Netanyahu y el proyecto E1: la demolición calculada de la solución de dos Estados

Netanyahu y sus aliados ultranacionalistas entierran de facto la viabilidad de un Estado palestino, consolidando sobre el terreno una arquitectura de ocupación que ningún discurso diplomático parece ya capaz de revertir.
Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel. / @netanyahu.
Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel. / @netanyahu.

El movimiento político de Benjamín Netanyahu de desbloquear, tras décadas de parálisis, el proyecto E1 en Cisjordania no puede analizarse como un gesto más dentro de la rutina de expansión colonial israelí. Al contrario: se trata de una jugada estructural, con repercusiones que superan con mucho las 3.400 viviendas proyectadas. E1 no es un simple asentamiento; es la pieza que faltaba en un tablero cuidadosamente dispuesto desde los años noventa para dividir Cisjordania en dos, fracturar su continuidad territorial y aislarla de Jerusalén Este, el núcleo simbólico y político de un eventual Estado palestino.

La narrativa oficial israelí presenta el proyecto como una mera ampliación de Maale Adumim, la tercera mayor colonia judía en Cisjordania. Pero esa lectura edulcorada oculta lo esencial: que la localización del nuevo asentamiento convertirá en imposible cualquier mapa creíble para un Estado palestino. La geografía, en Oriente Próximo, pesa tanto como las armas, y Netanyahu lo sabe. Al apostar por E1, está dibujando una frontera definitiva en la práctica, sin necesidad de proclamarla.

Lo más revelador no es el plano urbanístico, sino el discurso. “Este lugar es nuestro”, proclamó Netanyahu con tono triunfal en una colonia cercana. Y con ello verbalizó lo que desde hace años era el plan tácito: no habrá Estado palestino porque Israel habrá hecho materialmente imposible que exista. La coalición de ultranacionalistas y ultraortodoxos que sostiene al primer ministro no solo lo respalda, sino que celebra la operación como la victoria definitiva sobre las aspiraciones palestinas. La diferencia respecto a décadas anteriores es que ya no hay un cálculo de costes diplomáticos: el Gobierno israelí ha dejado de temer la presión internacional, debilitada por la división europea, la guerra de Gaza y la incapacidad estadounidense de marcar límites efectivos.

E1 como golpe estratégico

Quienes llevan años observando la expansión de los asentamientos subrayan lo obvio: no todas las colonias tienen la misma importancia. Muchas son puestos ilegales levantados por grupos radicales en colinas remotas. Pero E1 es otra cosa: es la bisagra geográfica que conecta Jerusalén con el mar Muerto y corta de norte a sur el territorio palestino. Desde Ramala a Belén, pasando por Nablus o Hebrón, los desplazamientos se verán bloqueados, obligados a rodeos interminables a través de carreteras segregadas y puestos de control que institucionalizan la desigualdad de movimientos.

Ese detalle, aparentemente técnico, es el que convierte a E1 en la estocada final contra la solución de dos Estados. La partición de Cisjordania ya no será teórica, sino tangible, y lo será de manera irreversible. Como recordaba un activista israelí crítico con la ocupación: “Israel sabe que es muy difícil deshacer los hechos sobre el terreno”. Y precisamente en esa lógica —crear realidades imposibles de revertir— se ha basado toda la política colonizadora israelí desde 1967.

La comunidad internacional, espectadora impotente

Durante décadas, la construcción en E1 fue frenada por la presión internacional. Europa advertía de que aquello significaría la muerte política de Oslo. Washington, aunque tibio, mantenía un mínimo veto. Hoy esas resistencias han desaparecido. El mismo Netanyahu que en el pasado calibraba los tiempos con cautela se permite ahora un gesto desafiante, convencido de que ni Bruselas ni Washington harán nada más que emitir comunicados. Mientras, varios países han comenzado a reconocer oficialmente al Estado palestino, un acto simbólico que contrasta con la inacción práctica ante los cambios irreversibles que se consolidan sobre el terreno.

La paradoja se observa en lugares como Jan El Ahmar, un poblado beduino que sobrevive entre chabolas de chapa y una escuela construida con ayuda europea, bajo amenaza constante de demolición. Mientras las familias palestinas luchan por retener un pedazo de tierra sin agua corriente y con órdenes judiciales de desalojo, a pocos metros los planes oficiales israelíes diseñan autopistas modernas y urbanizaciones subvencionadas para colonos que en menos de una hora podrán desplazarse hasta Tel Aviv. Esa asimetría brutal revela la esencia del proyecto: no se trata de urbanismo, sino de ingeniería política y social, donde la movilidad y los servicios se convierten en armas de dominación.

El entierro de Oslo y la política de los hechos consumados

El proyecto E1 certifica algo que muchos analistas llevaban tiempo advirtiendo: la solución de dos Estados ya no existe en la práctica. Lo que queda es una única entidad bajo control israelí, con un mosaico de enclaves palestinos desconectados entre sí, sometidos a controles, leyes distintas y un sistema de desigualdad que recuerda a modelos históricos que Occidente asegura repudiar. La frase del ministro ultranacionalista Bezalel Smotrich, celebrando que con E1 se ha “enterrado de facto la idea de un Estado palestino”, no es retórica vacía: es la descripción exacta del nuevo statu quo.

E1 es la confirmación de que Netanyahu no gobierna solo mirando a sus votantes internos, sino construyendo un proyecto histórico: un Israel que no deja espacio para Palestina. Frente a ello, la comunidad internacional se limita a gesticular, incapaz de impedir que la diplomacia quede desbordada por la política de los bulldozers y los planos urbanísticos.

Lo que está en juego ya no es una negociación futura, sino el presente mismo: un territorio partido, una población sometida y un proceso de colonización que ha pasado de ser polémico a irreversible. La pregunta no es si habrá dos Estados. La pregunta es qué nombre dará el mundo a la nueva realidad impuesta entre el río Jordán y el Mediterráneo. @mundiario

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