Maragall y el federalismo
España es un Estado tan federal como cualquier otro de los Estados federales que hoy existen en el mundo. La dife
España es un Estado tan federal como cualquier otro de los Estados federales que hoy existen en el mundo. La diferencia, como diría el presidente catalán Pasqual Maragall, estriba en que aún no le llamamos así. José Juan González Encinar, un cualificado analista del federalismo, lo tiene claro desde hace años: la Constitución de 1978 sólo puso los mimbres, el cesto de la organización territorial de Estado se fue haciendo después, de forma gradual, con la aprobación de los distintos estatutos de autonomía. Pero una vez éstos aprobados, la forma de organización territorial del Estado español resultó ser sustancialmente idéntica a la de cualquier otro Estado federal.
Es verdad que para conformar una definición del federalismo hay que asumir que no hay un único modelo, pues sería un contrasentido: la esencia del federalismo está en la creación de instituciones y procesos que permitan alcanzar una unidad política que acomode y aumente la diversidad durante la solución de los problemas de la vida diaria, en los cuales la democracia, entendida como un gobierno del pueblo, signifique "autogobierno".
España sería, por tanto, un Estado federal imperfecto, resultado de una evolución del Estado de las autonomías, fruto de una concepción afortunadamente abierta de la Constitución de 1978, que ha hecho que sus nacionalidades y regiones sean más o menos lo que han querido ser, en una perspectiva dinámica, que tiene que persistir y ante la que no hay que tener miedo, menos hoy que el mundo cambia vertiginosamente de la mano de la globalización.
Desde fuera tampoco se pone en duda que el español sea, de hecho, un Estado federal. Así, por ejemplo, en la obra que la Universidad La Sapienza, de Roma, ha editado con el expresivo título Quale, dei tanti federalismi?, el modelo federal español se analiza después del modelo de los Estados Unidos, y antes del belga, el suizo, el alemán o el austriaco. Sin complejos.
Para otros, claro, el federalismo sería una traición a España, en cuanto la pone en peligro de disgregación, pues como dice el constitucionalista Duguit, una nación sería una entidad histórica que, como tal, está por encima de generaciones y de cuya existencia una generación determinada no puede disponer. Volveríamos a la España irrevocable. Incluso a quienes apelan a San Isidoro, en sus Laudes Sanieae, para salvaguardar la unidad de España, por ser "la más hermosa, madre feliz de príncipes y pueblos". Para esta corriente de pensamiento, España no sería una entidad artificial, sino "algo sentido a través de los siglos", tomando sus orígenes de la Hispania romana. El propio Cristóbal Colón dicen otros-- bautiza a la primera isla descubierta como la Española y con Hernán Cortés surge el virreinato de Nueva España.
Si bien el federalismo se nos presenta a menudo como un paradigma con el que mucha gente está de acuerdo, aunque pocos se comprometan abiertamente con él, los vientos que corren favorecen su progresiva implantación, sin eludir por ello que entraña muchas dificultades. En Europa occidental las experiencias son importantes, por muy insuficientes que a veces resulten para lograr la convivencia de amplios sectores de la población, y en Europa oriental se ha asumido el federalismo como una vía para evitar el colapso total de sus sistemas políticos. Es verdad que el federalismo alemán, con todo su potencial, tiene problemas por la excesiva interdependencia entre los niveles de gobierno, pero no deja de ser importante el autogobierno municipal vigente. Y el federalismo norteamericano sigue estando ahí, a pesar de las dificultades que se derivan de construir el Estado de bienestar, lo que implica la intervención de Washington en políticas públicas cuyo control van cediendo los Estados de la Unión. El caso de Canadá es similar, aunque ahí la existencia de dos culturas que poco comparten en común, favorece la existencia de un federalismo que tiene visos de confederal.
Como quiera que los acontecimientos mundiales empujan en dirección de entidades descentralizadas y federalistas, incluso en estados unitarios, en España va adquiriendo fuerza la teoría de quienes creen llegada la hora de hacer un nuevo pacto federal, capaz de democratizar políticamente el país, de repartir los poderes para llegar hasta los municipios, y de democratizar económicamente, esto es, repartiendo los ingresos de una manera más equitativa, justa y responsable, sin dejar de fortalecer nunca la tradición democrática de los pueblos, sus tradiciones culturales y sus formas de gobierno. Maragall sabe bien de qué habla, y quienes dicen que no lo entienden, también lo saben.
Es verdad que para conformar una definición del federalismo hay que asumir que no hay un único modelo, pues sería un contrasentido: la esencia del federalismo está en la creación de instituciones y procesos que permitan alcanzar una unidad política que acomode y aumente la diversidad durante la solución de los problemas de la vida diaria, en los cuales la democracia, entendida como un gobierno del pueblo, signifique "autogobierno".
España sería, por tanto, un Estado federal imperfecto, resultado de una evolución del Estado de las autonomías, fruto de una concepción afortunadamente abierta de la Constitución de 1978, que ha hecho que sus nacionalidades y regiones sean más o menos lo que han querido ser, en una perspectiva dinámica, que tiene que persistir y ante la que no hay que tener miedo, menos hoy que el mundo cambia vertiginosamente de la mano de la globalización.
Desde fuera tampoco se pone en duda que el español sea, de hecho, un Estado federal. Así, por ejemplo, en la obra que la Universidad La Sapienza, de Roma, ha editado con el expresivo título Quale, dei tanti federalismi?, el modelo federal español se analiza después del modelo de los Estados Unidos, y antes del belga, el suizo, el alemán o el austriaco. Sin complejos.
Para otros, claro, el federalismo sería una traición a España, en cuanto la pone en peligro de disgregación, pues como dice el constitucionalista Duguit, una nación sería una entidad histórica que, como tal, está por encima de generaciones y de cuya existencia una generación determinada no puede disponer. Volveríamos a la España irrevocable. Incluso a quienes apelan a San Isidoro, en sus Laudes Sanieae, para salvaguardar la unidad de España, por ser "la más hermosa, madre feliz de príncipes y pueblos". Para esta corriente de pensamiento, España no sería una entidad artificial, sino "algo sentido a través de los siglos", tomando sus orígenes de la Hispania romana. El propio Cristóbal Colón dicen otros-- bautiza a la primera isla descubierta como la Española y con Hernán Cortés surge el virreinato de Nueva España.
Si bien el federalismo se nos presenta a menudo como un paradigma con el que mucha gente está de acuerdo, aunque pocos se comprometan abiertamente con él, los vientos que corren favorecen su progresiva implantación, sin eludir por ello que entraña muchas dificultades. En Europa occidental las experiencias son importantes, por muy insuficientes que a veces resulten para lograr la convivencia de amplios sectores de la población, y en Europa oriental se ha asumido el federalismo como una vía para evitar el colapso total de sus sistemas políticos. Es verdad que el federalismo alemán, con todo su potencial, tiene problemas por la excesiva interdependencia entre los niveles de gobierno, pero no deja de ser importante el autogobierno municipal vigente. Y el federalismo norteamericano sigue estando ahí, a pesar de las dificultades que se derivan de construir el Estado de bienestar, lo que implica la intervención de Washington en políticas públicas cuyo control van cediendo los Estados de la Unión. El caso de Canadá es similar, aunque ahí la existencia de dos culturas que poco comparten en común, favorece la existencia de un federalismo que tiene visos de confederal.
Como quiera que los acontecimientos mundiales empujan en dirección de entidades descentralizadas y federalistas, incluso en estados unitarios, en España va adquiriendo fuerza la teoría de quienes creen llegada la hora de hacer un nuevo pacto federal, capaz de democratizar políticamente el país, de repartir los poderes para llegar hasta los municipios, y de democratizar económicamente, esto es, repartiendo los ingresos de una manera más equitativa, justa y responsable, sin dejar de fortalecer nunca la tradición democrática de los pueblos, sus tradiciones culturales y sus formas de gobierno. Maragall sabe bien de qué habla, y quienes dicen que no lo entienden, también lo saben.