Myanmar en rechazo: crecen los llamamientos para no reconocer unas elecciones “fraudulentas”

La primera fase de los comicios organizados por la junta militar ha recibido duras críticas por parte de la ONU y de organizaciones prodemocráticas, que alertan de que la votación legitima el golpe de Estado de 2021.
La ONU distribuye ayuda humanitaria en Myanmar entre la guerra civil. / @ochamyanmar
La ONU distribuye ayuda humanitaria en Myanmar entre la guerra civil. / @ochamyanmar

La celebración de elecciones en Myanmar, cinco años después de los últimos comicios democráticos, lejos de marcar un punto de inflexión hacia la normalización política, ha abierto un nuevo frente de controversia internacional.

Tras la primera fase de votación, concluida este domingo, organismos de derechos humanos, expertos de la ONU y organizaciones prodemocracia han intensificado sus llamamientos para que la comunidad internacional no reconozca un proceso que consideran “fraudulento” y carente de legitimidad democrática.

Las elecciones, divididas en tres fases y celebradas solo en parte del territorio nacional, se desarrollan en un contexto de guerra civil, represión política y ausencia de garantías básicas. Desde el golpe de Estado de febrero de 2021, el país permanece bajo el control de una junta militar que disolvió al anterior Gobierno electo, encarceló a sus principales dirigentes —incluida la premio Nobel de Paz Aung San Suu Kyi— y reprimió de forma sistemática a la oposición.

Según datos de Naciones Unidas, más de 3,6 millones de personas han sido desplazadas por el conflicto, y amplias zonas del país están fuera del control del Estado. En este escenario, solo una parte limitada del electorado ha podido participar en la votación, mientras que numerosos partidos políticos han sido disueltos o directamente excluidos del proceso.

Críticas desde la ONU y las organizaciones prodemocracia

El relator especial de la ONU para los derechos humanos en Myanmar, Tom Andrews, ha sido uno de los más contundentes al calificar los comicios como una “farsa” diseñada para legitimar a la junta militar. Según ha denunciado, no se trata de un ejercicio democrático sino de una operación política orientada a consolidar el poder de los militares bajo una apariencia institucional.

Las críticas se centran en varios elementos: la ausencia de competencia real, la persecución de líderes opositores, la coacción sobre los votantes y el uso de la fuerza en amplias regiones del país. Organizaciones prodemocracia advierten de que reconocer los resultados equivaldría a validar un proceso construido sobre la represión y el miedo, y a ignorar el contexto de violencia generalizada.

El principal beneficiario del proceso es el Partido Unión, Solidaridad y Desarrollo (USDP), vinculado históricamente a las Fuerzas Armadas y con una estructura capaz de operar incluso en un entorno de conflicto. Frente a él, la Liga Nacional para la Democracia —que ganó de forma aplastante las elecciones de 2020— fue disuelta y excluida de la contienda, mientras que su liderazgo permanece encarcelado.

Expertos de la región señalan a la prensa internacional de que, aunque la junta presenta estas elecciones como un paso hacia la estabilidad, en la práctica buscan consolidar un sistema político controlado, con apariencia civil pero sin competencia real. La baja participación, confirmada por los observadores locales e internacionales, refuerza la percepción de desafección social y falta de credibilidad del proceso.

Un dilema para la comunidad internacional

El debate ahora se centra en la respuesta internacional. Diversos gobiernos y organismos multilaterales evalúan si reconocer o no los resultados de unas elecciones ampliamente cuestionadas. Para la ONU y organizaciones defensoras de los derechos humanos, hacerlo supondría legitimar un régimen que continúa recurriendo a la violencia y que no ha mostrado voluntad de diálogo inclusivo. Sin embargo, China, India y Tailandia impulsan su normalización.

El caso de Myanmar vuelve a poner sobre la mesa un dilema recurrente en la política internacional: hasta qué punto la estabilidad formal puede sustituir a la legitimidad democrática. En un país fragmentado, con millones de desplazados y un conflicto armado activo, la votación difícilmente puede interpretarse como un punto de partida para la reconciliación nacional.

Con dos rondas electorales aún pendientes y sin una fecha clara para la proclamación de resultados definitivos, el futuro político de Myanmar sigue siendo incierto. Mientras la junta insiste en que las elecciones traerán estabilidad, la comunidad internacional observa con escepticismo un proceso que, lejos de cerrar la crisis, parece profundizarla. @mundiario

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