Trump y la política del miedo en Minnesota

El nuevo operativo migratorio en Minnesota apunta a cientos de somalíes, pese a que la mayoría son residentes legales. La medida, respaldada por una retórica cada vez más hostil, amenaza con sembrar miedo en comunidades que llevan décadas construyendo su vida allí. Un clima que erosiona la convivencia.
Donald Trump, presidente de EE UU. / RR SS.
Donald Trump, presidente de EE UU. / RR SS.

La decisión del Gobierno de Estados Unidos de desplegar un centenar de agentes de inmigración en Minnesota para detener y deportar a personas somalíes revela una estrategia que va más allá de la mera aplicación de la ley. No es solo un operativo; es un mensaje político, calculado y ruidoso, dirigido tanto a bases electorales como a quienes viven en el país con incertidumbre. Cuando un presidente califica a un colectivo entero de “basura”, está construyendo un relato que coloca a miles de personas en el papel de amenaza, aunque los datos digan lo contrario.

Conviene recordar lo básico: en Minnesota reside la mayor diáspora somalí del mundo, con unas 80.000 personas, y la mayoría tiene residencia legal o ciudadanía estadounidense. Según datos oficiales, cerca del 73% ha superado ya el proceso de naturalización. No hablamos de recién llegados, sino de vecinos con décadas de vida en el país, con comercios, empleos, familias y contribuciones visibles. Sin embargo, la narrativa presidencial pretende reducir todo eso a una caricatura. Es como si a una ciudad llena de árboles se la describiera solo por una rama caída.

Qué hay detrás de una operación así

El Gobierno asegura que el operativo se centra en quienes tienen órdenes finales de deportación, pero admite que podrían detener a personas que aún tramitan su estatus. Esa ambigüedad es suficiente para generar miedo en toda una comunidad, y el miedo es una herramienta poderosa cuando se quiere disciplinar, no integrar. Las autoridades locales lo han entendido rápido. El gobernador de Minnesota y los alcaldes de Minneapolis y St. Paul rechazaron participar, señalando que su policía no actuará como brazo auxiliar del Gobierno federal.

Este choque institucional ilustra algo fundamental: la tensión entre políticas migratorias orientadas al castigo y realidades sociales que necesitan gestión, inversión y escucha. La Administración ha anunciado incluso la revisión masiva de tarjetas de residencia permanente, así como la suspensión de solicitudes procedentes de 19 países, entre ellos Somalia. Es difícil no ver en esa decisión un giro que mezcla propaganda con medidas desproporcionadas, sin pruebas claras de su utilidad real para la seguridad nacional.

El efecto de una retórica que se expande

Trump ha intensificado sus ataques verbales contra la comunidad somalí tras un tiroteo en Washington D.C. cuyo autor ni siquiera era somalí. Es la lógica del atajo: cuando no hay relación, se construye una. Basta afirmarlo con convicción para que parte de la opinión pública lo dé por hecho. Pero las democracias fuertes no pueden apoyarse en atajos, sino en hechos y en políticas que reduzcan tensiones, no que las inflamen.

La cuestión de fondo es qué tipo de país quiere ser Estados Unidos. Si uno que selecciona a quienes merecen dignidad según su procedencia o uno que responde a sus retos con rigor, respeto y soluciones duraderas. Combatir la desinformación, reforzar los programas de integración local o invertir en cooperación internacional con países como Somalia debería formar parte del debate. Perseguir a comunidades enteras solo profundiza heridas y debilita la convivencia. A fin de cuentas, una sociedad se mide no por la altura de sus muros, sino por la amplitud de sus puentes. @mundiario

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