¿En qué consiste el acuerdo de Trump? “Acceso total” a Groenlandia mediante soberanía
Las amenazas de Donald Trump sobre Groenlandia —incluida la posibilidad de adquirir la isla “por las buenas o por las malas”— había llevado las relaciones entre Estados Unidos y Europa al borde de su mayor crisis en décadas. Sin embargo, el abrupto viraje anunciado en Davos marcó un cambio de tono. Trump no solo descartó el uso de la fuerza, sino que también retiró los aranceles punitivos anunciados contra varios países europeos que habían desplegado tropas en la isla.
Ese giro estuvo supeditado, según diversas fuentes diplomáticas, a la creación de lo que el propio presidente estadounidense denominó en Truth Social “el marco para un futuro acuerdo sobre Groenlandia y, en realidad, sobre toda la región ártica”, alcanzado tras una reunión con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte.
Aunque los detalles siguen siendo imprecisos, la prensa alemana y fuentes aliadas coinciden en que el núcleo del entendimiento pasa por un acceso estadounidense total y permanente a Groenlandia, sin una anexión formal del territorio. La clave estaría en un acuerdo que permitiría a Estados Unidos asumir el control de determinadas instalaciones militares no como bases extranjeras, sino como enclaves bajo soberanía propia.
Este planteamiento habría servido para desactivar simultáneamente dos amenazas de Washington: la imposición de aranceles a Europa y la retórica sobre la toma directa de la isla. A cambio, los aliados europeos reforzarían su compromiso con la seguridad del Ártico, una región cada vez más central en la rivalidad geopolítica con Rusia y China.
El “modelo Chipre”: una soberanía sin anexión
El esquema que se baraja se inspira explícitamente en el llamado modelo Chipre. Tras la independencia de Chipre en 1960, el Reino Unido retuvo la soberanía sobre las áreas de Akrotiri y Dhekelia, que funcionan como Sovereign Base Areas: territorios británicos plenos, aunque enclavados en un Estado independiente.
Aplicado a Groenlandia, este modelo permitiría a Estados Unidos ejercer soberanía efectiva sobre zonas concretas, previsiblemente en torno a bases militares, sin modificar formalmente el estatus del territorio como parte del Reino de Dinamarca. Según el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung, esta opción ha sido discutida en Bruselas con representantes daneses y groenlandeses, en conversaciones descritas como “positivas”.
En la práctica, Estados Unidos ya dispone de amplias prerrogativas en Groenlandia. En virtud del acuerdo bilateral de 1951 con Dinamarca, puede desplegar tropas sin límite numérico y mantiene de forma permanente la Pituffik Space Base (antigua Thule), clave para el sistema de alerta temprana y la defensa espacial.
El nuevo marco iría más allá: ampliaría la presencia estadounidense y la integraría en una estrategia ártica de la OTAN, con misiones de vigilancia similares a las desplegadas en el Báltico. Mark Rutte ha subrayado que los aliados deberán “dar un paso al frente” para disuadir amenazas rusas y chinas, y ha apuntado a este 2026 como horizonte para concretar el acuerdo. “No tengo ninguna duda de que podemos hacer esto bastante rápido. Ciertamente, esperaría 2026, espero incluso principios de 2026”, aseveró.
Las líneas rojas de Dinamarca y Groenlandia
Pese al tono conciliador, Copenhague y Nuuk han marcado límites claros. El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, ha afirmado que su gobierno está dispuesto a negociar una “mejor asociación”, pero que la soberanía es una línea roja. Dinamarca, por su parte, insiste en que la integridad territorial no está en discusión, aunque reconoce las preocupaciones de seguridad de Estados Unidos en el Ártico.
El debate se complica porque Groenlandia prohíbe constitucionalmente la venta de tierras, lo que obliga a explorar fórmulas alternativas como cesiones funcionales, acuerdos de soberanía limitada o arrendamientos de muy larga duración, similares al caso de la base estadounidense de Guantánamo en Cuba.
Más allá del ámbito militar, las negociaciones podrían incluir un derecho de tanteo estadounidense sobre inversiones en recursos minerales de Groenlandia. Este mecanismo permitiría a Washington vetar proyectos con capital ruso o chino, reforzando su control estratégico sobre una isla rica en tierras raras y otros minerales críticos para la transición energética y tecnológica.
A cambio, Estados Unidos ofrecería estabilidad comercial y seguridad política, retirando definitivamente la amenaza arancelaria y reduciendo la presión pública sobre la soberanía formal del territorio.
Por ahora, el “marco para un futuro acuerdo” es más un entendimiento político que un tratado cerrado. La Casa Blanca reconoce que las negociaciones no están grabadas en piedra, mientras que en Groenlandia persiste la inquietud por posibles conversaciones celebradas sin su participación directa.
Lo que sí parece claro es que el viraje de Trump no implica un abandono del objetivo estratégico, sino un cambio de método: de la confrontación abierta a una negociación que busca asegurar, “a bajo coste y para siempre”, el acceso estadounidense a uno de los territorios más estratégicos del Ártico. @mundiario


