Israel y Estados Unidos atacan Irán y reabren el pulso por la hegemonía en Oriente Próximo

“Garantizaremos que Irán no consiga un arma nuclear”, dijo Trump sobre el ataque a Irán. Por su parte, Israel e Irán anuncian el cierre de sus espacios aéreos tras el inicio de la ofensiva.
Ilustración sobre el ataque de EE UU e Israel a Irán. / Mundiario
Ilustración sobre el ataque de EE UU e Israel a Irán. / Mundiario

Estados Unidos e Israel han lanzado una ofensiva militar coordinada contra Irán que supone el paso más arriesgado en la rivalidad abierta entre ambos países en los últimos años. El anuncio lo hizo a primera hora de la mañana el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, y fue confirmado después por fuentes estadounidenses. Columnas de humo visibles en distintos puntos del territorio iraní reflejaban el alcance de una operación cuyos objetivos exactos y consecuencias aún no han sido detallados oficialmente. “Garantizaremos que Irán no consiga un arma nuclear”, dijo el presidente de EE UU, Donald Trump, sobre el ataque a Irán.

El ataque se produce pese a que Washington mantenía abiertos canales de negociación con Teherán. Según fuentes citadas por agencias internacionales, la decisión llevaba semanas tomada. La ofensiva rompe así la lógica de escaladas calibradas que había dominado la relación en los últimos años y sitúa a la región ante un escenario más imprevisible.

En Israel, la población recibió la noticia con el sonido de sirenas y alertas en los teléfonos móviles. El Gobierno declaró el estado de emergencia y cerró el espacio aéreo ante la expectativa de represalias. La hipótesis de una respuesta iraní —directa o a través de aliados regionales— es considerada inevitable en los círculos de seguridad.

La operación conjunta rompe el frágil equilibrio construido tras meses de escaladas contenidas. Netanyahu actúa en plena debilidad interna iraní y a meses de elecciones en Israel

El primer ministro, Benjamín Netanyahu, había advertido días antes de que Israel estaba preparado para “cualquier escenario”. Desde 2024, cada enfrentamiento entre ambos países ha funcionado como preludio del siguiente. Esta vez, sin embargo, la implicación directa de Estados Unidos marca una diferencia sustancial: eleva el conflicto de un pulso bilateral a un desafío estratégico de mayor alcance.

La rivalidad entre Israel e Irán ha evolucionado durante décadas en el terreno de la guerra encubierta: ciberataques, sabotajes y asesinatos selectivos. En los dos últimos años, esa confrontación ha derivado en intercambios directos de misiles y drones. Israel sostiene que su objetivo es frenar el avance del programa nuclear iraní y desarticular la red de milicias apoyadas por Teherán, entre ellas el movimiento libanés Hezbolá.

En esta ocasión, fuentes israelíes han dejado entrever que los bombardeos no se limitan a infraestructuras militares, sino que alcanzan también a mandos iraníes. El trasfondo estratégico es claro: aprovechar lo que el Gobierno israelí percibe como una combinación de debilidad económica interna y aislamiento externo del régimen iraní.

La coordinación militar entre Washington y Tel Aviv se había intensificado en las últimas semanas. La llegada a territorio israelí de cazas F-22 estadounidenses y aviones de apoyo logístico fue interpretada por analistas como una señal de que la cooperación operativa estaba en su punto más alto en años. Aunque Estados Unidos ha reiterado en el pasado que no busca una guerra abierta con Irán, su implicación directa en esta ofensiva compromete esa posición.

El precedente más inmediato es el conflicto de doce días que ambos países protagonizaron el año pasado. Israel defendió entonces la eficacia de su sistema antimisiles Arrow 3 y destacó su superioridad aérea, pese a que algunos misiles iraníes lograron impactar en territorio israelí. Teherán, por su parte, presentó su capacidad de lanzar centenares de proyectiles como prueba de disuasión.

Represalas o un conflicto abierto

La cuestión clave ahora es si la escalada seguirá un patrón de represalias limitadas o si derivará en un conflicto prolongado. Irán dispone de múltiples palancas indirectas en la región —desde Líbano hasta Irak y Yemen— que le permiten responder sin exponerse de inmediato a un choque frontal con Estados Unidos. Israel ha advertido que considerará responsables a quienes se sumen a una eventual ofensiva iraní.

Más allá del cálculo militar, el movimiento tiene también una dimensión política. Netanyahu afronta elecciones en octubre en un contexto de fragmentación parlamentaria. Un éxito estratégico frente a la República Islámica podría reforzar su imagen de líder en tiempos de crisis. Al mismo tiempo, un conflicto largo o con elevado coste humano podría erosionar ese capital político.

En Teherán, el régimen de los ayatolás enfrenta tensiones económicas y sociales acumuladas. Un ataque externo puede servir como elemento de cohesión interna, pero también expone las limitaciones defensivas del país frente a una coalición tecnológicamente superior. El equilibrio entre firmeza y contención será decisivo para ambas partes.

Oriente Próximo vuelve así a situarse al borde de una confrontación mayor. La incógnita no es solo la magnitud de la represalia iraní, sino hasta qué punto Estados Unidos está dispuesto a sostener una escalada que puede redefinir el mapa estratégico regional. En un entorno donde cada ronda deja menos espacio para la ambigüedad, el riesgo de que nadie pueda “hacer tablas” aumenta de forma proporcional. @mundiario

Comentarios