Del miedo a la resistencia: el clamor migrante incendia las calles de América

Las protestas desatadas en Los Ángeles contra las redadas migratorias no son meros estallidos de indignación, sino la expresión masiva de una América que se resiste a ser sometida.
Un hombre durante las protestasen EE UU llevando la bandera de México. / X.
Un hombre durante las protestasen EE UU llevando la bandera de México. / X.

Estados Unidos vive un nuevo capítulo de su convulsa historia migratoria, esta vez marcado por una ola de manifestaciones que se extienden desde Los Ángeles hasta Nueva York, pasando por decenas de ciudades en todo el país. El grito de “¡ICE, pa’ fuera!” no es solo una consigna: es la síntesis de un hartazgo acumulado durante años y la denuncia de una estrategia de represión que pretende convertir en criminales a quienes, sencillamente, buscan vivir.

Las redadas migratorias ordenadas por la Administración Trump han dejado de ser episodios aislados para convertirse en una política de Estado con tintes autoritarios. El despliegue militar en ciudades como Los Ángeles, donde más de 4.000 efectivos de la Guardia Nacional y del Ejército se han sumado a la represión, dibuja un panorama preocupante: el de un gobierno que responde con fuerza bruta a las demandas sociales. La detención de líderes civiles, el uso de gas pimienta contra manifestantes pacíficos y la imposición de toques de queda recuerdan más a regímenes autoritarios que a una democracia madura.

Lo más alarmante no es la violencia de las calles, sino la estrategia de criminalización sistemática del disenso. El presidente Donald Trump no ha dudado en tachar de “animales” a quienes protestan, al tiempo que convierte el espacio público en un campo de batalla. Su discurso, plagado de retórica xenófoba, alimenta una narrativa de “invasión extranjera” que no se corresponde con la realidad demográfica ni con los principios sobre los que fue fundada la nación. Es el viejo truco de la política del miedo, que encuentra en el migrante su chivo expiatorio favorito.

La respuesta de las autoridades locales no ha sido uniforme. Mientras que en Nueva York el alcalde Eric Adams se esfuerza por mantener el orden sin caer en la provocación, en Los Ángeles la alcaldesa Karen Bass ha optado por un toque de queda que puede tener efectos contraproducentes. Su decisión, aunque presentada como medida de contención, alimenta la percepción de que protestar contra la injusticia equivale a desestabilizar el orden social. Pero lo cierto es que ese “orden” que se quiere preservar ya está profundamente fracturado: por un sistema migratorio deshumanizado, por una política que premia la crueldad y por una ciudadanía que no se resigna a vivir con miedo.

El caso de David Huerta, dirigente sindical arrestado en Los Ángeles, es emblemático. Su detención y posterior liberación no solo lo convierten en un símbolo de resistencia, sino que evidencian el intento del Gobierno federal de silenciar a quienes articulan políticamente la protesta. En un país que se enorgullece de su tradición de libertad de expresión, ver a líderes civiles esposados por ejercer ese derecho resulta simplemente escandaloso.

Las manifestaciones, lejos de disminuir, se han expandido como una marea imparable. En Austin, en Dallas, en Chicago, en Boston, miles de personas han salido a las calles, muchas ondeando banderas de sus países de origen: México, Colombia, Perú, Cuba, Puerto Rico, Palestina. Esas banderas no son ajenas al suelo que pisan, sino parte del mosaico cultural que define a Estados Unidos. En ellas se encuentra la prueba viviente de que el país es mucho más que su retórica oficial: es un cruce de caminos donde lo latino, lo afrodescendiente, lo asiático, lo migrante y lo indígena conviven, resisten y exigen.

Desde una perspectiva histórica, lo que estamos presenciando es un momento de inflexión. En décadas pasadas, los movimientos por los derechos civiles transformaron el paisaje político estadounidense. Hoy, el movimiento migrante sigue esa estela. No será inmediato ni fácil, pero cada marcha, cada pancarta, cada consigna es una grieta en el muro —literal y simbólico— que la Administración Trump ha intentado levantar.

El verdadero problema no es que la protesta se haya tornado ruidosa o que haya expresiones de rabia. El verdadero problema es que una parte del poder político está dispuesto a usar todos los recursos del Estado —militares incluidos— para sofocar esa rabia en lugar de escucharla. Pretender que la represión solucionará una crisis de derechos humanos es tan ingenuo como peligroso.

En los próximos días, con nuevas manifestaciones ya convocadas y el cumpleaños del presidente convertido en jornada de protesta nacional, el país tendrá que elegir: o cierra filas en torno a un modelo autoritario que demoniza al diferente, o abre los ojos a una realidad que ya no puede seguir escondiéndose bajo el pretexto de la seguridad nacional.

Lo que está en juego no es únicamente la política migratoria. Es la idea misma de lo que significa ser ciudadano en Estados Unidos. Y esa batalla, como muestran las calles de Los Ángeles, Nueva York o Austin, está lejos de haber terminado. @mundiario

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