China, Rusia y Corea del Norte se unirán en un desfile que busca marcar un nuevo contrapeso global
La escenificación que prepara Pekín con motivo del 80º aniversario de la rendición de Japón en la segunda guerra Sino-Japonesa y el fin de la II Guerra Mundial trasciende lo ceremonial. El presidente Xi Jinping presidirá un despliegue militar en la plaza de Tiananmén al que acudirán más de una veintena de líderes extranjeros, con Vladímir Putin y Kim Jong-un en primera fila, lo que convierte el acto en una plataforma de poder simbólica frente a Occidente.
La presencia del líder ruso y del norcoreano refuerza la narrativa de un bloque alternativo al orden internacional promovido por Washington. Para Moscú, castigado por sanciones occidentales por su invasión en Ucrania, y para Pyongyang, aislado por su programa nuclear, la invitación supone un espaldarazo diplomático. A su vez, Pekín se posiciona como punto de convergencia de países que buscan contrapesar la influencia estadounidense.
El evento llega en un momento en que Estados Unidos endurece su política comercial contra China, con nuevos aranceles, y mantiene un pulso abierto con Moscú y Pyongyang. Para el presidente Donald Trump, que explora fórmulas de diálogo con el líder norcoreano y busca que el Kremlin acuerde una paz duradera con Kiev, la imagen de Xi flanqueado por ambos líderes le resta protagonismo y dificulta su margen de maniobra ante el respaldo colectivo que ofrece esta alianza.
El desfile militar, con la exhibición del arsenal más avanzado de China, constituye también un mensaje hacia dentro y hacia fuera. Hacia el interior, refuerza la narrativa del Partido Comunista sobre la fortaleza del país y su papel histórico en la victoria sobre Japón. Hacia el exterior, muestra la capacidad tecnológica y militar de la superpotencia asiática, en un contexto de rivalidad estratégica con Washington y de incertidumbre en el Indo-Pacífico.
La participación de otros mandatarios, como el primer ministro indio, Narendra Modi —aunque no estará en la tribuna del desfile—, aporta un matiz adicional sobre la expansión de las relaciones de Pekín, y en cierta medida, la unidad del bloque de los BRICS.
India mantiene tensiones fronterizas históricas con China, pero la visita de su mandatario evidencia un acercamiento pragmático en un momento en que las relaciones entre Nueva Delhi y Washington enfrentan fricciones por la compra de petróleo ruso. La multiplicidad de asistentes, desde Irán hasta Serbia, refuerza la proyección de Pekín como epicentro de un entramado diplomático alternativo.
Por parte de Europa, el primer ministro eslovaco, Robert Fico, ha sido el único mandatario de la Unión Europea invitado. Su asistencia marcaría una tendencia de distanciamiento respecto al consenso europeo, tras su participación en el Día de la Victoria en Moscú, en mayo.
La cita, además, tiene un componente inédito en la relación bilateral entre China y Corea del Norte. Será la primera vez desde 1959 que un dirigente norcoreano acuda a un desfile militar en Pekín. Para Kim, supone recuperar el contacto con un aliado clave tras años de cierto enfriamiento desde que el líder norcoreano asumió el poder y debilitó la relación; para Xi, implica fortalecer una alianza estratégica en la península coreana, una región donde Washington busca retomar protagonismo.
En este marco, el encuentro se configura como un movimiento calculado de Xi Jinping para mostrarse como mediador indispensable y líder de un bloque no alineado con Estados Unidos. La coincidencia con Putin y Kim Jong-un no solo tiene un valor simbólico, sino que proyecta una imagen de cohesión política y militar que desafía directamente al bloque occidental.
El desfile del Día de la Victoria, por tanto, se convierte en mucho más que una conmemoración histórica: es la puesta en escena de un nuevo equilibrio de fuerzas, donde China busca encabezar un contrapeso global, al tiempo que se fortalece como actor indispensable en las disputas estratégicas de este siglo. @mundiario