Consejos que damos pero no seguimos: la paradoja más humana de todas

¿Sabes por qué repartes sabiduría como galletas pero te atragantas con tus propios consejos? Aquí la verdad que nadie te dice.
Unas amigas en medio de una conversación. / RR. SS.
Unas amigas en medio de una conversación. / RR. SS.

Es curioso: damos consejos como si lleváramos décadas de terapia y tuviéramos un máster en vida emocional, pero cuando la pelota cae en nuestro tejado, tropezamos con nuestras propias palabras. “Deja ese trabajo que te hace infeliz”, le decimos a una amiga mientras nosotros seguimos atrapados en uno que nos quita el sueño. “No te conformes con menos de lo que mereces”, aconsejamos con vehemencia, aunque hace meses que dormimos al lado de alguien que apenas nos mira. ¿Por qué esa doble moral tan común como humana? ¿Qué nos impide aplicar lo que con tanta facilidad recetamos?

La respuesta no es tan obvia como parece. No se trata solo de hipocresía o falta de voluntad. Hay algo más profundo: dar consejos nos sitúa en una posición segura, casi superior. Nos permite analizar con frialdad, con distancia, sin el caos emocional que enturbia nuestras propias decisiones. Desde fuera, todo parece más claro. Desde dentro, todo se siente más difícil.

Cuando aconsejamos a otros, usamos la lógica. Pero cuando se trata de nosotros, intervienen los miedos, las expectativas, la historia personal, el miedo al cambio. Sabemos que deberíamos terminar esa relación, dejar ese trabajo, cambiar ese hábito… pero lo postergamos porque, a diferencia de quien escucha nuestro consejo, nosotros también cargamos con las consecuencias.

El ego disfrazado de sabiduría

Dar consejos nos hace sentir útiles, necesarios, sabios. Hay algo de ego, sí, pero también de afecto. Queremos ayudar, pero a veces también queremos validar nuestras propias creencias proyectándolas en los demás. Y, en cierto modo, dar un consejo que no somos capaces de seguir se convierte en una forma de autoengaño. “Si lo digo, es que de algún modo lo sé. Y si lo sé, ya estoy un paso más cerca de hacerlo”. Spoiler: no funciona así.

Saber qué hacer no garantiza hacerlo. La mayoría no necesita más información, sino más valentía. No se trata de ignorancia, sino de temor. Miedo a fallar, miedo a defraudar, miedo a equivocarse. Por eso, aunque sepamos que lo mejor es actuar, preferimos quedarnos en el cómodo sofá del consejo ajeno.

También ocurre que, cuando nos aconsejamos a nosotros mismos, no usamos el mismo tono compasivo que usamos con los demás. Nos hablamos con dureza, exigencia, impaciencia. Y claro, no es lo mismo que alguien te diga “hazlo cuando estés preparada” a que tu voz interior te grite “deberías haberlo hecho ya”.

¿Cómo cerrar esa brecha?

  1. Sé tú mejor amiga, no tu peor juez. Aplica el mismo nivel de comprensión contigo que el que das a otros.
  2. Actúa aunque no tengas todas las respuestas. La claridad llega en el camino, no antes de empezar.
  3. Reconoce que dar un consejo no te exime de hacer el trabajo interno. Hablar es fácil. Sanar, no tanto.

Aceptar que aplicar nuestros consejos es difícil no nos hace incoherentes, sino humanos. La próxima vez que tengas una epifanía para alguien más, detente un segundo y pregúntate: ¿y si este consejo fuera para mí? Quizá ahí empiece el verdadero cambio. @mundiario

Comentarios