Tusk sobrevive a la moción de confianza y relanza su Gobierno tras el revés electoral en Polonia

La ajustada victoria parlamentaria permite al primer ministro polaco conservar el timón del Ejecutivo, pero deja al descubierto las tensiones de la coalición, la presión de la oposición ultranacionalista y la fragilidad institucional frente al nuevo presidente.

Donald Tusk, primer ministro de Polonia. / Consejo Europeo
Donald Tusk, primer ministro de Polonia. / Consejo Europeo

El primer ministro polaco, Donald Tusk, ha superado una moción de confianza en el Sejm con 243 votos a favor y 210 en contra, apenas unos días después de la dura derrota que sufrió su candidato presidencial, Rafal Trzaskowski, ante el ultranacionalista Karol Nawrocki. La votación, celebrada en un ambiente parlamentario tenso y crispado, tenía como objetivo renovar el impulso político de una coalición gubernamental que, tras apenas un año y medio en el poder, ya acusa fatiga interna, divisiones ideológicas y una caída notable de popularidad.

Tusk compareció ante el Parlamento con un mensaje claro: “pido este voto de confianza porque creo firmemente que tenemos el mandato para gobernar”. A sabiendas de que los rumores de descomposición de su Ejecutivo se multiplicaban tras los comicios del 1 de junio, el primer ministro quiso cortar de raíz cualquier intento de desestabilización. Y lo consiguió, aunque por un margen escaso que evidencia la fragilidad del proyecto reformista que lidera.

El jefe del Ejecutivo aprovechó la ocasión no solo para revalidar su legitimidad, sino para hacer autocrítica. Admitió que solo una veintena de las cien promesas lanzadas en sus primeros cien días se han materializado y que parte del capital político del Gobierno se ha empleado más en ajustar cuentas con el pasado —el mandato ultraconservador del PiS— que en reconciliar una sociedad polarizada y avanzar en reformas sociales profundas. “Basta de lloriqueos”, espetó a sus ministros, a quienes urgió a redoblar esfuerzos para sacar adelante el programa de gobierno en los dos años y medio que restan de legislatura.

Tusk defendió algunos logros, como el aumento del 67 % en el gasto en defensa, la reducción de visados a inmigrantes procedentes de África y Asia en un 50 %, y la contención de las entradas irregulares desde Bielorrusia. También ofreció datos económicos alentadores para reafirmar que Polonia “ha regresado a la primera liga europea”, en referencia a su recuperación de fondos europeos congelados durante el mandato del PiS.

La coalición de Tusk muestra sus grietas

Pero el camino de Tusk está plagado de obstáculos. El nuevo presidente, Karol Nawrocki, afín al partido ultraconservador Ley y Justicia, tomará posesión en agosto con capacidad de veto sobre la legislación. Sin una mayoría cualificada para sortear esos vetos, el Gobierno corre el riesgo de quedarse paralizado. Esto afecta especialmente a las promesas hechas a Bruselas sobre el Estado de derecho, cruciales para seguir desbloqueando los 137.000 millones de euros del fondo europeo de recuperación.

La coalición que sostiene a Tusk —formada por su Plataforma Cívica, la centrista Polonia 2050, el agrario PSL y la Nueva Izquierda— es una amalgama ideológicamente heterogénea, y sus fisuras ya son visibles. El PSL, pieza clave del Ejecutivo, ha comenzado a consultar a sus bases sobre la posibilidad de abandonar el bloque liberal y explorar una alianza con PiS y la extrema derecha de Confederación. Aunque su líder, Wladyslaw Kosiniak-Kamysz, ha reiterado su apoyo al Gobierno, el equilibrio es frágil y cada votación puede convertirse en un nuevo pulso.

Las tensiones internas también han bloqueado propuestas clave de la agenda progresista, como la legalización del aborto o la aprobación de las uniones del mismo sexo, vetadas de facto por el ala más populista del Ejecutivo. Así, el margen de maniobra de Tusk para satisfacer a sus aliados más progresistas se ve severamente limitado.

Tusk ha prometido una reestructuración del gabinete en julio con menos ministerios y nuevos rostros, así como el nombramiento inmediato de un portavoz del Gobierno, figura ausente hasta ahora. Reconoce que subestimó la necesidad de una comunicación eficaz y que no basta con tener razón, hay que saber explicarla.

La oposición ultraconservadora aspira el poder

Mientras tanto, la oposición liderada por Jaroslaw Kaczynski sigue apostando por el descrédito del Gobierno. Las acusaciones de “vasallaje ante Berlín”, el repunte de la deuda o la supuesta pérdida de soberanía nacional son parte del arsenal retórico de PiS, al que se suman los ataques desde la extrema derecha, que tilda a Tusk de “populista del gasto social” y “gestor del mayor déficit de la historia”.

En su defensa, Tusk no ha esquivado la cuestión de la justicia transicional. Ha insistido en que las investigaciones y cargos presentados contra exministros de PiS, incluido el propio ex primer ministro Mateusz Morawiecki, no son venganzas políticas, sino un ejercicio necesario de rendición de cuentas. “No me convencerán de que esto es una caza de brujas”, zanjó ante el pleno.

Polonia entra ahora en una fase de incertidumbre. Las elecciones legislativas están previstas para 2027, pero los analistas no descartan un adelanto si se acelera la descomposición de la mayoría parlamentaria o si el veto presidencial se convierte en un bloqueo sistemático. El futuro de Tusk dependerá de su capacidad para mantener unida una coalición compleja, reactivar su agenda reformista y contener el avance de un bloque nacionalista que ve en Nawrocki su pasarela de regreso al poder.

Lo que queda claro tras la moción de confianza es que el proyecto de Tusk sigue vivo, pero más cuestionado que nunca. La victoria parlamentaria le da oxígeno, pero no resuelve los desafíos estructurales ni la pugna con un presidente hostil. Lejos de la capitulación, el veterano político polaco parece dispuesto a dar batalla. Pero el tiempo corre en su contra. Y la ventana para reformar Polonia, también. @mundiario

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