ATACMS en territorio ruso: Ucrania apunta a expandir los ataques mientras Moscú niega daños
La admisión pública de Ucrania de haber empleado misiles ATACMS contra objetivos militares en Rusia marca un punto de inflexión operativo y político en la guerra. Por primera vez, Kiev reconoce abiertamente el uso de estas capacidades de largo alcance más allá de su territorio, después de meses de limitaciones formales impuestas por Estados Unidos y de un debate interno en Washington sobre el riesgo de escalada.
Según el Estado Mayor ucraniano, el ataque se dirigió contra “instalaciones militares en territorio ruso”, sin especificar su ubicación. Medios y analistas ucranianos apuntaron a la región de Vorónezh, donde se encuentra la Base Aérea que alberga al 47º Regimiento de Bombarderos, cuyos Su-34 han ejecutado numerosos ataques contra ciudades ucranianas.
Aunque Moscú no confirmó un ataque de este tipo, sí informó de incidentes con drones en la región de Moscú y, posteriormente, de un supuesto intento ucraniano de atacar Vóronezh con cuatro misiles ATACMS, todos según Rusia interceptados por sistemas S-400 y Pántsir.
La operación adquiere mayor relevancia por ser la primera acción reconocida oficialmente desde que Washington levantó por primera vez las restricciones geográficas al uso de los ATACMS suministrados a Kiev.
Durante meses, el Pentágono mantuvo una prohibición tácita para evitar que Ucrania atacara territorio ruso con armamento estadounidense de largo alcance. Esto respondía a la estrategia de la administración Biden, que consideraba que permitir esos ataques podría elevar el riesgo de escalada y dificultar eventuales intentos de negociación. La decisión de flexibilizar esta postura, adoptada a finales de 2024, abrió la puerta a una nueva fase en el empleo de estos sistemas.
El reconocimiento ucraniano llega tras un largo historial de informes contradictorios. Moscú aseguró ya en noviembre de 2024 que Ucrania había usado ATACMS contra un arsenal militar en la región fronteriza de Briansk. En paralelo, medios estadounidenses como The Wall Street Journal afirmaron que EE UU había bloqueado durante meses su empleo contra Rusia y que ese veto respondió a esfuerzos diplomáticos para explorar una vía de diálogo con Moscú.
Con el paso del tiempo, la política estadounidense hacia este tipo de armamento ha ido variando, influida tanto por las dinámicas internas en Washington como por la presión política derivada de las necesidades defensivas de Ucrania.
Ahora, el presidente estadounidense Donald Trump ha sido un actor clave en esta evolución. Mientras criticaba a la Administración Biden por no haber permitido antes ataques en territorio ruso en primer lugar, aseguró a Volodímir Zelenski que estaba dispuesto a levantar las restricciones. No obstante, sigue sin autorizar la entrega de misiles de mayor alcance, como los Tomahawk, capaces de operar a más de 2.500 kilómetros y cuyo suministro modificaría sustancialmente la capacidad ofensiva ucraniana.
El uso confirmado de ATACMS, con un alcance aproximado de 300 kilómetros, se integra en la estrategia ucraniana de debilitar la infraestructura militar rusa que sustenta los ataques sobre sus ciudades. Para Kiev, estos sistemas permiten golpear aeródromos, centros logísticos y bases aéreas desde distancias relativamente seguras. En el caso de Vorónezh, el impacto estratégico potencial sería claro: la interrupción de operaciones del regimiento de Su-34 que participa habitualmente en bombardeos contra zonas residenciales ucranianas.
La reacción rusa siguió el patrón habitual: subrayó que los misiles fueron interceptados y acusó a Ucrania de intentar atacar infraestructuras civiles, aunque sin presentar evidencia concluyente. Según Moscú, los restos de los misiles dañaron un centro de gerontología, un orfanato y una vivienda particular, sin dejar víctimas. Ucrania, por su parte, insistió en que los objetivos eran exclusivamente militares.
El ataque también se inscribe en un contexto de creciente presión rusa en el frente, frente a la cual Kiev trata de mostrar resiliencia y capacidad de adaptación. Al reconocer públicamente el uso de ATACMS, el Estado Mayor ucraniano envía un mensaje de determinación tanto a sus socios internacionales como al propio Kremlin: seguirá empleando capacidades de largo alcance siempre que disponga de ellas.
La confirmación no implica un cambio del equilibrio militar, pero sí abre un nuevo capítulo en el uso del armamento occidental en el conflicto. Marca un precedente que puede influir en futuras decisiones sobre el suministro de sistemas más avanzados y en la manera en que Rusia gestiona su infraestructura militar en la retaguardia. @mundiario


