La presión de Trump empuja a Irán a la mesa nuclear: negociaciones bajo la sombra de un ataque
La decisión de Irán de autorizar conversaciones nucleares con Estados Unidos marca un giro drástico en su postura de resistencia en un contexto de máxima tensión regional. Según confirmaron fuentes oficiales iraníes, el presidente Masud Pezeshkian “ordenó la apertura de conversaciones con Estados Unidos”, una señal inequívoca de que la presión ejercida por la Casa Blanca de Donald Trump ha surtido efecto.
El anuncio llega después de semanas de amenazas veladas de intervención militar, un despliegue significativo de fuerzas estadounidenses en el Golfo y un deterioro interno que ha puesto al régimen bajo una presión adicional.
Desde principios de enero, el pulso entre Washington y Teherán se ha intensificado. Trump combinó advertencias públicas sobre un posible ataque con el envío de una “gran armada” de buques y aeronaves a la región, al tiempo que se mostraba “optimista” sobre la posibilidad de alcanzar un acuerdo que evitara una confrontación directa.
En paralelo, Irán afrontaba una situación interna delicada: una dura represión de protestas originadas por el coste de vida, que derivaron en un desafío político al régimen teocrático.
Ese doble frente —externo e interno— parece haber pesado en la decisión de Pezeshkian. Fuentes citadas por agencias iraníes señalan que las autoridades temen que incluso un ataque limitado de Estados Unidos pueda reactivar las protestas masivas y desestabilizar aún más al país. En ese marco, autorizar negociaciones aparece como un intento de ganar tiempo, reducir riesgos inmediatos y explorar una salida diplomática que alivie sanciones.
Las conversaciones no se plantean como un diálogo bilateral clásico. Países de la región han actuado como intermediarios para el intercambio de mensajes, entre ellos Egipto, Arabia Saudí y Turquía. Según fuentes diplomáticas, las primeras reuniones podrían celebrarse en Turquía este viernes y contar con la participación del ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi y del enviado especial de Trump, Steve Witkoff, junto a representantes de varios Estados árabes.
El portavoz de la cancillería iraní, Esmail Baqai, subrayó que Teherán está “examinando y ultimando los detalles de cada etapa del proceso diplomático”, aunque rechazó la idea de haber recibido un ultimátum. Irán, insistió, “nunca acepta ultimátums”, una línea discursiva destinada a preservar la imagen de soberanía frente a su opinión pública y a los sectores más duros del sistema político.
El nudo del desacuerdo: enriquecimiento de uranio
El principal obstáculo sigue siendo el enriquecimiento de uranio. Estados Unidos exige que Irán renuncie por completo a esta actividad, mientras que Teherán defiende su derecho a enriquecer con fines civiles en virtud del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Araqchi lo expresó con claridad: “El presidente Trump dice ‘no a las armas nucleares’ y estamos totalmente de acuerdo con ese punto. (…) Por supuesto, a cambio, esperamos un levantamiento de las sanciones”.
La fórmula sugiere que Irán busca un acuerdo transaccional: límites verificables a su programa nuclear a cambio de alivio económico. Washington, por su parte, pretende un marco más amplio que incluya no solo el uranio altamente enriquecido, sino también el programa de misiles balísticos, una exigencia que Teherán ha rechazado históricamente.
Las negociaciones se reanudan tras un precedente inmediato: una breve ronda de contactos en 2025 que quedó truncada por la guerra de 12 días desencadenada en junio, cuando Israel —y posteriormente Estados Unidos— atacaron instalaciones nucleares y de misiles iraníes. Durante ese conflicto, Irán respondió con cientos de misiles balísticos contra Israel, muchos de ellos interceptados, pero el episodio dejó claro el riesgo de una escalada regional.
¿Victoria táctica de Trump o tregua provisional?
Las advertencias del líder supremo, Alí Jamenei, refuerzan ese escenario: un ataque estadounidense, dijo, podría desatar una “guerra regional”. Al mismo tiempo, Trump ha insinuado en distintas ocasiones que no descarta un cambio de régimen, un mensaje que aumenta la desconfianza iraní y eleva el costo político de cualquier concesión.
Desde la óptica de la Casa Blanca, el movimiento iraní confirma la eficacia de una estrategia de presión máxima combinada con la oferta de negociación. Trump puede presentar la apertura de conversaciones como una victoria diplomática sin haber levantado sanciones ni reducido su presencia militar. Para Irán, en cambio, el diálogo es una apuesta defensiva: busca evitar un choque inmediato y ganar margen en un entorno hostil.
El resultado dependerá de hasta dónde estén dispuestas a ceder ambas partes. Si las conversaciones avanzan hacia un esquema de control nuclear verificable con alivio gradual de sanciones, la presión habrá servido como catalizador de un acuerdo. Si, por el contrario, el desacuerdo sobre el enriquecimiento y los misiles persiste, la mesa de negociación podría convertirse en una pausa breve antes de una nueva fase de confrontación. @mundiario


