Francia esquiva la crisis política, pero el equilibrio es frágil

Sébastien Lecornu, primer ministro de Francia. / @SebLecornu
El Gobierno de Sébastien Lecornu sobrevive a dos mociones de censura gracias al apoyo estratégico de los socialistas y a la suspensión temporal de la reforma de pensiones. Una maniobra que da oxígeno al Ejecutivo, pero deja al descubierto la fragilidad del equilibrio político francés.

El primer ministro francés, Sébastien Lecornu, ha superado su primer gran obstáculo desde que asumió el cargo: dos mociones de censura, una desde la izquierda de Jean-Luc Mélenchon y otra desde la ultraderecha de Marine Le Pen. Ninguna prosperó, y eso permite al Gobierno seguir respirando unas semanas más. Pero en la política francesa, sobrevivir no siempre significa gobernar. Lo que se ha visto en la Asamblea Nacional es una tregua, no una reconciliación.

La clave de esta “supervivencia” fue la decisión de suspender la aplicación de la polémica reforma de las pensiones, un gesto hacia los socialistas que permitió inclinar la balanza. No se trató de un apoyo entusiasta, sino de una abstención estratégica. En palabras del diputado socialista Laurent Baumel, “no nos comprometemos a nada, pero reconocemos un avance real”. En otras palabras, el PS no salvó al Gobierno por convicción, sino por responsabilidad institucional y para evitar que el país se precipite al caos político.

El cansancio ciudadano y la política del parche

Francia atraviesa un momento de fatiga política. Las mociones de censura se han convertido casi en un ritual parlamentario, más mediático que transformador. Y mientras los diputados se enzarzan en debates teatrales, el ciudadano medio observa cómo los problemas reales —el poder adquisitivo, la precariedad, la crisis de vivienda o el deterioro de los servicios públicos— siguen sin encontrar respuesta.

Lecornu, al suspender la reforma de pensiones, no ha resuelto el conflicto, solo lo ha aplazado. La metáfora es clara: ha echado agua sobre las brasas, pero el fuego sigue ahí, latente, esperando una chispa. Francia vive un ciclo político donde los gobiernos no caen, pero tampoco convencen. Los extremos —Mélenchon a la izquierda y Le Pen a la derecha— capitalizan ese desencanto. Y el centro, que antes se presentaba como la voz de la estabilidad, se ve cada vez más dependiente de los parches y las alianzas momentáneas.

Entre la supervivencia y el propósito

El dilema de Lecornu va más allá de resistir: debe demostrar que su Gobierno tiene un rumbo claro. Gobernar no es simplemente evitar la caída, sino ofrecer horizontes. La suspensión de la reforma de pensiones ha sido un gesto pragmático, sí, pero el país necesita algo más que gestos. Francia lleva años moviéndose en arenas movedizas, entre reformas impopulares, desconfianza institucional y un sentimiento creciente de abandono en las regiones periféricas.

Si el Ejecutivo quiere reconstruir credibilidad, debe volver a conectar con la vida cotidiana de la gente. Y eso pasa por un presupuesto que no sea percibido como una imposición tecnocrática, sino como una herramienta para aliviar tensiones sociales. Francia necesita una política con propósito, no con pulsos. Lecornu ha ganado tiempo, pero el tiempo, en política, se agota rápido cuando no se llena de contenido.

Por ahora, el Gobierno ha sobrevivido. Pero sobrevivir no basta. Lo que está en juego no es una legislatura, sino la fe en que la democracia aún puede ofrecer respuestas antes de que los extremos lo ocupen todo. @mundiario