Con Groenlandia en juego, China acusa a EE UU de “utilizar a otros países como excusa” para sus intereses

Donald Trump, presidente de EE UU; y Xi Jinping, presidente de China. / Mundiario.
Las advertencias de Donald Trump sobre la anexión de la isla han provocado una respuesta directa de Pekín, que defiende su derecho de participar en la competencia estratégica en el Ártico, una región clave donde Europa también busca proteger sus intereses.

La pugna por el Ártico se carga de tensión tras las declaraciones cruzadas entre Estados Unidos y China. Pekín ha acusado a Washington de “utilizar a otros países como excusa” para defender sus propios intereses y ha reivindicado el derecho de todos los Estados a operar en la región conforme al derecho internacional.

El mensaje, lanzado por el Ministerio de Exteriores chino, llega como respuesta directa a las reiteradas amenazas del presidente estadounidense, Donald Trump, de tomar el control de Groenlandia para impedir el avance chino o ruso sobre ese territorio estratégico.

La reacción china no es casual ni improvisada. Pekín busca presentarse como un actor responsable que defiende la cooperación, la estabilidad y el desarrollo sostenible en el Ártico, subrayando que se trata de una región que “afecta a los intereses generales de la comunidad internacional”. Sin embargo, detrás de ese discurso diplomático se dibuja una realidad más compleja: el Ártico se ha convertido en uno de los principales escenarios de la competencia entre grandes potencias, alimentada por el deshielo, la apertura de nuevas rutas marítimas y el acceso a recursos naturales críticos.

Las palabras de Trump han situado a Groenlandia en el centro del debate geopolítico. El presidente estadounidense no ha ocultado que su objetivo no pasa por un acuerdo temporal, como un arrendamiento, sino por una adquisición permanente del territorio, incluso “por las buenas o por las malas”. Estas afirmaciones han provocado inquietud en Dinamarca y en el conjunto de Europa, al tratarse de un territorio autónomo de un aliado de la OTAN y de un precedente que cuestiona los límites del orden internacional.

Para China, el planteamiento estadounidense supone una instrumentalización del argumento de la seguridad. Pekín insiste en que su presencia en Groenlandia es limitada y fundamentalmente económica, centrada en el comercio —especialmente de productos pesqueros— y en intentos de inversión minera que, en su mayoría, han sido bloqueados o abandonados. Los principales proyectos con participación china, como el yacimiento de tierras raras de Kuannersuit o el proyecto de hierro de Isua, no han llegado a materializarse por decisiones políticas, ambientales o económicas adoptadas por las autoridades groenlandesas.

La percepción de amenaza en Washington y Europa

Más allá del caso concreto de Groenlandia, el trasfondo del conflicto es el creciente valor estratégico del Ártico. El retroceso del hielo está transformando la región en una zona accesible, rica en petróleo, gas, minerales críticos y recursos pesqueros, además de abrir rutas marítimas que pueden reducir drásticamente los tiempos de transporte entre Asia y Europa. China ha sido uno de los países que antes ha identificado este potencial, integrándolo en su estrategia de largo plazo bajo el concepto de la “Ruta de la Seda Polar”.

Los avances chinos en este ámbito son visibles. Buques de investigación, cargueros experimentales y rompehielos han comenzado a utilizar rutas del norte que acortan hasta en veinte días los trayectos tradicionales a través del canal de Suez. Al mismo tiempo, estas actividades permiten a Pekín recopilar datos oceanográficos y establecer una presencia gradual en una región donde las reglas aún no están completamente definidas.

Desde la óptica estadounidense, el problema no reside únicamente en el comercio o la investigación científica, sino en las implicaciones de seguridad a medio y largo plazo. El Pentágono lleva años advirtiendo del aumento de la cooperación entre China y Rusia en el Ártico y de la posibilidad de que esa presencia derive en capacidades militares, especialmente en el ámbito submarino, donde las condiciones del océano Ártico ofrecen ventajas estratégicas.

Europa observa este pulso con creciente preocupación. Las amenazas de Trump contra Groenlandia han tensado las relaciones con Dinamarca y han generado inquietud en otras capitales europeas, que ven cómo el Ártico se consolida como un nuevo foco de rivalidad global. Países como el Reino Unido ya discuten con sus aliados de la OTAN cómo reforzar la seguridad en la región ante lo que consideran un entorno cada vez más competitivo.

El cruce de acusaciones entre China y Estados Unidos pone de relieve la fragilidad del equilibrio en el Ártico. Pekín reivindica su derecho a participar en una región que considera de interés global, mientras Washington refuerza su narrativa de contención frente a China y Rusia, utilizando Groenlandia como pieza clave de su estrategia. En medio, Europa se enfrenta al desafío de proteger la estabilidad regional y el respeto al derecho internacional en un escenario donde el deshielo no solo está cambiando el clima, sino también las reglas del juego geopolítico. @mundiario