Tensiones sectarias en Siria: el conflicto con los drusos y una nueva oportunidad para Israel

Ahmed al Sharaa, presidente interino de Siria. / @SyPresidency
Los enfrentamientos entre la comunidad drusa y milicianos progubernamentales evidencian la inestabilidad interna y permiten la intervención de actores externos que buscan aprovechar la situación para sus propios fines estratégicos.

A medida que Siria intenta reconstruirse tras décadas de dictadura y más de una década de guerra civil, resurgen los viejos fantasmas del sectarismo, esta vez con renovada virulencia. Los recientes enfrentamientos entre milicianos progubernamentales e integrantes de la minoría drusa en las afueras de Damasco y en el sur del país han dejado cerca de 100 muertos en apenas cuatro días. Este nuevo estallido de violencia no solo refleja las tensiones internas del nuevo orden político sirio, sino también las dinámicas regionales en las que actores externos, especialmente Israel, buscan explotar las divisiones para sus propios intereses.

Los drusos constituyen una minoría religiosa heterodoxa que surgió del islam chiita en el siglo X. Aunque dispersos en el Líbano, Israel y Siria, es en este último país donde se concentra más de la mitad de su población mundial, particularmente en la provincia meridional de Sweida y en suburbios al sur de Damasco como Jaramana y Ashrafiyat Sahnaya.

Históricamente, los drusos han sido pragmáticos en su relación con el poder central. Durante el régimen de los Asad, que se autodefinía como laico y nacionalista árabe, gozaron de cierta autonomía y libertad religiosa. Sin embargo, el nuevo Gobierno de transición —formado tras la caída de Bachar al Asad en diciembre de 2024 y dominado por antiguos insurgentes islamistas— ha generado un profundo desconcierto en esta comunidad.

Con solo un ministro druso en el gabinete de 23 miembros, la exclusión política es evidente. Además, la creciente influencia de grupos islamistas con antecedentes extremistas, como Hayat Tahrir al-Sham (HTS), alimenta el temor entre los drusos de ser marginados o perseguidos. No es una preocupación infundada: ya en 2018, miembros del Estado Islámico atacaron a la comunidad en Sweida, dejando decenas de muertos y secuestrados.

El detonante y la espiral de violencia

El último episodio de violencia fue provocado por un audio viral atribuido erróneamente a un clérigo druso, en el que se criticaba al profeta Mahoma. Aunque el religioso negó su autoría, el daño ya estaba hecho. Estallaron enfrentamientos entre milicianos suníes progubernamentales e integrantes armados de la comunidad drusa, los cuales se propagaron desde Jaramana hasta Sakhnaya.

En medio de la crisis, Israel intervino con un ataque aéreo contra milicias pro-gubernamentales, justificando su acción como "una medida de protección hacia los drusos" y una advertencia a los islamistas de no cruzar las líneas rojas en áreas drusas. El viernes siguiente, Israel intensificó su implicación con un ataque cerca del palacio presidencial en Damasco, algo que el Gobierno sirio calificó como una escalada sin precedentes.

El juego de Israel: entre protección y cálculo estratégico

Aunque Israel afirma actuar en defensa de la comunidad drusa —con la cual mantiene vínculos históricos, especialmente en los Altos del Golán ocupados— su intervención debe analizarse dentro de una lógica más amplia de intereses geopolíticos. Tras la caída de Asad, Israel ha buscado consolidar una zona de amortiguamiento en el sur de Siria para evitar que facciones islamistas o actores respaldados por Irán se posicionen cerca de su frontera norte.

En este contexto, el conflicto con los drusos ofrece una oportunidad perfecta para proyectar poder, debilitar a cualquier nuevo régimen sirio no alineado con sus intereses (el nuevo Gobierno sirio está respaldado por Turquía) y legitimar intervenciones bajo el discurso de protección humanitaria. Lo que parece un gesto de solidaridad es, en realidad, una maniobra de contención regional y de influencia estratégica en un terreno fragmentado.

La fragmentación del poder en Siria ha convertido al país en un tablero donde las minorías religiosas —drusos, alauitas y cristianos— se ven atrapadas entre el miedo al islamismo dominante y la descomposición institucional. El nuevo presidente Ahmad al Sharaa, un exmilitante vinculado a al-Qaeda, ha prometido respetar los derechos de todas las comunidades y ha dispuesto iniciativas para proteger a las minorías. Sin embargo, la retórica de inclusión contrasta con los hechos: los asesinatos sectarios persisten, los abusos contra detenidos drusos circulan en redes sociales, y la representación política de las minorías sigue siendo marginal.

Los enfrentamientos recientes no son simples estallidos de violencia aislada, sino síntomas de un mal estructural: la incapacidad del nuevo orden sirio de garantizar un marco pluralista que integre a todos los sectores de su población. En este vacío, actores como Israel, Turquía e Irán —cada uno con su agenda— intervienen directa o indirectamente, perpetuando la inestabilidad.

La lucha entre los drusos y las fuerzas progubernamentales refleja un conflicto mucho más profundo: el de un país que no ha logrado construir un proyecto inclusivo tras el colapso del autoritarismo.

Si Siria no logra encauzar su transición hacia un modelo de convivencia y representación, lo que hoy vemos como una crisis puntual podría ser el preludio de un ciclo prolongado de violencia sectaria. Y, como siempre, quienes pagan el precio más alto son los civiles atrapados entre intereses cruzados. @mundiario