Cuando sanar es estar: el cirujano que opera donde nadie llega

El Espacio Avenida de A Coruña se llenó —dos veces— para escuchar a un cirujano que no solo cura con bisturí, sino con presencia. Diego González Rivas presentó Curando el mundo en un evento con más alma que protocolo, y dejó claro que sanar empieza por estar.

El auditorio del Espacio Avenida de Abanca, abarrotado para escuchar a Diego González Rivas. / M.M.
El auditorio del Espacio Avenida de Abanca, abarrotado para escuchar a Diego González Rivas. / M.M.

¿Qué pasa cuando un médico se convierte en un símbolo de esperanza? ¿Cuando el quirófano es solo una parte del viaje? Lo descubrimos en A Coruña, en un evento que no fue presentación de libro, sino celebración colectiva. Curando el mundo, del doctor Diego González Rivas, no es solo una autobiografía profesional. Es un manifiesto sobre lo que significa cuidar.

Fue tal la expectación que hubo que hacer dos pases. La gente no quería quedarse fuera, y no era por moda: era por fe. Porque Diego, como lo llaman aquí, no es solo un cirujano torácico con récords mundiales. Es el tipo de persona que se queda. Cuando muchos se van, él se queda. Y eso, en el contexto de la medicina, lo cambia todo.

La noche la abrió esta que escribe, conectando emocionalmente con el público desde la primera frase. Hablando de los dos protagonistas como "hombres de récord": uno por llevar cuatro décadas en la televisión gallega, el otro por operar en más países que ningún otro médico. Dos formas de cuidar, dije. Una con palabras. Otra, también, con bisturí.

Lo que vino después fue más que una conversación. Fue una radiografía del alma de Diego. Relató, entre risas y silencios incómodos, las historias que marcaron su vida: una niña en el Congo que llevaba una llave en su pulmón durante dos años; otra en Tanzania con una costilla clavada desde la infancia. "Eso es como si te clavan un cuchillo, rompen el mango y lo dejan ahí diez años", dijo. Y lo dijo sin grandilocuencia, solo con la crudeza de quien ha estado ahí.

Una vida que se mide en cicatrices, no en títulos

Pero también hubo ternura. El recuerdo de su madre, Pilar, enfermera, y la escena fundacional de todo: ese niño que la acompaña al hospital y entiende —sin entender del todo— que cuidar es estar. Que aliviar el dolor empieza por reconocerlo.

Y es que Diego siempre fue inquieto. Lo contó él mismo con humor: de pequeño se subió a una cabina de teléfonos en la Plaza de Vigo porque quería tocar un cable que salía del techo. Y lo tocó. La descarga eléctrica fue inmediata. "Me electrocuté. Me quedé tieso", relató entre carcajadas del público. Una anécdota que, en perspectiva, ya anticipaba esa mezcla suya de curiosidad desmedida y ausencia total de miedo.

Cuando el dolor marca el destino, y la compasión traza la ruta

Gayoso, su interlocutor en la charla, leyó el libro dos veces. En la primera, quedó impresionado por los logros; en la segunda, emocionado por la humanidad. Y tenía razón. Este no es un libro de viajes. Es un mapa emocional, donde el dolor marca el destino, y la compasión traza la ruta.

La Fundación Diego González Rivas, gestionada por Carla, compañera de misión y de montaña (literalmente), fue también protagonista. De su mano nace el quirófano móvil que recorre África llevando cirugía mínimamente invasiva a donde no había nada. Y sí, subieron juntos al Kilimanjaro. Porque hay símbolos que se escalan.

Diego no oculta el coste emocional. Habló de los pacientes que se complican tras una cirugía que salió bien, de la frustración de haberlo dado todo y aún así perder. "Recuerdo cada una de esas caras", confesó. Pero también compartió el consuelo: saber que lo intentó. Que el fracaso, para él, es no haberlo hecho.

La charla viró entre lo íntimo y lo épico. Desde los comienzos con cámaras compradas en eBay en hospitales perdidos, hasta la reciente cirugía torácica robótica transcontinental —una incisión, un robot, un océano de distancia— que él define como el futuro de la medicina. El futuro, sí. Pero su obsesión sigue siendo el presente: el paciente que tiene delante.

El silencio como sala de recuperación

Y en todo eso, Diego habla del silencio. No como vacío, sino como refugio. "Después de todo —los vuelos, las llamadas, las operaciones— llega ese momento en el hotel donde solo queda el silencio. Y ahí me encuentro conmigo".

Curando el mundo se lee como una aventura, se recuerda como un diario emocional y se relee como una carta de valores. Por eso, el evento en A Coruña no fue solo una presentación. Fue un acto de gratitud pública. Y un recordatorio de que sanar empieza por algo tan sencillo y tan olvidado como estar.

Y, como dije en mi intervención final: "Gracias, Diego, por recordarnos que todo es posible cuando hay pasión. Que los sueños se cumplen. Y que, como tú bien dices: todo es para siempre… mientras dura". @mundistyle

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