La OTAN se prepara para un salto histórico en gasto militar: ¿por qué el 2% del PIB ya no basta?
Lo que durante años fue un punto de fricción entre EE UU y sus socios europeos —el famoso compromiso de destinar al menos el 2 % del PIB al gasto en defensa— está a punto de quedarse atrás. La declaración del secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) Mark Rutte esta semana desde Antalya, Turquía, marca un giro decisivo: la Alianza Atlántica se prepara para redibujar sus prioridades estratégicas y presupuestarias en la cumbre de La Haya en junio. Y el mensaje es rotundo: el 2 % ya no basta. Se impone un nuevo paradigma.
Rutte, que asumió el liderazgo de la Alianza con perfil moderado pero firme, ha evitado dar cifras definitivas. Sin embargo, todos los actores saben ya que la propuesta oficiosa sobre la mesa ronda el 5 % del PIB: un 3,5 % para gasto militar estricto y otro 1,5 % destinado a ámbitos más amplios de seguridad —infraestructuras estratégicas, ciberdefensa, resiliencia civil o movilidad militar. En otras palabras, una redefinición completa del concepto de defensa en el siglo XXI.
Esta reconfiguración no es caprichosa. Viene impulsada por tres motores: la presión de EE UU, la amenaza de Rusia y la creciente asimetría militar entre aliados. Washington, representado por el nuevo secretario de Estado, Marco Rubio, y por su embajador en la OTAN, Matthew Whitaker, lo ha dejado claro: quiere compromisos creíbles y cuantificables, y no está dispuesto a mantener su rol hegemónico si Europa no responde con hechos. La advertencia implícita es que un segundo mandato de Donald Trump podría desencadenar una desvinculación parcial —o total— de EE UU de la OTAN si los europeos no aumentan drásticamente su implicación financiera.
Por otro lado, la guerra en Ucrania ha acelerado el despertar militar de Europa. Alemania, otrora reticente, ha reformado incluso su Constitución para facilitar una inversión sostenida en defensa, y su nuevo ministro de Exteriores, Johann Wadephul, ha sido el primero en aplaudir abiertamente la propuesta de Rutte. Francia, por su parte, plantea alcanzar el 5 % por fases, mientras que países como Italia, Luxemburgo, Eslovenia y España se apresuran a cumplir —al fin— con el umbral del 2 %, 10 años después de acordarlo en la cumbre de Gales.
El rearme europeo es una realidad
Pero ¿qué significa en realidad pasar del 2 % al 5 %? Para países como España, que apenas alcanza el 1,28 % real según los últimos datos de la propia OTAN, el salto sería colosal. Supone triplicar el esfuerzo actual en una década, en un contexto de presión fiscal, deuda elevada y gasto social creciente. En este sentido, la propuesta de Rutte incorpora una clave pragmática: permitir que parte del gasto se oriente a la seguridad híbrida —infraestructuras resistentes a ataques, conectividad crítica o apoyo a países socios— para hacerla más digerible políticamente.
Sin embargo, no se puede obviar el riesgo de que esta escalada en el gasto militar derive en una nueva carrera armamentista sin un control político claro. Aumentar el presupuesto en defensa no es en sí mismo una garantía de seguridad.
La OTAN está en una encrucijada. El viejo equilibrio de la Guerra Fría ya no sirve, y el actual sistema de seguridad europeo ha demostrado ser demasiado frágil frente a amenazas híbridas, conflictos prolongados y actores geopolíticos impredecibles. Pero, al mismo tiempo, los ciudadanos europeos —que ya enfrentan desafíos económicos y sociales complejos— merecen un debate transparente sobre hacia dónde va el dinero público y por qué.
En este sentido, Rutte ha abierto un melón que marcará la agenda transatlántica de la próxima década. La cumbre de La Haya no será solo un escaparate de cifras, sino una prueba de si la OTAN es capaz de reinventarse sin fracturarse. Aumentar el gasto es fácil. Hacerlo con sentido estratégico, político y ético es el verdadero reto.
La propuesta de elevar el gasto militar de los aliados de la OTAN hasta el 5 % del PIB representa un punto de inflexión en la política de defensa occidental. Con la guerra en Ucrania, la presión de EE UU y el liderazgo de Rutte, la Alianza Atlántica se encamina hacia un nuevo equilibrio. La cumbre de La Haya será clave para definir si este aumento es una respuesta legítima a los nuevos desafíos globales o una apuesta arriesgada en tiempos de incertidumbre. @mundiario


