Un cielo de vidrio. Mi devoción a la Sainte-Chapelle de París
Pocas veces en mi vida me he sentido tan desarmado, tan literalmente pequeño y sobrecogido, como cuando crucé, sin demasiadas expectativas, el umbral de la Sainte-Chapelle de París.
No soy fácil de impresionar. A lo largo de los años, he desarrollado una saludable coraza contra la maravilla turística, ese entusiasmo impostado que se fuerza uno a sentir por obligación cultural, como cuando te dicen que la Torre de Pisa está torcida y tú tienes que hacer que te importa. Pero siempre tengo mis propias excepciones.
Pocas veces en mi vida me he sentido tan desarmado, tan literalmente pequeño y sobrecogido, como cuando crucé, sin demasiadas expectativas, el umbral de la Sainte-Chapelle de París y quedé, por decirlo sin adornos, absolutamente impresionado. No “conmovido”, no “emocionado”. Asombrado como un niño ante un mago. O mejor dicho, como un ser terrestre que ha abierto por error la puerta equivocada y ha entrado en un trozo de cielo.
Eso es lo que es la Sainte-Chapelle: un pedazo de firmamento sostenido por un esqueleto de piedra, pero tan frágil y transparente que uno siente que bastaría una tos mal colocada y a destiempo para hacerla estallar en mil fragmentos de colores. No me pasa muy a menudo, pero me senté. Me senté simplemente para mirar hacia arriba, hacia abajo y hacia todos los lados – con riesgo de cervicalgia aguda - como los gatos cuando descubren una lámpara encendida.
UN PROYECTO DIVINO PARA ALBERGAR FRAGMENTOS DE LA PASIÓN
Para entender cómo llegamos a esta joya medieval que parece un calidoscopio religioso, hay que viajar en el tiempo hasta el reinado de Luis IX, luego canonizado como San Luis. Aquel monarca, tan piadoso – si es que realmente lo fue - como políticamente astuto, compró en 1239 —por una cantidad escandalosa, incluso para estándares reales— lo que se decía eran auténticas reliquias de la Pasión de Cristo: la Corona de Espinas, un trozo de la Vera Cruz y otros objetos sagrados.
La operación no era simplemente devocional. Al adquirir aquellas reliquias, Luis IX pretendía convertir a París en la nueva Jerusalén de Occidente. Si Constantinopla había caído en desgracia, Francia debía heredar la misión sacra. Y para custodiar tales tesoros no se podía improvisar una capillita cualquiera. Había que construir una reliquia para las reliquias. Así nació la Sainte-Chapelle.
La obra comenzó en 1241 y se completó a una velocidad que hoy parecería milagrosa: en 1248 ya estaba consagrada. Apenas siete años, lo cual, para una construcción gótica, es poco menos que una efusión arquitectónica.
Por comparación, la Sagrada Familia de Gaudí sigue en obras desde hace más de un siglo y medio. Pero claro, Luis IX no era catalán y tenía prisa divina.
UNA ARQUITECTURA DE LUZ Y FE
La Sainte-Chapelle no es una catedral, ni siquiera una iglesia parroquial. Es, como su nombre indica, una capilla palatina, construida en el interior del antiguo Palacio Real de la Cité. Dos niveles la componen: la capilla inferior, sombría y modesta, destinada al personal del palacio; y la capilla superior, donde verdaderamente ocurre la revelación estética.
Nada te prepara para lo que se ve al subir la estrecha escalera de caracol que conecta ambos niveles. Porque uno espera más piedra, más madera, quizá algún fresco o retablo. Pero lo que encuentra es una sinfonía de vidrieras que cubren casi por completo las paredes, en un derroche de color y filigrana que desafía las leyes de la gravedad, del buen gusto y del escepticismo. Dieciséis ventanas de más de 15 metros de altura, que representan más de mil cien escenas bíblicas, desde el Génesis hasta la Resurrección, incluyendo los relatos de los Reyes y las figuras proféticas.
Sí, están todas las historias. Pero lo que fascina no es la narrativa, sino la sensación de estar envuelto en luz coloreada. Aquí no hay sombra posible: hasta el aire parece teñido de azul zafiro, de rojo rubí, de verde esmeralda. No es una iglesia: es una vidriera dentro de la cual uno ha sido encapsulado, como un insecto atrapado en ámbar místico.
EL ARTE DE NARRAR EN CRISTAL
Lo verdaderamente fascinante de estas vidrieras no es solo su tamaño o su belleza, sino su inteligencia narrativa. Los artesanos medievales eran, en esencia, cineastas de la luz. Sabían que estaban trabajando para una audiencia que en su mayoría era analfabeta, por lo que cada escena debía ser clara, secuencial, y dotada de suficiente expresividad como para comunicar dogmas, advertencias, promesas y milagros.
Las escenas se leen de abajo hacia arriba, como si uno ascendiera hacia lo sagrado. Cada una está compuesta por paneles circulares que funcionan como viñetas cósmicas. Hay Adanes comiéndose manzanas con culpa, Abrahames alzando cuchillos con incertidumbre, Moiséses separando mares como si fueran cortinas y Cristos multiplicando panes con esa cara de que lo hace porque puede, pero no le entusiasma demasiado.
Una de las más célebres es la que representa el traslado de las reliquias de la Pasión desde Constantinopla a París. En ella aparece el propio Luis IX, identificado no solo como rey, sino como nueva arca de la alianza. Un autorretrato político que haría palidecer a cualquier asesor de imagen moderno.
ANÉCDOTAS DE LUZ Y SOMBRA
Como todo edificio gótico con siglos de historia, la Sainte-Chapelle ha pasado por sus propias estaciones del viacrucis. Durante la Revolución Francesa, por ejemplo, fue saqueada con un fervor iconoclasta que bordea lo artístico. Se destruyó el mobiliario original, se derribó la aguja central y se utilizó como archivo de papeles judiciales. Es decir, de reliquia a almacén de burocracia: una humillación más simbólica que práctica.
Las vidrieras, sin embargo, sobrevivieron. En parte por su altura, en parte porque incluso los revolucionarios más airados se quedaron sin aliento con su sola visión. Y aunque algunas piezas se perdieron o fueron restauradas torpemente, más del 70% del conjunto es original. Lo que significa que, cuando uno entra hoy en la Sainte-Chapelle, está viendo más o menos lo que vio un cortesano de Luis IX en 1250. No muchas experiencias ofrecen tal milagro de continuidad visual.
Una anécdota deliciosa —aunque posiblemente apócrifa— cuenta que Víctor Hugo solía visitar la capilla en busca de inspiración para sus descripciones de Notre-Dame. Afirmaba que mientras la catedral de París era la voz ronca de la Edad Media, la Sainte-Chapelle era su risa de colores. No sé si lo dijo exactamente así, pero quiero creer que sí.
DE RELIQUIAS A RÉPLICAS: ¿Y LA CORONA?
¿Y qué fue de las reliquias, esos objetos tan sagrados que justificaron la construcción de esta maravilla? Pues, como tantas otras reliquias medievales, su historia es un vaivén de traslados, disputas y desconciertos. Y mentiras baratas, por supuesto, aprovechándose de la fe en la gente analfabeta, que cree firmemente en las disposiciones papales sin preguntarse acerca de la certeza o no de tales.
La corona de espinas, o al menos lo que se supone que es la corona de espinas (porque ya se sabe que hay tantas espinas de la corona como fragmentos de la cruz), fue trasladada en 1806 a Notre-Dame.
Allí permaneció hasta el trágico incendio de 2019, cuando fue rescatada in extremis y hoy reposa en la sacristía del Louvre, con visitas restringidas y medidas de seguridad más propias de una joya que de un símbolo de martirio.
Las demás reliquias han sido dispersadas, guardadas o convertidas en objetos de culto menores. Lo irónico es que la capilla que fue construida para contenerlas ha terminado por ser, en sí misma, la más sublime de todas las reliquias: una reliquia arquitectónica del deseo de tocar el cielo.
SALÍ A PARÍS… DESLUMBRADO
Cuando por fin salí de la Sainte-Chapelle, sentí que todo el exterior era un poco más plano, más anodino, menos monumental.
París no suele parecer poca cosa, pero después de estar dentro de aquel vitral gigantesco, incluso la majestuosa Conciergerie que le hace sombra parecía un almacén gris. Me sorprendió que la gente caminara con indiferencia frente a su fachada, sin saber que a pocos metros se alzaba una de las cimas del arte medieval, un himno congelado en vidrio.
Y pensé, con cierto sarcasmo, que si algún arquitecto contemporáneo presentara hoy un proyecto similar —una caja de cristal multicolor de 15 metros de alto para contar la Biblia— le mandarían a bosquejar escaparates de centros comerciales. Lo cual demuestra que a veces, solo a veces, el tiempo sabe valorar mejor que el presente.
No sé si fue fe, política, estética o simple megalomanía piadosa lo que motivó a Luis IX a construir aquella joya. Pero sea cual sea el motivo, es de agradecer. Porque gracias a él, y a los artesanos que supieron transformar arena en vidrio, y vidrio en revelación, hoy podemos tener la experiencia de ser, durante un breve instante, fragmentos de una vidriera iluminada.
Y eso, créanme, no se olvida. @mundiario


