Ante el declive de la izquierda, Bolivia elige presidente entre la derecha en ascenso
El país andino encara unos comicios que pueden marcar el final de dos décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS) y de los gobiernos de izquierda, en medio de una crisis económica profunda y una guerra interna entre el exmandatario Evo Morales y el actual presidente Luis Arce que ha fracturado de manera irreversible al oficialismo.
Bolivia se asoma este domingo a un cambio de ciclo. Un giro de magnitud similar al que en 2006 supuso la llegada al poder de Evo Morales, primer presidente indígena del país, que inauguró una etapa en la que campesinos y sectores populares conquistaron la centralidad política. Tras casi veinte años, el mapa electoral muestra que el MAS llega a la contienda dividido y en franco retroceso, mientras la derecha se perfila como favorita.
El deterioro de la formación está marcado, en parte, por el enfrentamiento entre Morales y Arce, que pasó de ser su delfín político a su principal adversario. La pugna interna vació de cohesión a la izquierda y dejó al partido sin un liderazgo claro. Morales fue inhabilitado por la justicia y enfrenta un proceso por presunto estupro, mientras Arce, hundido en el descrédito y golpeado por la crisis, desistió de postularse. Su sustituto, el exministro de Gobierno Eduardo del Castillo, apenas roza el 2% en las encuestas.
El único referente con alguna expectativa es Andrónico Rodríguez, presidente del Senado y dirigente cocalero que, tras distanciarse de Morales, compite con la Alianza Popular. Sin embargo, su intención de voto no supera el 10%. Este escenario abre paso a dos candidatos de centro y derecha: el empresario Samuel Doria Medina, en su cuarto intento presidencial, y el exmandatario Jorge “Tuto” Quiroga, quienes protagonizan un virtual empate técnico. Ambos se disputan el liderazgo en unas elecciones que, según las proyecciones, desembocarán en una segunda vuelta prevista para el 19 de octubre, un hecho inédito desde la Constitución de 2009.
El trasfondo de esta debacle es la peor crisis económica de los últimos veinte años. Con una inflación cercana al 20% y alimentos que superan el 30% de aumento, el “Modelo Económico Social Comunitario Productivo” está agotado. Los pozos de gas, columna vertebral de la bonanza de la década pasada, se encuentran en declive por falta de exploración. La escasez de divisas ha golpeado al peso boliviano y generado problemas en el abastecimiento de combustible. Incluso empresas públicas emblemáticas enfrentan dificultades para sostenerse. Morales y Arce se culpan mutuamente de haber “matado a la gallina de los huevos de oro”.
En este contexto, la confrontación entre ambas facciones oficialistas se tradujo en un clima electoral marcado por acusaciones cruzadas. Morales llamó a votar nulo, con la expectativa de que un alto porcentaje deslegitime a cualquier ganador. “De no ser por su aliado Luis Arce, que robó nuestra sigla y proscribió al mayor movimiento político del país, ¡estas elecciones las ganábamos de lejos!”, escribió el expresidente en redes sociales.
Además, el líder cocalero afirmó haber recibido “información” de que el Gobierno de Luis Arce busca favorecer al candidato oficialista “mediante fraude”. Sus seguidores han repetido sus consignas a lo largo la jornada electoral, lo que ha incrementado la tensión.
El presidente Arce, por su parte, buscó transmitir una imagen de institucionalidad. “Vamos a hacer historia como el Gobierno que cumplió el mandato de 2020: recuperar la democracia. No solo la hemos recuperado, la hemos preservado y la entregaremos en un tránsito democrático”, afirmó tras votar en La Paz. Pese a su mensaje de continuidad democrática, su figura aparece debilitada, con una de las peores imágenes en la región y sin capacidad de sostener un proyecto electoral propio.
El desgaste de la izquierda boliviana también se ha manifestado en incidentes que han marcado la votación de Andrónico Rodríguez. En el Trópico de Cochabamba, bastión de Morales, el joven presidente de la Cámara de Senadores recibió insultos y piedras por parte de seguidores de su antiguo mentor, lo que lo obligó a abandonar rápidamente su colegio electoral tras emitir su voto en Entre Ríos. Morales, que había hecho campaña activa por el voto nulo en esa región, calificó a su antiguo aliado de “peón del imperio y la derecha”. El episodio refleja la polarización y la ruptura definitiva dentro del movimiento cocalero.
A las tensiones se le han sumado a denuncias de “guerra sucia” en redes sociales, acusaciones de fraude electoral y un clima de sospecha generalizado. El Gobierno señaló a la oposición de manipular la narrativa de fraude, mientras la alianza de Doria Medina acusó al Ejecutivo de preparar un “plan digitado” para responsabilizarlos. Aunque la votación ha transcurrido con normalidad en gran parte del país, la tensión aún es palpable en las zonas rurales de Cochabamba, donde la fractura del MAS es más evidente.
Todo indica que Bolivia estrenará por primera vez una segunda vuelta. El balotaje medirá no solo la fuerza de la derecha frente a una izquierda fragmentada, sino también el peso del voto rural y de los sectores desencantados que hasta hace poco respaldaban al MAS. La contienda ya no se define por la confrontación clásica entre izquierda y derecha, sino por la disputa de un nuevo equilibrio político tras el derrumbe de un ciclo que parecía inamovible.@mundiario

