Macron ante su propio laberinto: Francia se asoma al abismo de una crisis de Estado

El presidente francés atraviesa el momento más crítico de su mandato tras la dimisión relámpago de su primer ministro y el colapso político de su mayoría.
El presidente de Francia, Emmanuel Macron en el Parlamento británico. / Cámara de los Lores del Reino Unido
El presidente de Francia, Emmanuel Macron en el Parlamento británico. / Cámara de los Lores del Reino Unido

Emmanuel Macron, el presidente que quiso reinventar la política francesa, parece ahora atrapado en la paradoja de su propio experimento. Lo que comenzó en 2017 como un proyecto de renovación centrista, basado en la transversalidad y la promesa de modernizar el Estado, ha derivado en un país exhausto, una presidencia aislada y una crisis institucional que amenaza con romper los cimientos de la V República.

El paseo solitario del mandatario por la orilla del Sena, justo después de la dimisión de su primer ministro, Sébastien Lecornu, no fue una mera imagen simbólica: fue la representación visual del ocaso de un liderazgo. Macron ya no solo está solo frente a sus adversarios, sino también frente a sus antiguos aliados. El aura de tecnócrata infalible que una vez le rodeó se ha disipado entre errores de cálculo, reformas impopulares y una incapacidad manifiesta para tejer consensos en una Francia cada vez más polarizada.

Tras la dimisión de Lecornu —el tercer primer ministro en menos de dos años—, el presidente ha intentado ganar tiempo dando 48 horas a su exjefe de Gobierno para negociar una salida pactada. Pero el tiempo político se le ha agotado. Las llamadas a su dimisión, que antes provenían de los extremos —de La Francia Insumisa de Mélenchon o del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen—, hoy resuenan también en su propio entorno. Gabriel Attal, su antiguo delfín, confesaba recientemente no entender ya las decisiones del jefe del Estado. Y Édouard Philippe, ex primer ministro y figura moderada del centroderecha, ha sido aún más contundente: “Esta crisis política es el hundimiento del Estado. Macron debe marcharse y convocar elecciones”.

La intervención de Philippe ha tenido el efecto de una bomba política. Nadie como él encarna el macronismo original: liberal, pragmático y europeísta. Que haya sido precisamente él quien haya sugerido la renuncia presidencial otorga a sus palabras un peso moral y político incuestionable. En la práctica, ha abierto la puerta a un escenario hasta hace poco impensable: la dimisión voluntaria del presidente de la República, algo que no ocurre desde Charles De Gaulle en 1969.

Macron se encuentra, pues, en una encrucijada. Una nueva disolución de la Asamblea Nacional —como la que decretó en 2024, con resultados desastrosos— sería una huida hacia adelante sin garantías. Francia está atrapada en un triángulo de fuerzas irreconciliables: la izquierda dividida, la derecha tradicional debilitada y una extrema derecha que crece en las encuestas pero que aún no logra consolidar una mayoría parlamentaria. Cualquier elección anticipada corre el riesgo de reproducir el mismo bloqueo.

De momento, el presidente se aferra a la posibilidad de un acuerdo de cohabitación. Los socialistas y los republicanos, conscientes de que unas nuevas elecciones podrían empujarlos a la irrelevancia, se muestran dispuestos a explorar fórmulas transitorias. Pero el desgaste del propio Macron es ya tan profundo que incluso una eventual estabilidad parlamentaria podría no bastar para restaurar su autoridad.

Más allá de los nombres y los cálculos, lo que late en el fondo es una cuestión mayor: la fatiga democrática de una sociedad que se siente traicionada por sus élites. El “macronismo”, que nació como antídoto frente al populismo y la parálisis política, ha terminado siendo percibido como una nueva forma de autismo institucional, desconectada del malestar social que alimenta tanto a la izquierda radical como a la extrema derecha.

La crisis actual no es, por tanto, solo la de un presidente que ha perdido el control de su gobierno; es la de un sistema que ya no encuentra mecanismos de regeneración. Francia, país que se enorgullece de su tradición republicana, se asoma de nuevo al espejo de su historia reciente y se pregunta si el cesarismo presidencial que De Gaulle consagró en 1958 sigue siendo compatible con una sociedad plural y contestataria.

Si Macron decide resistir, lo hará con un poder cada vez más frágil y una legitimidad erosionada. Si opta por dimitir, abrirá un periodo incierto, pero también una oportunidad para que Francia reencuentre el pulso político que ha perdido. En cualquier caso, el desenlace de esta crisis marcará no solo el destino de un hombre, sino el rumbo de toda una nación. @mundiario

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