Europa presiona por una desescalada en Oriente Próximo, pero EE UU se encuentra maniatado
En los últimos días, la tensión entre Irán e Israel ha alcanzado uno de sus puntos más críticos desde el inicio de su intenso enfrentamiento indirecto. Una cadena de ataques y represalias ha dejado un saldo creciente de víctimas, daños materiales y una profunda fractura en los esfuerzos diplomáticos para contener el conflicto. La comunidad internacional, encabezada por las potencias occidentales, intenta frenar una escalada que no solo sacude a Oriente Próximo, sino que amenaza con alterar equilibrios geopolíticos más amplios.
La respuesta de Irán a los primeros bombardeos israelíes se ha hecho sentir con contundencia. Misiles balísticos, drones de ataque y oleadas de artillería han alcanzado diversas regiones del territorio israelí. Las autoridades de Tel Aviv han confirmado al menos 24 fallecidos y alrededor de 140 heridos en las últimas 72 horas, cifras que podrían aumentar conforme avanza el conflicto.
Los ataques han afectado tanto zonas militares como civiles, interrumpiendo servicios esenciales y obligando a la activación de sistemas de defensa como la Cúpula de Hierro. Si bien Israel cuenta con tecnología avanzada para interceptar proyectiles, la saturación simultánea de múltiples frentes ha desbordado parcialmente su capacidad de respuesta. El Gobierno del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu sostiene que los ataques justifican su derecho a la defensa preventiva.
Israel había tomado la ventaja inicial con una ofensiva aérea sin precedentes en la capital iraní y otras zonas estratégicas. Según su ejército, al menos 80 objetivos fueron bombardeados solo en Teherán durante la madrugada del domingo. Las autoridades iraníes, por su parte, denuncian un balance mucho más grave: más de 220 muertos, la mayoría civiles, y numerosos heridos, además de daños en infraestructuras civiles.
Aunque el gobierno israelí sostiene que sus ataques se dirigen exclusivamente contra instalaciones militares o vinculadas al programa nuclear iraní, las consecuencias en zonas densamente pobladas plantean dudas sobre la proporcionalidad de los ataques y alimentan la narrativa iraní de una agresión externa.
Denuncias de Teherán y presión sobre Washington
Teherán ha denunciado lo que considera un “ataque directo contra la soberanía nacional” y acusa a Israel de haber iniciado la escalada para bloquear cualquier avance en las conversaciones nucleares. Irán insiste en que su programa nuclear tiene fines exclusivamente civiles y afirma que no negociará bajo amenaza.
El presidente iraní, Masud Pezeshkian, ha advertido a Francia, Alemania y Estados Unidos que cualquier intento de reactivar el diálogo será inútil si antes no se detienen los bombardeos. En palabras del propio mandatario, “la República Islámica no cederá a presiones ni negociará mientras el régimen sionista continúe atacando”.
Desde Kananaskis, en Canadá, donde se celebra la cumbre del G7, los líderes de las principales potencias occidentales han intentado mediar. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ha declarado que “una solución negociada es la única vía sostenible”, aunque ha respaldado la línea roja occidental de impedir que Irán obtenga armas nucleares.
“Irán no debe tener un arma nuclear, sin ninguna duda. Por supuesto creo que una solución negociada es, a largo plazo, la mejor solución”, afirmó la alemana, quien defendió el derecho de Tel Aviv a defenderse, especialmente después de que el organismo de control nuclear de la ONU a principios de semana de que Teherán no cumplía con sus obligaciones al no reportar sobre su material y actividades nucleares no declarados. "En este contexto, Israel tiene derecho a defenderse. Irán es la principal fuente de inestabilidad regional".
Por otro lado, el presidente estadounidense Donald Trump ha mantenido una postura ambigua. Ha reiterado que "hay que detener esta masacre", pero también ha aceptado que "quizá (Irán e Israel) tengan que pelear primero antes de alcanzar un acuerdo". Aunque ha expresado su deseo de paz y asegura que "se están haciendo muchas llamadas", el contexto sugiere que sus canales de influencia sobre Netanyahu han alcanzado ciertos límites en este tema específico.
Trump, que anteriormente rechazó una intervención militar israelí contra Irán, ha comenzado a flexibilizar su posición pública tras las recientes evaluaciones del OIEA, que indican posibles incumplimientos iraníes en materia de no proliferación. Al mismo tiempo, aumentan las presiones internas en su propia base política para evitar una implicación directa de Estados Unidos en un nuevo conflicto en Oriente Próximo.
El factor nuclear: eje de tensión y condición para el diálogo
El trasfondo del enfrentamiento actual no se puede desvincular del temor —especialmente en Israel— de que Irán se acerque a ensamblar un arma nuclear. La planta de Fordo, construida a gran profundidad en una montaña, ha sido señalada por la inteligencia israelí como uno de los puntos clave de preocupación. Sin embargo, sin las capacidades técnicas de EE UU, Israel difícilmente podría neutralizarla de forma definitiva.
Teherán, por su parte, ha utilizado la presión militar como moneda de cambio en las negociaciones. Fuentes iraníes han admitido a agencias internacionales que estarían dispuestos a mostrar mayor flexibilidad en el diálogo nuclear si Israel acepta un alto el fuego inmediato. Países del Golfo como Qatar, Omán y Arabia Saudí han actuado como intermediarios, urgiendo a Washington a presionar a Netanyahu en esa dirección.
El conflicto ha tenido ya consecuencias regionales e internacionales visibles. El precio del petróleo ha subido, los mercados energéticos se han tensionado, y los flujos diplomáticos se han desviado de otros conflictos activos. La creciente interconexión entre los conflictos en Ucrania, Sudán y Oriente Próximo plantea a las potencias un dilema estratégico: cómo contener múltiples crisis simultáneamente sin agravar ninguna.
A corto plazo, la continuidad de los enfrentamientos entre Irán e Israel puede obstaculizar cualquier avance en las negociaciones nucleares. A medio plazo, la falta de un canal de diálogo activo incrementa el riesgo de una confrontación más amplia en la región. Por ello, las potencias occidentales abogan por una desescalada, aunque enfrentan resistencias tanto en Tel Aviv como en Teherán. @mundiario


