Albert Camus, un hombre atribulado por la búsqueda de la coherencia

Portada de "Carnets", de Albert Camus y de la biografía sobre el autor que ha escrito Virgil Tanase

De sus vivencias en aquel barrio pobre de Argel, tal vez se deriva su sensibilidad política. Su pensamiento siempre será de izquierdas, pero a la vez crítico con el comunismo.

En las últimas semanas he leído dos libros protagonizados por el escritor francés Albert Camus (1913– 1960). Uno, escrito por él mismo, a lo largo de un extenso periodo de años, sus Carnets (cuadernos), que vienen a ser un cajón de sastre en el que caben tanto las anotaciones de sus proyectos literarios, así como una acumulación de citas que le impactan y unas reflexiones a modo de diario. Algunas de sus entradas, las referidas a los esbozos de sus obras, pueden tener un interés relativo, pero el resto es muy jugoso. El otro es una biografía, Camus, del rumano Virgil Tanase, que me ha gustado especialmente, por la forma literaria y ecuánime con la que el autor se aproxima a la figura del escritor francés. De la lectura de ambos libros, me quedo con estos aspectos que desarrollo a continuación.

Camus nació y vivió su infancia y su primera juventud en Argelia. La familia de su madre era de procedencia balear. Su padre murió en la Primera Guerra Mundial cuando él no había cumplido el año. Los miembros de su familia eran lo que se llamaba pied-noirsfranceses o europeos residentes en aquella Argelia colonizada—, la gran mayoría extremadamente pobres frente a una minoría de burgueses. Esa pobreza será algo que padecerá y amará, que superará con sus condiciones, su esfuerzo y alguna ayuda providencial. Al final de su vida, estando inmerso en la redacción de esa novela autobiográfica, interrumpida por la muerte, que es El primer hombre, escribe: “Destruir en mi vida todo lo que no sea esa pobreza”. Fue gracias a su talento, y a la insistencia de su profesor Louis Germain —ante una abuela que quería que se pusiera a trabajar—, que pudo ingresar en un instituto. Allí se vería rodeado por compañeros pertenecientes a otra case social más pudiente.

Su abuela era analfabeta y autoritaria. Su madre no decidía apenas nada. Era también analfabeta y sorda, y apenas hablaba. Camus la quiso mucho. A lo largo de su vida, pasó muchos periodos alejado de ella, pero siempre volvía para compartir momentos de emoción, derivados de poco más que su sola presencia: “Quiero a mi madre con desesperación. Siempre la he querido con desesperación”. “Cuando mi madre apartaba la mirada para no verme, jamás pude mirarla sin que se me llenaran los ojos de lágrimas”.

De sus vivencias en aquel barrio pobre de Argel, tal vez se deriva su sensibilidad política. Su pensamiento siempre será de izquierdas, pero a la vez crítico con el comunismo. Esa posición intermedia le supone muchos disgustos: “Los comunistas me acusaron de servir al imperialismo norteamericano (perdón, al dólar) y los gaullistas, al imperialismo ruso”. Decía Lenin que “los que no están con nosotros están contra nosotros”, pero Camus se niega a ese juego tan simplificador: “Se trata, para todos nosotros, de conciliar la justicia con la libertad”. Quiere sustituir la política por la moral, pero eso no le interesa a nadie. La moralidad social es algo sobre lo que reflexionará toda su vida, y procurará no mentirse: “¿Cómo vivir cuando el bien y el mal no son más que productos de nuestra inteligencia, muy rápida en justificar nuestras peores infamias?” Durante muchos años trabaja como periodista, a menudo en periódicos o revistas combativos. Pero sus numerosos encontronazos, su autenticidad no perdonada, le suponen mucha soledad. Para expresar su falta de coincidencia con el pueblo francés, cita una frase de Heinrich Heine: “Lo que el mundo persigue y espera ahora se ha convertido en algo completamente ajeno a mi corazón”. En 1948, escribe: “El mundo en el que vivo me repugna, pero me siento solidario con los hombres que sufren en él”.

Su posición política se funde con la filosófica, una de las variantes del existencialismo. Dice: “Lo que hace de él un hombre es precisamente su capacidad para darle un sentido al mundo, ahora bien, solo puede hacerlo si tiene una libertad de conciencia absoluta”. Y Tanase, describiendo el sentir de Camus: “La única forma de salvarse es rebelarse contra el absurdo, contraponerle la dignidad de la razón, la generosidad del alma, amar sabiendo que nuestros sentimientos son efímeros, vivir como si fuéramos inmortales”.

Cuando se traslada a París se codea con muchos intelectuales. Entre ellos, con Sartre y su círculo. Pero, aunque haya alguna relación, prevalece cierta antipatía mutua, que, más adelante, daría lugar a importantes disputas. Así, cuando la publicación de El hombre rebelde, Sartre, en Le temps, escribe una crítica muy dura. Camus le contesta, y es respondido con palabras despiadas. Es una polémica pública, en la que Sartre lo tacha de filósofo dominguero, lo trata como a un alumno retrasado mental, y lamenta su insuficiente hombría. Le dice que no le vale el que quiera hacerse pasar por quien defiende a los pobres de cuyo ambiente proviene, pues hoy lleva la vida de un burgués y es a esos compañeros de vida actuales a quienes defiende en realidad. Insiste en juzgarlo como un filósofo mediocre, incompetente: “No me atrevo a aconsejarle que se remita a El ser y la nada, pues la lectura le parecería inútilmente ardua: usted odia las dificultades de pensamiento y se apresura a decir que ahí no hay nada que comprender, para evitar por adelantado el reproche de no haber entendido nada”. Antes, la amiga y compañera de Sartre, Simone de Beauvoir, había ganado el Premio Goncourt con Los mandarines, una novela que Camus lee indignado, pues está inspirada en su vida, y no precisamente para enaltecerla.   

En cuanto a su vida sentimental, Camus se reveló siempre como un mujeriego impenitente: “Amar a un ser es matar a todos los demás”. Sin embargo, desprecia la actitud del grupo de Sartre, cuyos miembros —especialmente él y su insigne compañera— promueven la infidelidad, una red de relaciones abiertas, la inmoralidad como ejercicio filosófico y el desenfreno con pretensiones espirituales. A Camus, le molesta esa actitud: “La sexualidad desenfrenada conduce a una filosofía del no significado del mundo”. Pero él se casó dos veces y, en las dos ocasiones, practicó el adulterio como diversión, como huida, como ansiolítico frente a los padecimientos psicológicos. En algún momento, se arrepiente de sus infidelidades. Ve la sexualidad como una trampa que lo aleja de los seres que quiere, un éxtasis que acaba siendo una felicidad amarga, pagada con traiciones y con el sufrimiento de los seres amados: “Cuando hemos visto una sola vez el resplandor de la felicidad en el rostro de alguien a quien amamos, sabemos que no puede haber más vocación para un hombre que suscitar esa luz en los rostros que lo rodean”.

Con solo diecinueve años, se casa con Simone Hié, que es morfinómana y de la que dos años después acaba separándose. Pocos años después, vuelve a casarse. Esta vez con Francine, una mujer sencilla a la que no le gustan nada los libertarios amigos de su marido en París. Pero, pasan muchas temporadas separados, en parte con la excusa de la guerra, en parte por las curas que Camus tiene que realizar, en lugares propicios, de la tuberculosis que se le detectó a los diecisiete años y que, recurrentemente, le produce crisis, incluso cuando, más tarde, sea tratado con los antibióticos recién descubiertos. La pareja tiene, al principio, dos gemelos. A lo largo de los años su relación es muy intermitente. Periódicamente se reúne con Francine y sus hijos en estancias de varias semanas. Se siente culpable “de quererlos tan mal queriéndolos a la vez tan bien en el fondo de su corazón”. Durante esos años, Francine sufre graves y duraderas depresiones por las que incluso tiene que ingresar en centros hospitalarios. Mientras tanto, a Camus no le faltan amantes pasajeras; o más permanentes, como la actriz española María Casares.

En cuanto a su carrera literaria, esta se desarrolla a la par que la periodística. Escribe a los veinticinco años una primera novela: La muerte feliz. Su ex profesor y amigo Jean Grenier, le recomienda sobriedad y modestia. Camus está de acuerdo. Cuando publica El extranjero, adquiere notoriedad. Se vende muy bien, aunque las críticas son muy desiguales. Después, con La peste reedita el éxito anterior. Al mismo tiempo escribe ensayos, muy conectados con la visión que describe en sus novelas, como El mito de Sísifo o El hombre rebelde. También obras de teatro, como la magnífica Calígula.

Pero Camus nunca está plenamente convencido de su valía. Así juzga las opiniones que recibe: “La razón de las alabanzas es tan mala como la de las críticas. Apenas una o dos voces auténticas o emocionadas. ¡La fama! En el mejor de los casos, se trata de un malentendido”. Escribe: “Existe un talento que anhelo con desesperación”. Tampoco le gusta el mundillo de los escritores: “Curioso medio cuya función es crear escritores y en el que, sin embargo, se pierde la alegría de escribir y de crear”. Con quien mejor conecta es con el poeta René Char.

A finales de los cuarenta, “se encuentra en el mayor de los desasosiegos, rechazado por unos, despreciado por otros, admirado por razones que no le parecen adecuadas y por un talento tal vez agotado, disfrutando de una felicidad que le hace infeliz, carcomido por un sentimiento de culpabilidad que tal vez no tenga razón de ser”. Tanase se refiere a los trastornos psíquicos que padece Francine, que pueden deberse a causas patológicas agravadas por los desengaños a los que la somete su marido Albert.

En 1957, el reconocimiento del Premio Nobel —que recibe de forma excepcionalmente temprana, a los solo cuarenta y cuatro años y con una obra no muy extensa— no le compensa de los ataques de algunos comentaristas, sorprendidos de que le otorguen la distinción literaria más alta a “un autor sin ideas y sin imaginación”. Sin embargo, Camus, humilde, al ser preguntado por esa distinción, dice que Malraux se la merece más que él. Entonces, escribe la famosa y bella carta a su profesor, Louis Germain, agradeciéndole la oportunidad que le dio de seguir estudiando y encauzar su vida a través de su talento literario.   

En sus últimos años, su siempre delicada y polémica posición política se agrava con el conflicto que estalla en Argelia y que, definitivamente, sin que él lo pudiera llegar a ver, terminaría con la independencia del país magrebí. Censura el terrorismo ciego de los independentistas pero también las torturas del ejército francés. Desde hace mucho tiempo, ha ansiado comprar una casa en la zona del Mediodía francés. Durante años pasa temporadas en casas alquiladas o prestadas. Una de ellas en Lourmarin. Allí, invita a Francine y a sus hijos a pasar la Nochevieja que dará paso al año 1960. En los primeros días de ese año, su esposa se vuelve a París con los niños. Él regresará con su amigo y editor Michel Gallimard, en su coche. El día tres de enero Camus manifiesta: “No hay nada más idiota que morir en un accidente de coche”. Es el absurdo que ha combatido. Al día siguiente, una rueda del coche del editor revienta y el coche se estrella contra un árbol. Camus muere en el acto. Al menos, se salva el manuscrito de la primera parte de El primer hombre, esa obra inconclusa, autobiográfica, que no se publicaría hasta 1995. @mundiario