La fiebre del oro regresa: intereses, tensiones y un mercado en expansión

La escalada del precio del metal se enmarca en un contexto de tensiones geopolíticas persistentes, desconfianza en las monedas fiduciarias y un creciente protagonismo de los bancos centrales como grandes compradores.
Fragmento de oro. /Freepik
Fragmento de oro. /Freepik

El oro ha vuelto al centro del tablero económico mundial. Su precio, disparado hasta rozar los 5.000 dólares por onza tras alcanzar máximos históricos por encima de los 5.600, no solo refleja la magnitud de la incertidumbre global, sino que está reactivando conflictos locales, alterando economías frágiles y reabriendo viejos debates sobre minería, sostenibilidad y poder geopolítico.

En Tapia de Casariego, un municipio del occidente asturiano asomado al Cantábrico, el repunte del metal precioso se vive con inquietud desde hace años. Allí, la posible reapertura de una mina de oro en las lagunas de Salave —un proyecto que se arrastra desde hace dos décadas— vuelve a ganar fuerza cada vez que el precio del oro marca un nuevo récord. “Cuando superó los 1.000 dólares en 2008 ya hubo alarma; ahora la presión es mucho mayor”, explica a El País el geólogo jubilado Evaristo Álvarez, uno de los vecinos movilizados contra la explotación.

La escalada del precio no es un fenómeno aislado. Se enmarca en un contexto de tensiones geopolíticas persistentes, desconfianza en las monedas fiduciarias y un creciente protagonismo de los bancos centrales como grandes compradores. Encabezados por China, numerosos países han reforzado sus reservas de oro como escudo frente al dólar y como seguro ante posibles sanciones internacionales, una tendencia que se aceleró tras la congelación de activos rusos en 2022.

El oro como refugio… y como detonante

El atractivo del oro como activo refugio no es nuevo, pero la intensidad actual del fenómeno sí lo es. Desde comienzos de 2025, su cotización se ha incrementado cerca de un 90%, impulsada tanto por compras institucionales como por un auge silencioso de inversores particulares. Plataformas de compraventa, tiendas especializadas y fondos cotizados respaldados por oro han registrado una demanda sin precedentes, hasta el punto de que la inversión ha superado por primera vez al consumo de joyería a escala global.

Para el sector minero, este escenario abre oportunidades. En el norte de Suecia, explotaciones como la mina de Kankberg, donde el oro aparece en cantidades mínimas mezclado con otros minerales, se vuelven rentables gracias a los precios actuales. La industria defiende que el contexto favorece proyectos más eficientes y con mayores controles ambientales. Sin embargo, el recuerdo de desastres como el vertido de Aznalcóllar en 1998 sigue pesando en el debate público, especialmente en territorios sensibles como Tapia de Casariego.

Allí, pescadores, ganaderos y empresarios turísticos temen que la simple posibilidad de una mina dañe su economía local. “Aunque digan que no contamina, ¿quién va a comprar pescado de esta zona?”, se pregunta José Antonio García, miembro de la cofradía de pescadores. El impacto ya se nota en el mercado inmobiliario, donde operaciones se frustran ante la incertidumbre.

Del brillo financiero a la sombra social

Mientras en Europa el debate gira en torno al equilibrio entre desarrollo económico y protección ambiental, en otras regiones del mundo el auge del oro tiene consecuencias mucho más crudas. En África y América Latina, la minería ilegal se ha convertido en una de las principales fuentes de financiación del crimen organizado, superando incluso al narcotráfico en algunos territorios, según datos de Interpol.

El encarecimiento del metal ha intensificado la explotación de minas artesanales, donde la regulación es débil y las condiciones laborales, precarias. En el este de Camerún, miles de menores abandonan la escuela atraídos por ingresos rápidos en yacimientos informales. “El oro está vaciando las aulas”, resume un director escolar de la región, donde el número de alumnos se ha reducido drásticamente en apenas un año.

La cadena del oro —desde la extracción hasta el lingote almacenado en una bóveda— es hoy más compleja y opaca que nunca. Las refinerías y comercializadoras aseguran reforzar los controles de trazabilidad y sostenibilidad, pero organizaciones internacionales advierten de la dificultad de certificar el origen del oro reciclado y de evitar que el metal procedente de explotaciones ilegales se mezcle con el circuito legal.

Un metal antiguo en un mundo incierto

El actual auge del oro no es solo un fenómeno económico, sino un síntoma: refleja un mundo que busca certezas en medio de conflictos, inflación persistente y una creciente desconfianza en el sistema financiero global. Bancos centrales, inversores institucionales y pequeños ahorradores coinciden, por motivos distintos, en volver la mirada hacia un metal que no se oxida, no depende de algoritmos y conserva su valor simbólico y material desde hace milenios.

Pero ese brillo tiene un reverso. Cada máximo histórico reactiva disputas locales, alimenta economías ilegales y plantea preguntas incómodas sobre el coste real de esta nueva fiebre del oro. Desde las costas de Asturias hasta las minas africanas, el metal que muchos ven como refugio está reabriendo heridas que nunca llegaron a cerrarse. @mundiario

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