Rusia e Irán, los posibles perdedores del acuerdo entre Armenia y Azerbaiyán auspiciado por Trump

La mediación estadounidense redefine el equilibrio geopolítico en el Cáucaso y deja a Moscú y Teherán con un margen de maniobra reducido mientras disminuye su influencia regional.
Ilham Alíyev, presidente de Azerbaiyán; Donald Trump, presidente de EE UU y Nikol Pashinyan, primer ministro de Armenia. / White House
Ilham Alíyev, presidente de Azerbaiyán; Donald Trump, presidente de EE UU y Nikol Pashinyan, primer ministro de Armenia. / White House

El reciente acuerdo de paz entre Armenia y Azerbaiyán, firmado en Washington bajo el auspicio del presidente Donald Trump, supone un giro histórico en una rivalidad de más de tres décadas. Sin embargo, más allá de la promesa de estabilidad en el Cáucaso, el pacto abre un nuevo capítulo de tensiones geopolíticas que amenaza con relegar a Rusia e Irán a un papel secundario en una región que históricamente han considerado estratégica.

Uno de los puntos más sensibles del tratado es la creación de un corredor de transporte que atravesará el sur de Armenia para conectar Azerbaiyán con su exclave de Najicheván. Este paso, bajo soberanía armenia, será gestionado por un consorcio privado estadounidense mediante un arrendamiento de 99 años. Para Bakú, se trata de una reivindicación histórica; para Teherán, un riesgo directo a su influencia y acceso regional.

Para Irán, varios analistas han descrito el proyecto como una forma de “asfixia geopolítica”, ya que la presencia de un operador estadounidense en su frontera norte podría dificultar sus vínculos comerciales con el Mar Negro y Europa a través de Georgia. Las autoridades iraníes han advertido de que cualquier red de comunicación regional debe construirse respetando la soberanía y los intereses mutuos, pero reconocen que cuentan con escasas herramientas para impedir un pacto respaldado por Armenia, Azerbaiyán y Washington.

Rusia, por su parte, enfrenta un retroceso más silencioso pero igualmente significativo. Aunque mantiene una base militar en Armenia y controla parte de su frontera con Irán, Moscú está distraída por su prolongada guerra en Ucrania y carece de capacidad para frenar la iniciativa estadounidense. La tradicional relación de dependencia de Ereván hacia el Kremlin se ha visto erosionada, mientras el Gobierno armenio se acerca progresivamente a Occidente y, potencialmente, a la Unión Europea.

El acuerdo también plantea un desafío estratégico para Moscú: el corredor se integrará en el llamado “Corredor Medio”, una ruta comercial que conecta Europa con Asia, evitando territorio ruso e iraní. Esta conexión, combinada con un eventual desbloqueo de la frontera armenia con Turquía, podría transformar el mapa económico del Cáucaso y restar importancia a las rutas de transporte controladas por Rusia.

En lo militar, la iniciativa también favorece a Azerbaiyán y a su aliado Turquía, ya que elimina restricciones a la cooperación con Estados Unidos. El presidente Ilham Alíyev ha celebrado el pacto como un hito que blinda la paz y ha llegado a proponer a Trump como candidato al Premio Nobel. Sin embargo, en Armenia persisten recelos, especialmente por la exigencia a modificar su Constitución para eliminar cualquier reclamación territorial sobre Azerbaiyán, un punto que podría tensar la política interna y retrasar la ratificación plena del acuerdo.

Tanto en Moscú como en Teherán, el discurso oficial oscila entre la cautela y la advertencia. Rusia ha optado por una valoración tibia y evita reconocer el texto como un acuerdo definitivo, al tiempo que analiza su impacto en los pactos trilaterales previos. Irán, en cambio, ha sido más tajante: ha calificado el corredor como una amenaza para la seguridad regional y ha asegurado que “no se permitirá su creación”, aunque sin detallar cómo planea hacerlo.

“Con la implementación de este complot, la seguridad del Cáucaso Sur estará en peligro”, comentó Akbar Velayati, asesor del ayatolá Alí Jamenei, a la agencia Tasnim, vinculada a la Guardia Revolucionaria Islámica. El corredor previsto es “una idea imposible y no sucederá”, y aseguró que la zona se convertirá en “un cementerio para los mercenarios de Trump”.

En última instancia, el pacto simboliza un cambio de manos en la influencia sobre el Cáucaso: de un espacio históricamente bajo la órbita ruso-iraní, a un terreno donde Estados Unidos busca proyectar poder económico y político. Aunque todavía quedan interrogantes sobre su implementación y sostenibilidad, lo que parece claro es que Moscú y Teherán encaran un escenario en el que sus márgenes de influencia se reducen, mientras Washington refuerza su posición en una de las fronteras más estratégicas de Eurasia. @mundiario

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