Maduro pretende defenderse de EE UU activando a millones de milicianos
El anuncio de Nicolás Maduro de activar a cuatro millones de milicianos, en respuesta a los destructores estadounidenses desplegados en aguas cercanas, es mucho más que una cuestión de seguridad nacional. En realidad, estamos ante una estrategia de supervivencia política. El régimen chavista ha comprendido desde hace tiempo que la mejor forma de sostenerse es alimentar la sensación de amenaza constante. Y no hay enemigo más útil que Estados Unidos.
La Casa Blanca, bajo Donald Trump, tampoco se queda atrás en esta danza de provocaciones. Su discurso sobre el narcotráfico latinoamericano, en el que Maduro aparece señalado como cabecilla del llamado Cartel de los Soles, responde tanto a su política exterior como a las necesidades de su electorado interno. Una operación antidroga suena firme, decidida, patriótica. Y si la pieza encaja en la retórica de “mano dura” contra los enemigos externos, mejor aún.
Maduro, por su parte, aprovecha cada movimiento militar estadounidense como un altavoz para reafirmar su autoridad. Convocar a millones de milicianos no es solo un despliegue simbólico: es un recordatorio de que el chavismo ha tejido una red cívico-militar que trasciende las fuerzas armadas regulares. La Milicia Nacional, creada por Hugo Chávez en 2007, se ha convertido en el emblema de esa fusión entre partido, Estado y ejército que define al régimen bolivariano. Su función ya no es únicamente defensiva, sino política. Su misión principal: garantizar lealtad.
En este contexto, la amenaza exterior cumple un papel doble. Hacia dentro, fortalece la cohesión del chavismo y distrae de una crisis interna que parece interminable. Hacia fuera, busca proyectar una imagen de resistencia heroica frente al “imperialismo”. En ese juego, las frases grandilocuentes de Maduro —“fusiles y misiles para la clase obrera”— se convierten en un recurso teatral que refuerza la idea de que Venezuela es una fortaleza sitiada.
La otra cara de la moneda es que Estados Unidos, al sobreactuar con despliegues navales y acusaciones sin pruebas concluyentes, termina alimentando la narrativa que pretende combatir. Washington señala al régimen como un cartel y coloca un precio millonario por la cabeza de Maduro. Pero, al hacerlo, ofrece al líder venezolano la oportunidad de presentarse como mártir de una cruzada política. El enemigo externo le resulta indispensable para mantenerse relevante.
Lo que queda claro es que este pulso no se libra en el terreno militar. Ni Washington pretende invadir Venezuela —sería una aventura de consecuencias imprevisibles— ni Caracas dispone de medios reales para enfrentarse a la mayor potencia del planeta. El combate se libra en otro lugar: en el campo de la opinión pública, en la propaganda interna, en las portadas de los periódicos y en las retransmisiones televisivas con un Maduro arengando a su militancia.
La prohibición de drones, las detenciones arbitrarias y las denuncias constantes de conspiraciones son piezas adicionales de esta puesta en escena. Cada medida refuerza la narrativa del complot y justifica una mayor concentración de poder. Al mismo tiempo, incrementa el clima de miedo que paraliza a la oposición y fractura a la sociedad civil.
En el fondo, la movilización de millones de milicianos no es un hecho militar, sino comunicativo. No prepara a Venezuela para una guerra, sino al chavismo para seguir gobernando en guerra permanente. Porque en esa tensión, en ese estado de alarma continuo, Maduro encuentra el oxígeno que le falta en legitimidad democrática y en resultados económicos.
Trump buscaba con sus destructores un golpe de efecto. Maduro le ha respondido con su propia coreografía. Y mientras tanto, el país sigue atrapado en un guion en el que la geopolítica y la propaganda pesan más que la vida cotidiana de millones de venezolanos. @mundiario


