La UE se rearma: del consenso en la OTAN a la aceleración de su estrategia de defensa común

Consejo Europeo en Bruselas. / X.
El impulso militar pactado en la cumbre de La Haya marca un punto de inflexión en la política de seguridad europea, que se encamina a reforzar su autonomía estratégica ante la incertidumbre global y el imprevisible liderazgo de Trump.

La fotografía estratégica del continente europeo ha cambiado drásticamente en apenas unas semanas. Tras décadas de presupuestos contenidos y confianza en la estabilidad del orden internacional, la guerra en Ucrania, el auge del ultranacionalismo geopolítico y la imprevisible política exterior de EE UU han convencido a la Unión Europea de que la seguridad ya no puede ser una externalidad. Con la histórica decisión adoptada en la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en La Haya —elevar el gasto en defensa del 2 % al 5 % del PIB en una década—, la UE perfila una nueva era de rearme, más integrada y menos dependiente del paraguas militar estadounidense.

El Consejo Europeo celebrado en Bruselas este jueves —con la presencia de líderes que apenas 24 horas antes cerraban filas en La Haya— ha convertido el acuerdo de la OTAN en la hoja de ruta para la política de defensa comunitaria. Las conclusiones de la cumbre reflejan esa voluntad de actuar en bloque: aumentar de forma sustancial el gasto militar, invertir de manera conjunta y acelerar las capacidades defensivas, tanto en industria como en disuasión. “Debemos estar preparados para proteger a nuestros ciudadanos, nuestros intereses y nuestra Unión”, advertían Ursula von der Leyen y Kaja Kallas en una carta remitida a los Veintisiete antes de la reunión.

Sin embargo, el impulso europeo no está exento de tensiones. La amenaza directa del presidente Donald Trump contra España —“vamos a hacer que pague el doble”, dijo desde La Haya— ha introducido un elemento de inestabilidad en el proceso. Aunque la UE ha optado por no responder a lo que considera “comentarios o amenazas”, el mensaje ha sido escuchado con atención: el compromiso militar debe ir acompañado de unidad política frente a los desafíos externos, incluido un posible giro hostil de Washington.

La situación ha reabierto el debate sobre la autonomía estratégica europea. Frente a las dudas sobre la fiabilidad del respaldo estadounidense a largo plazo, la Comisión acelera mecanismos como el programa SAFE, dotado con 150.000 millones de euros para compras conjuntas de material militar, o las cláusulas fiscales que permitirán elevar el gasto en defensa sin incurrir en sanciones por déficit. Hasta 16 Estados miembros ya han manifestado su voluntad de acogerse a esta flexibilidad presupuestaria. España, por ahora, se mantiene al margen, aferrada a su compromiso del 2,1 % del PIB, que Moncloa considera suficiente para cubrir las capacidades asignadas.

El rearme como necesidad europea

Pero el nuevo paradigma de defensa exige más que una cifra. Como dejó claro la presidenta de la Comisión: “la era del dividendo de la paz ya pasó”. Y con ella se disipa la lógica de la contención presupuestaria. Dinamarca, uno de los países tradicionalmente frugales, ha abandonado su reticencia. Polonia, con un ambicioso plan de rearme y una inversión que alcanzará el 4,7 % del PIB en 2025, se consolida como uno de los ejes del poder militar europeo. La lógica ha cambiado: hoy, la influencia en Bruselas pasa también por el compromiso con la seguridad.

La UE, además, refuerza su red de alianzas estratégicas más allá del Atlántico. En las últimas semanas ha cerrado acuerdos de defensa con Reino Unido, Australia y Canadá. Este último podrá participar en el programa SAFE. Estas alianzas buscan blindar a Europa frente a los vaivenes políticos en Washington y dotar al continente de un escudo propio, tanto en capacidades industriales como en interoperabilidad militar.

Ucrania sigue siendo el epicentro del nuevo enfoque estratégico. Aunque su protagonismo en la cumbre de la OTAN fue más contenido que en ediciones anteriores, el compromiso con Kiev se mantiene firme. El secretario general Mark Rutte anunció que los países aliados han duplicado en tres meses las promesas de ayuda militar, pasando de 20.000 a 35.000 millones de euros. El propio Donald Trump, tras meses de frialdad, se mostró dispuesto a facilitar armamento avanzado como los misiles Patriot, en una sorprendente distensión con el presidente Volodímir Zelenski.

Bruselas, por su parte, dedica casi un cuarto de sus conclusiones a Kiev. Subraya su “apoyo inquebrantable” y reitera su disposición a presionar a Moscú hasta que acceda a un alto el fuego negociado. El bloque quiere seguir imponiendo sanciones, aunque el próximo paquete —el número 18— sigue bloqueado. Pese a ello, el mensaje es claro: Ucrania no solo es una prioridad geopolítica, sino también el espejo en el que se mide la resiliencia europea.

La UE está escribiendo una nueva doctrina de seguridad, más pragmática, menos dependiente y más alineada con las realidades del siglo XXI. El rearme ya no es un tabú, sino una necesidad estratégica. La cumbre de La Haya ha sido el detonante. Bruselas, el laboratorio. Lo que está en juego no es solo el futuro de Ucrania, sino el papel que Europa quiere jugar en un mundo cada vez más volátil. Y esta vez, no hay margen para la ambigüedad. @mundiario