Sobre Los esteros de las mareas, la poesía intensa de Perfecto Herrera
El poemario Los esteros de las mareas (2020, Olé Libros), está precedido por una Nota del autor, en la que Perfecto Herrera, poeta virgitano (de Berja, Almería), resume la visión que tiene de su propia obra. En ella nos dice que: “Las imágenes son impredecibles y tienen un vertiginoso movimiento. Los poemas, estelas desplegadas, no solo acogen la música del sentido sino que procuran crear una nueva realidad”. Y creo que su perspectiva tan próxima no le engaña, que acierta a definir una de las características de este libro, esa potencia imaginativa que lo recorre y que configura unos versos genuinamente poéticos, nunca tentados de una excesiva claridad prosaica, o del tono anodino, siempre encendidos en la matizada luz que promueven.
Tras esta Nota del Autor, encontramos el prólogo del también poeta José Luis Martínez Clares, en el que nos dice: “Mientras recorro los versos naturalistas de Perfecto Herrera, pienso del poeta algo muy parecido a lo que Manuel Vilas llegó a pensar de su propio padre: tal vez me halle ante un explorador de la sencillez del mundo”. Y seguro que es así. En los primeros versos del libro, en su poema “Creación”, nos dice: “Alumbraré la luz, el espacio lumínico / el silente vocablo cuando el vendaval calla / y quedan los objetos en formas primigenias”. Es la búsqueda de la luz que alumbre lo esencial, lo auténtico, y que se halla básicamente en la naturaleza y en la hondura del sentimiento.
El libro contiene un poema dedicado a Antonio Machado, “Hoy florece”, en el que manifiesta una admiración que debe ser tanto por su obra como por su persona: “Hoy volvemos a tu palabra clara, / desbrozando los ecos de las voces, / sintiendo que hay algo en ellos de nosotros. // Te seguimos, amado poeta, / pero, acaso, sin saber / si lo estamos haciendo bien”. Y esa actitud del poeta sevillano ante una naturaleza que es reflejo del alma, es compartida en muchos de estos versos: “Los chopos llueven amarillo / en el fondo de las vaguadas, / todo se cubre de nostalgia; // la sombra espera / ese tiempo que no regresa; // su sensible visión / estremece la tarde”.
Y es que “los grandes pensamientos vienen del corazón”, un corazón que hay que atender, al que hay que llegar, desbrozado de impurezas, porque él ve y sabe lo importante: “Nada ambiciono, nada ansío. / Solo el estar presente: / mirada atenta, olfato presto … // …y, cual devino, se deshaga / la mismísima vida, / por fin, un día”. Por eso, también se hace necesario liberarlo de la rémora de los dolores enquistados. En “Autorización del olvido” así se dirige al ofuscado, al sufriente: “No hay que doblegarse ante el infortunio, / ni alimentar estados taciturnos”. Y luego: “Permite leer a tus adentros”. Y después: “Permite que retornen a elevarse los pájaros, / azules y armoniosos, del espíritu”. Pero, en “Ya no”, lo que describe es la tristeza de la ausencia: “Ya no, no hay luz en la pupila, / solo un hierro candente / de negra oscuridad”. Es el dolor que se reconoce, aunque esté detrás de la apariencia: “Donde existió alegría desbordante / hubo tristeza oculta, íntima soledad”. Aunque también existe la alegría de un presente que recoge instantes del pasado enlazados por el amor, como se describe en “Mermelada”: “Prorrumpe el sol, amor, / y destella la luz de la alegría /…/ Mientras el humo del café / nos rememora días de complicidades”.
Rara vez el poeta acude al tono conversacional, pero en “Paisaje” encontramos un yo más mundano, la presencia de una cotidianidad, un diálogo consigo mismo que busca una nueva significación: “Paisaje sobrio para una mañana / de incordio, de nubes ruidosas, / de tabaco que duele en la garganta; / y ahora, esta lluvia tenue / que triza el cielo en charcos” / “¿Adónde voy? / ¿A ese café, / a contemplar el vaho de los cristales? / ¡Decidido, a la playa! // Las pisadas estrujan las arenas. / En el rompeolas hay un pez muerto. / Tumbado, siento el aire y el mar. // Definitivamente, soy paisaje”. Hay otra “conversación”, esta vez con una persona desaparecida, Gabriel Jiménez, a quien dedica el poema “In memoriam”: “¿Estarás aburrido? ¡Tanto cielo!” Porque la nostalgia dolorosa es un tema recurrente en la parte central del libro. En “Ausencias” afirma: “Esta alegría que ya no me alegra”. Y, luego: “Y ya ves; todavía te recuerdo; las heridas se avivan en los fríos inviernos”.
Tampoco faltan, entre los sesenta y tres poemas del libro, los que se centran en temas de resonancia social. Son miradas al dolor que constatan, en su efecto reflector, nuestro egoísmo, nuestra codicia o insolidaridad. Así, el poema dedicado a la catástrofe de Chernóbil que empieza: “Duele comprobar cuán lerdos podemos ser / adecentando las estatuas de los aleros / o exaltando la imagen sacrílega de la ciencia”. Y finaliza: “¿Qué mundo nos espera? / ¿Alguien podrá respuesta dar a esta pregunta / si no oramos renunciando a ser dioses?” Hay otro dedicado a la guerra de Siria y el que cierra el libro, titulado irónica y tristemente “Día de playa”, que nos estremece al presentar, insertada en nuestra conciencia, la voz de un ser humano que ha perdido la vida cuando trataba de alcanzar nuestro mundo de promesas.
Encontramos así, en Los esteros de las mareas, un poemario diverso, de gran intensidad, dividido en tres partes que no llevan título pero sí unos epígrafes con los versos de Máximo Simpson, de Mario Benedetti, de Oliverio Girondo, que, de alguna manera, nos anuncian el contenido del bloque al que preceden. No falta la imaginación, por momentos torrencial, un rico vocabulario, la elección a veces de unos sinónimos menos corrientes que quedan justificados por la búsqueda permanente de la belleza, ni tampoco el ansia de una espiritualidad pura, desposeída de convenciones: “La espiritualidad ha vuelto mis manos a lamer / como búsqueda de la luz / que inasible se alzase / a más altura”.