Delcy Rodríguez toma el timón en una transición marcada por la sombra de Cabello
Durante más de una década, Nicolás Maduro dominó la escena venezolana hasta niveles casi omnipresentes: discursos diarios, cadenas eternas, retratos institucionales y una presencia ininterrumpida en los medios públicos. Su abrupta desaparición —tras una operación militar estadounidense que lo sacó de Caracas y lo trasladó a Nueva York para ser enjuiciado— ha dejado un vacío político y emocional sin precedentes. Venezuela lleva una semana instalada en una mezcla de desconcierto, temor y especulaciones sobre su futuro inmediato.
La madrugada del 3 de enero marcó el punto de inflexión. Mientras la ciudadanía dormía, circulaban versiones contradictorias: bombardeos en Caracas, movimientos inusuales de tropas y rumores sobre la captura de Maduro. Los canales oficiales enmudecieron, pero la prensa internacional confirmó rápidamente la intervención estadounidense. Las calles se llenaron de colas, compras de pánico y vecinos vigilando desde ventanas iluminadas a todas horas.
En cuestión de horas, Delcy Rodríguez —vicepresidenta y figura clave del chavismo— asumió el mando con el reconocimiento inmediato de la Administración Trump, un gesto que descolocó por completo a la oposición tradicional venezolana, que quedó relegada a un papel secundario en la transición.
Delcy Rodríguez, en el centro del nuevo tablero
Rodríguez gobierna apoyada por su hermano, Jorge Rodríguez, consolidado como estratega político y negociador principal. Sin embargo, la sombra de Diosdado Cabello —ministro del Interior y líder del ala más radical del chavismo— se proyecta sobre la estabilidad interna del movimiento. Sus grupos de motorizados continúan patrullando barrios de Caracas, revisando teléfonos, deteniendo a sospechosos y ejerciendo control territorial.
La población vive entre la vigilancia extrema y el temor a ser reclutada o señalada. Muchos venezolanos han recurrido a borrar aplicaciones y chats antes de salir de casa, y la psicosis colectiva ha elevado las tensiones en un país ya acostumbrado a la sospecha y al control social.
Un chavismo dividido entre la lealtad y la resignación
Para parte de la base chavista, la salida de Maduro ha sido interpretada como una humillación nacional: un secuestro ejecutado por Estados Unidos. Otros militantes, sin embargo, consideran que la deriva económica y la fractura institucional habían desbordado cualquier margen de apoyo real. La figura de Hugo Chávez sigue siendo un símbolo emocional poderoso, especialmente entre quienes vivieron los años de bonanza petrolera y programas sociales masivos.
Pero la Venezuela de 2026 poco se parece a aquella. La crisis económica, la hiperinflación, el colapso de servicios básicos y el éxodo de más de siete millones de personas minaron la legitimidad del chavismo gobernante. La dolarización improvisada, la tímida recuperación del PIB y el aumento de la producción petrolera durante los últimos dos años fueron insuficientes para revertir el deterioro estructural.
El papel de Estados Unidos y los nuevos equilibrios
Donald Trump ha declarado estar “a cargo” del proceso venezolano, una afirmación que ha generado tensiones internas y críticas desde los propios simpatizantes del chavismo, que la interpretan como una pérdida de soberanía. Washington, por su parte, insiste en un periodo de “estabilización” que incluye la reapertura de su embajada en Caracas, la eventual flexibilización de sanciones y el reinicio de conversaciones con el FMI y el Banco Mundial.
En este contexto, la venta de 50 millones de barriles de petróleo —que Trump presenta como una demostración de sometimiento— habría sido autorizada previamente por Maduro como gesto de acercamiento, según fuentes del entorno del expresidente detenido.
Una sociedad partida y agotada
Más allá de las disputas geopolíticas, la población venezolana vive estos días entre la esperanza y el miedo. Algunos sienten alivio por el fin de la figura de Maduro; otros temen represalias, inestabilidad o violencia. Las redes sociales hierven de rumores, memes que luego son borrados por miedo y relatos que revelan una nación emocionalmente frágil. Los contactos entre quienes viven en el país y la diáspora —mayor que la población de varios países latinoamericanos— se multiplican a cada hora.
Mientras tanto, señales discretas indican que algo profundo se está reconfigurando: excarcelaciones de presos políticos, un tono más moderado en las declaraciones oficiales y la reducción de los ataques verbales a líderes opositores como María Corina Machado o Edmundo González.
La Venezuela que se asoma por delante es incierta, pero distinta. El país ha entrado en una fase de transición que, por primera vez en años, no depende del ritmo político interno sino de una compleja combinación de intereses internacionales, tensiones internas del chavismo y el cansancio acumulado de una sociedad que solo espera recuperar la normalidad. @mundiario