de Gálata (Galata Kulesi) Construida en 1348 por los genoveses, esta torre de piedra ofrece, tras subir sus empinadas escaleras o ascensor, una de las mejores vistas de Estambul, el Cuerno de Oro y el Bósforo.

Cisterna Basílica (Yerebatan Sarnıcı): Data del siglo VI y es una de las mayores cisternas subterráneas de la ciudad. Sus 336 columnas clásicas sumergidas evocan un ambiente casi fantástico, reforzado por la iluminación tenue y el murmullo del agua.

Mezquita de Süleymaniye: Diseñada por el arquitecto Mimar Sinan y terminada en 1558, domina la colina de Süleymaniye. Sus volúmenes armoniosos y su entorno de jardines ofrecen un remanso de paz.

Palacio de Dolmabahçe: Con sus estancias de mármol, cristal de Bohemia y decoración neoclásica, este palacio imperial del siglo XIX muestra la apertura de Turquía a las corrientes europeas de la época.

Gran Bazar (Kapalıçarşı): Fundado en 1461, es uno de los mercados cubiertos más antiguos y grandes del mundo, con más de 4.000 tiendas. Un laberinto de callejuelas repletas de joyería, alfombras, especias y artesanía. Venden de todo, droga incluida, como Ciudad del Este, en Paraguay.

(Todos estas descripciones me las he tenido que empapar en el Google ese, porque listo... Soy: pero no tanto, no tanto)

Cada uno de estos monumentos es testigo de la rica historia (toda historia es rica, por definición) y de los infinitos contrastes de Estambul, ciudad que une oriente y occidente, antiguo y moderno.

¡No te los pierdas en tu próximo viaje! @mundiario

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