Francia y China intentan recomponer puentes en un contexto internacional cada vez más frágil
La escena no es menor: un presidente europeo sentado frente al líder chino en Pekín hablando del riesgo de “desintegración del orden internacional”. No es una exageración retórica, sino un diagnóstico de fondo que responde a una realidad tangible. Europa vive un triple punto débil que ya nadie disimula: depende de Rusia para la energía, de Estados Unidos para la seguridad militar y de China para las cadenas industriales que sujetan buena parte de su economía. Emmanuel Macron llega a China con esta mochila a la espalda, sabiendo que cada pieza encaja con dificultad y que, como una torre de madera mal equilibrada, cualquier movimiento brusco puede precipitar el derrumbe.
El presidente francés ha decidido apostar por el diálogo, incluso cuando el clima político entre Pekín y la UE está en un momento bajo. Esa elección no es casual. En tiempos de tensión, la diplomacia no es un lujo, sino un salvavidas. Y en este caso, es un salvavidas con dos nombres grabados: Ucrania y comercio.
La guerra de Ucrania y el papel que China no termina de asumir
En cuestión de seguridad, Macron intenta convencer a Xi de que utilice su influencia sobre Rusia para avanzar hacia un alto el fuego realista. No se trata de ingenuidad, sino de pragmatismo: China es uno de los pocos actores capaces de hablar con Moscú sin levantar sospechas. El problema es que Pekín quiere mantener esa influencia sin quemarla, es decir, sin aparecer como quien presiona a un aliado al que considera estratégico.
Aun así, Macron insiste. Lo hace porque sabe que la guerra es un agujero que se agranda y que golpea directamente al continente europeo. Una Europa que cada invierno teme que el conflicto toque sus infraestructuras críticas, desde los gasoductos hasta los mercados financieros. En ese contexto, pedir a China que contribuya no es un gesto simbólico, sino una necesidad. Sin embargo, la respuesta de Xi sigue siendo calculada, casi milimétrica: apoyará “todos los esfuerzos que favorezcan la paz”, pero siempre “a su manera”. En diplomacia, estas frases son muros suaves, pero muros al fin y al cabo.
Economía, desequilibrios y un equilibrio que ya no aguanta más
Si la seguridad es la primera pata, la economía es la segunda. Y aquí el ruido es aún mayor. El desequilibrio comercial entre Europa y China ha alcanzado niveles que incluso en Bruselas se reconocen como insostenibles. No es solo una cuestión de cifras, sino de dependencia y vulnerabilidad. Los sectores europeos sienten que negocian con un gigante que marca el ritmo y las reglas. Algunos países ya han empezado a reaccionar con medidas defensivas, conscientes de que una excesiva exposición puede dejarles sin margen de maniobra.
Macron quiere un nuevo capítulo económico, uno que incluya inversiones chinas en sectores enfocados en innovación y valor añadido, pero que no convierta a Europa en una sucursal industrial de Pekín. Este equilibrio es difícil, casi como caminar por un puente colgante que se balancea con cada decisión. Sin embargo, la alternativa —una guerra comercial abierta— sería un golpe directo a la ciudadanía europea, a los empleos y a la estabilidad industrial.
La visita no resuelve todas las tensiones, pero señala un camino: menos ruido, más negociación y un esfuerzo conjunto para que el orden internacional no se convierta en un mosaico roto. Europa necesita espacio para decidir sin ser arrastrada por la confrontación entre potencias. Y aunque Macron no tiene todas las respuestas, su viaje muestra que al menos alguien intenta hacer las preguntas correctas antes de que sea demasiado tarde. @mundiario




