EE UU y Venezuela: trámites para restaurar sus misiones diplomáticas siete años después

El inicio de contactos para reabrir embajadas llega después de una operación militar sin precedentes y plantea interrogantes sobre legitimidad, soberanía y estabilidad regional.
Embajada de EE UU en Venezuela . / Mundiario
Edificio de la Embajada de EE UU en Venezuela . / Mundiario

La política internacional rara vez ofrece giros limpios y coherentes, pero pocas veces la contradicción ha sido tan explícita como en el incipiente acercamiento diplomático entre Estados Unidos y Venezuela anunciado esta semana. Apenas unos días después de una operación militar estadounidense en territorio venezolano que culminó con la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, ambos países confirman la apertura de un “proceso exploratorio” para restablecer relaciones diplomáticas y reabrir embajadas. La diplomacia, en este caso, avanza sobre un terreno sembrado por la fuerza.

Desde Caracas, ahora bajo la presidencia encargada de Delcy Rodríguez, el Gobierno chavista habla de contactos técnicos y logísticos, al tiempo que mantiene una dura denuncia internacional contra lo que califica de “agresión criminal” de Estados Unidos, con un balance de más de un centenar de muertos. Washington, por su parte, confirma el envío de personal diplomático y de seguridad para evaluar una reapertura gradual de su legación, cerrada desde 2019 tras la ruptura unilateral decretada por el expresidente Nicolás Maduro.

El contraste es difícil de obviar. La misma Administración estadounidense que ordenó una intervención armada en la capital venezolana y en varios estados del país impulsa ahora un diálogo institucional con un Ejecutivo interino de clara raíz chavista, descartando de facto a buena parte de la oposición que durante años fue su principal interlocutora. Donald Trump ha dejado claro que apuesta por una transición controlada desde dentro del propio aparato del poder venezolano, aunque sea bajo tutela internacional y por un periodo prolongado.

Desde una óptica pragmática, la maniobra no carece de lógica. Washington busca estabilidad, control político y una interlocución funcional en un país clave desde el punto de vista energético y geopolítico. Para el chavismo, incluso descabezado de su líder histórico, la continuidad del Estado y del partido pasa por mantener abiertas las vías de reconocimiento y negociación, aunque sea en condiciones extraordinariamente desfavorables.

Diplomacia tras la operación militar

Sin embargo, el precedente que se establece es inquietante. La normalización diplomática posterior a una operación militar de captura plantea serias dudas sobre el respeto al derecho internacional, la soberanía de los Estados y el papel de la diplomacia como alternativa –y no complemento– de la fuerza. Que la reapertura de embajadas se produzca en este contexto refuerza la idea de una diplomacia subordinada al poder duro, más que a la negociación entre iguales.

También para América Latina el mensaje es ambiguo. El caso venezolano confirma que los equilibrios internos pueden ser redefinidos desde el exterior cuando confluyen intereses estratégicos suficientes, pero deja abierta la pregunta sobre los límites y costes de ese intervencionismo. La estabilidad que se persigue a corto plazo puede alimentar, a medio y largo plazo, una desconfianza estructural en las reglas del sistema internacional.

El proceso que ahora se inicia entre Caracas y Washington será observado con atención, dentro y fuera de Venezuela. No solo por su desenlace político inmediato, sino porque anticipa un modelo de gestión de crisis donde la diplomacia vuelve a sentarse a la mesa, sí, pero después de que las cartas hayan sido marcadas por la fuerza. En ese orden inverso reside, quizá, la mayor fragilidad de este nuevo intento de entendimiento. @mundiario

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