Ataques israelíes tras la promesa de tregua revelan el colapso de toda legalidad
La Franja de Gaza ha sido, una vez más, el escenario de una carnicería anunciada. O quizá sería más justo decir planificada. En cuestión de horas, al menos 81 personas han perdido la vida a manos de las fuerzas israelíes. La mayoría eran civiles. Muchos de ellos estaban simplemente intentando acceder a ayuda humanitaria, otros dormían en tiendas de campaña improvisadas en zonas a las que el propio ejército israelí había ordenado evacuar. Esta lógica perversa, que empuja a la población civil de un lado a otro del mapa como si fuesen piezas prescindibles en un tablero sin reglas, es un síntoma alarmante de hasta qué punto el conflicto ha perdido cualquier atisbo de proporcionalidad o legalidad internacional.
Los bombardeos han alcanzado enclaves como Ciudad de Gaza y Jan Yunis, pero lo más escandaloso es que buena parte de las víctimas murieron en lugares que Israel había designado como “seguros” horas antes. ¿Cómo se explica que 17 personas fallezcan mientras duermen en tiendas en Mawasi, apenas dos horas después de ser redirigidas allí por el ejército israelí? Las familias Abu Asi y otras del campamento de Baraka han sido literalmente masacradas en medio de la noche, víctimas de una estrategia que hace imposible cualquier forma de protección civil. El derecho internacional humanitario, que prohíbe atacar objetivos civiles y exige garantizar corredores seguros para la población, ha quedado reducido a papel mojado.
Todo esto sucede en un contexto que solo añade más cinismo a la tragedia: la reciente declaración del presidente estadounidense Donald Trump, que dio por “casi cerrada” una tregua de 60 días entre Israel y Hamás. La realidad, sin embargo, desmiente cualquier viso de distensión. No solo no se ha frenado la ofensiva israelí, sino que parece haberse intensificado en las horas inmediatamente posteriores a esa promesa de paz. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, sigue sin aclarar si apoyará el alto el fuego, mientras parte de su gabinete —particularmente los sectores más ultras— se oponen tajantemente. Esta ambigüedad calculada ha servido como escudo para continuar una ofensiva militar que, según los datos más recientes, ha costado la vida a más de 57.000 palestinos desde el pasado 7 de octubre. La mayoría de ellos son mujeres y niños.
En paralelo, voces cada vez más rotundas en la esfera internacional denuncian lo que está ocurriendo. La relatora especial de la ONU para los Territorios Palestinos Ocupados, Francesca Albanese, no ha dudado en calificar la situación como “uno de los genocidios más crueles de la historia moderna”. La palabra “genocidio” no es una elección trivial. Supone una acusación formal de crímenes de lesa humanidad y llama directamente a una acción concreta: embargos de armas, ruptura de relaciones comerciales, presión diplomática real. Pero hasta ahora, el mundo ha preferido la tibieza.
Lo que está sucediendo en Gaza no es simplemente la consecuencia trágica de una guerra larga y compleja. Es el resultado de una impunidad sistemática que lleva años asentándose con la complicidad —por acción u omisión— de las potencias occidentales. Gaza no solo es una prisión al aire libre, como se ha repetido en múltiples ocasiones; es también un laboratorio de guerra donde se ensayan los límites del derecho internacional sin consecuencias reales para sus transgresores.
Mientras tanto, los hospitales como Al Shifa y Naser, desbordados y sin recursos, tratan de identificar cuerpos calcinados, mutilados, irreconocibles. Los nombres de las víctimas apenas tienen espacio en las crónicas. La muerte se ha convertido en una estadística rutinaria, despojada de rostro y contexto, en un conflicto que ha normalizado lo inadmisible.
Cada nuevo bombardeo, cada niño muerto mientras dormía, cada ataque sobre zonas evacuadas previamente, no solo amplía la tragedia humana: también pone a prueba la resistencia de una comunidad internacional que, de seguir sin reaccionar, terminará siendo cómplice de aquello que finge condenar.
En Gaza, hoy, la pregunta ya no es cuándo llegará la paz, sino si queda algo que pueda salvarse del naufragio moral que ha traído esta guerra. @mundiario


