La ofensiva contra Irán coloca a Trump ante una tormenta política en pleno año electoral

Una semana después del inicio de la operación militar estadounidense contra Irán, el presidente Donald Trump afronta un creciente desgaste político en casa.
Donald Trump, presidente de EE UU en Davos. / Foro Económico Mundial (FEM)
Donald Trump, presidente de EE UU en Davos. / Foro Económico Mundial (FEM)

La ofensiva militar lanzada por Estados Unidos contra Irán ha abierto un nuevo frente en la política interior estadounidense. Lo que comenzó como una operación presentada por la Casa Blanca como una acción rápida y limitada se ha transformado, apenas una semana después, en un conflicto de duración incierta que amenaza con alterar el panorama político de Estados Unidos en pleno año electoral.

Desde la madrugada del 28 de febrero, cuando Washington inició la denominada Operación Furia Épica junto a Israel, el Gobierno estadounidense ha ofrecido explicaciones cambiantes sobre los objetivos de la campaña militar. En apenas siete días, la administración de Donald Trump ha esgrimido múltiples argumentos: frenar el programa nuclear iraní, neutralizar sus misiles balísticos, evitar supuestas interferencias en las elecciones estadounidenses o incluso provocar un cambio de régimen en Teherán.

La multiplicidad de justificaciones ha alimentado la sensación de improvisación dentro y fuera de Washington. Analistas y dirigentes políticos han señalado que la estrategia de la Casa Blanca carece de una narrativa coherente, lo que ha generado dudas tanto en la opinión pública como en el propio Congreso.

Una guerra sin calendario claro

En los primeros días de la ofensiva, el presidente aseguró que el conflicto duraría apenas unos días. Sin embargo, con el paso de las jornadas el discurso oficial ha ido cambiando. Primero se habló de varias semanas, después de cinco, y finalmente han surgido informes que apuntan a una campaña militar de varios meses.

Un documento interno del Mando Central de los Estados Unidos, citado por medios estadounidenses, plantea la necesidad de reforzar las operaciones contra Irán durante al menos cien días, lo que prolongaría el conflicto hasta el final del verano.

En este escenario, algunos analistas militares advierten de que la guerra podría extenderse aún más si los bombardeos no logran los objetivos estratégicos planteados. Hay que reforzar la realidad de que ningún régimen moderno ha caído exclusivamente por ataques aéreos, lo que alimenta el debate sobre la posibilidad de una intervención terrestre.

Según diversas informaciones publicadas en Washington, Trump habría expresado en privado su interés en desplegar un contingente limitado de tropas estadounidenses sobre el terreno para operaciones específicas. Aunque la Casa Blanca no ha confirmado oficialmente ese escenario, la sola posibilidad ha intensificado el debate político en Estados Unidos.

Un conflicto con alto coste económico

La guerra también empieza a tener consecuencias económicas. De acuerdo con estimaciones del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, el coste de la operación militar ronda los mil millones de dólares diarios.

Ese gasto, unido al impacto del conflicto en los mercados energéticos, ya comienza a sentirse en la vida cotidiana de los estadounidenses. El aumento del precio del gas y de la gasolina se ha convertido en uno de los primeros efectos visibles de la crisis.

Los analistas advierten de que, si la guerra se prolonga durante meses, podría desencadenar una desaceleración económica que afectaría directamente a la campaña electoral.

La ofensiva ha generado tensiones incluso dentro del propio Partido Republicano. Muchos legisladores se enfrentan a elecciones en noviembre y temen que una guerra prolongada pueda perjudicar sus opciones.

En el Capitolio, varios congresistas republicanos han evitado referirse al conflicto como una “guerra”, una estrategia lingüística destinada a esquivar el debate constitucional sobre la necesidad de que el Congreso autorice formalmente una declaración de guerra.

Mientras tanto, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha defendido públicamente la campaña militar con un tono especialmente beligerante, afirmando que los únicos que deberían preocuparse son “los iraníes que creen que van a vivir”.

Víctimas y polémicas sobre los bombardeos

La guerra ya ha provocado sus primeras bajas estadounidenses. Seis militares han muerto en operaciones relacionadas con la campaña, cuyos cuerpos fueron recibidos con honores por el propio Trump.

En Irán, el balance humano es mucho más elevado. La Red Crescent Society of Iran calcula que los bombardeos han causado más de 1.300 muertos. Entre las víctimas se encuentran al menos 175 personas fallecidas en el ataque a una escuela primaria en la localidad de Minab, muchas de ellas niñas de entre siete y doce años.

Una investigación militar apunta a una posible responsabilidad estadounidense en ese bombardeo, aunque el Pentágono no ha ofrecido todavía una versión definitiva. Trump, por su parte, ha atribuido la tragedia a un error de las fuerzas iraníes sin presentar pruebas.

La batalla de la opinión pública

Mientras el presidente asegura que Estados Unidos está ganando la guerra, las encuestas muestran un panorama mucho menos favorable. Un sondeo de la firma Marist revela que el 56% de los estadounidenses se opone firmemente a la campaña militar.

El rechazo alcanza niveles especialmente altos entre los votantes demócratas y los independientes, mientras que el respaldo se concentra en la base más fiel del movimiento político de Trump, conocido como MAGA.

Sin embargo, incluso dentro de ese sector han surgido críticas. Figuras influyentes del universo conservador como Tucker Carlson o Megyn Kelly han denunciado la intervención como una traición a la promesa de mantener a Estados Unidos fuera de nuevas guerras.

La Casa Blanca insiste en que la ofensiva es necesaria para garantizar la seguridad nacional. Trump ha llegado a afirmar que no aceptará ningún acuerdo con Irán que no implique su “rendición incondicional”, aunque posteriormente su equipo ha matizado esa expresión.

El presidente también ha dejado entrever su interés en influir en la sucesión del líder supremo iraní tras la muerte de Alí Jameneí durante los primeros ataques de la ofensiva.

Pero, más allá de los objetivos militares, la guerra empieza a perfilarse como una prueba decisiva para el propio Trump. Si el conflicto se prolonga, si aumentan las bajas o si la economía estadounidense se resiente, la campaña iraní podría convertirse en el factor que marque el rumbo político del país en los próximos meses. @mundiario

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