Rafah reabre, pero la sanidad de Gaza sigue atrapada
La reapertura del paso de Rafah entre Gaza y Egipto ha sido presentada como un gesto humanitario. Para miles de familias, en efecto, supone una chispa de alivio. Pero conviene no confundir una rendija abierta con una salida real. Apenas medio centenar de pacientes ha logrado cruzar en la primera semana, frente a los cientos que necesitarían hacerlo de forma urgente. En Gaza, donde el tiempo se mide en dolor y deterioro físico, la lentitud no es neutra: mata.
Más de 18.500 personas están registradas para evacuación médica urgente, según la Organización Mundial de la Salud. Otras fuentes locales elevan la cifra hasta las 20.000. No hablamos solo de heridos de guerra, aunque estos son muchos. Hay pacientes oncológicos sin tratamiento, niños con malformaciones congénitas, personas con enfermedades cardiovasculares y enfermos renales que dependen de una diálisis irregular para seguir respirando. La guerra no solo destruye cuerpos con bombas, también los desgasta cuando impide curarlos.
Un sistema sanitario reducido a la supervivencia
La sanidad en Gaza ya no funciona como sistema, sino como resistencia. La mitad de los hospitales están fuera de servicio, más de 1.700 profesionales sanitarios han muerto y el equipamiento básico escasea hasta lo absurdo. No hay resonancias magnéticas, apenas mamógrafos y faltan medicamentos elementales. Cuando conseguir paracetamol se convierte en un reto, hablar de atención especializada roza la ficción.
A esto se suma una restricción severa de material médico catalogado como de doble uso. Equipos imprescindibles para cirugías reconstructivas o tratamientos avanzados no entran porque podrían tener aplicaciones militares. El resultado es una medicina amputada, incapaz de cerrar heridas que llevan meses abiertas. Lo urgente se cronifica y lo tratable se vuelve mortal.
Evacuar no es solo abrir la puerta
Existe además una verdad incómoda que suele quedar fuera del foco. La evacuación médica no depende únicamente de Israel. Requiere que terceros países acepten asumir el coste del traslado, el tratamiento y la estancia del paciente y su acompañante. Y esa disposición internacional ha sido, hasta ahora, claramente insuficiente. Sin ese compromiso, los nombres se acumulan en listas que crecen más rápido de lo que se vacían.
El caso de Ahmad, un adolescente con celiaquía que murió desnutrido esperando una derivación, ilustra el fracaso colectivo. No falleció por un misil, sino por la suma de bloqueo, hambre y abandono sanitario. Son muertes silenciosas que no ocupan titulares, pero que explican mejor que ninguna estadística el estado de Gaza.
Reabrir Rafah es necesario, pero no basta. Si la medicina se convierte en una excepción concedida a cuentagotas, deja de ser un derecho y pasa a ser una lotería. La comunidad internacional tiene margen de actuación, recursos y responsabilidad. Lo que falta no es capacidad, sino voluntad. Y mientras esa voluntad no llegue, en Gaza seguirán muriendo personas no porque su enfermedad sea incurable, sino porque el mundo decidió mirar hacia otro lado. @mundiario