Vogue se rinde al artificio al publicar por primera vez una modelo generada por IA

La revista Vogue ha cruzado una línea simbólica —y profundamente ética— al incluir por primera vez en su edición impresa una modelo generada íntegramente por inteligencia artificial.
Modelo creada con IA. / @seraphinnevallora.
Modelo creada con IA. / @seraphinnevallora.

La moda siempre ha coqueteado con lo irreal: cuerpos retocados, escenarios imposibles, vidas que solo existen en editoriales de 30 páginas. Pero el salto dado por Vogue en su edición de agosto representa algo cualitativamente distinto. Ya no hablamos de retoque, de maquillaje digital o de estilismo extremo, sino de la completa desaparición del cuerpo humano. La protagonista de una campaña de dos páginas de la firma Guess no es una modelo que posa, respira y trabaja, sino un artefacto digital generado por algoritmos: en contreto, por la empresa Seraphinne Vallora, que nos ha presentado a una “mujer” rubia fabricada y sin imperfeccciones.

El revuelo no se ha hecho esperar. Lo que algunos celebran como una “revolución estética” impulsada por la inteligencia artificial, otros lo leen como un presagio lúgubre del futuro laboral en el mundo de la moda. Y no es para menos. La IA no necesita descanso, ni caché, ni representación sindical. No envejece, no exige condiciones laborales dignas y —lo más inquietante— puede replicar cualquier estándar de belleza sin quejarse. ¿Qué modelo humana puede competir con esa eficiencia?

Las creadoras del avatar, dos jóvenes arquitectas reconvertidas en empresarias tecnológicas, llamadas Valentina González y Andreea Petrescu, han defendido su creación con el argumento de que no están haciendo “nada diferente” a lo que la industria ya lleva décadas promoviendo: rostros perfectos, cuerpos sin imperfecciones, realidades idealizadas. Y, en efecto, tienen razón. La diferencia, sin embargo, radica en que este nuevo cuerpo ni siquiera existe. No hay ser humano detrás de los ojos azules de esta modelo creada con IA. Solo una serie de vectores, parámetros y códigos. Se trata, literalmente, de un ideal sin alma.

La respuesta desde el sector ha sido desigual. Modelos profesionales como Felicity Hayward han denunciado el movimiento como una maniobra de marketing camuflada de innovación, diseñada para abaratar costes y eliminar puestos de trabajo. Desde Model Alliance, una de las pocas organizaciones que vela por los derechos laborales en el mundo del modelaje, se ha advertido del riesgo que supone este tipo de decisiones si no van acompañadas de una regulación clara y protecciones mínimas. ¿Qué ocurrirá cuando las campañas más prestigiosas prescindan por completo de cuerpos reales?

La respuesta de las creadoras tampoco ha dejado indiferente a nadie. Al ser confrontadas por la falta de diversidad en sus creaciones, se escudan en un argumento mercantil: “Las imágenes con mujeres racializadas no obtienen likes, así que publicamos lo que genera tracción”. El cinismo de esta respuesta resulta demoledor. En lugar de cuestionar los prejuicios estéticos del algoritmo —y del público—, se acomodan a ellos. Así, la IA no solo reproduce los cánones más excluyentes de la moda tradicional, sino que los refuerza con la legitimidad del rendimiento digital. 

El caso de Vogue no es aislado. Otras cabeceras como Vogue China, Italia y Portugal ya han experimentado con portadas generadas por inteligencia artificial. La diferencia es que hasta ahora esos ensayos no habían traspasado el umbral simbólico de la edición impresa más emblemática de la industria. Esta vez, el salto se ha producido de la mano de una gran firma —Guess— y bajo el aval de la revista de moda más influyente del mundo. El mensaje es claro: el futuro de la moda no solo se imagina, también se programa.

Este paso llega en un contexto inquietante: Condé Nast, editora de Vogue, ha sellado recientemente una alianza con OpenAI para que sus contenidos sean utilizados en los resultados de ChatGPT. La sinergia entre la inteligencia artificial y la industria editorial parece avanzar sin resistencia, seducida por los cantos de sirena de la eficiencia y la innovación. Pero nadie parece preguntarse a qué precio. ¿Qué queda del arte cuando se automatiza? ¿Qué queda del trabajo cuando se convierte en un archivo .jpeg?

La moda ha sido siempre espejo de su tiempo, pero también instrumento de poder. Hoy, al permitir que un rostro ficticio sustituya a un cuerpo real, Vogue no solo refleja una tendencia: la legitima. Y con ello contribuye a un proceso de deshumanización que no afecta solo a las modelos, sino a la sociedad entera. Porque si la belleza ya no necesita respirar, ¿para qué hacerlo nosotros? @mundiario

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