Opúsculos propios

La república de las medianías televisivas: escarnecer por dinero y siempre ser un don nadie

En el mundo de la telebasura, los 'héroes' visten forro polar y gafas oscuras, sin historia real pero expertos en crear debates para ganar audiencia
Gente discutiendo en un plató. / Mundiario.
Gente discutiendo en un plató. / Mundiario.

Anda por ahí una república libre y soberana en la parrilla televisiva, gobernada por presidentes vitalicios del insulto y ministros de la ineptitud.

Esta nación está formada por un ejército de ciudadanos invisibles; tan discretos y anodinos que ni el guarismo de reconocimiento facial los encuentra en el álbum familiar.

Unos completos desconocidos que, de repente, deciden asaltar los focos y el prime time con el mismo entusiasmo que cualquier banquero suizo ante un fajo de billetes de curso legal. Inventando historias, naturalmente.

¿La invitación? Un programa de televisión cuyo mérito único es servir la farsa y el veneno con la misma intensidad que la churrería de enfrente de mi casa sirve aceite hirviendo. De lo que siempre dudaré es cómo consiguen ser invitados. Y usted también, no lo disimule.

Entes sin biografía

En el celestial territorio de la telebasura, los héroes han cambiado la capa y el antifaz por la camiseta de forro polar, las gafas de sol ahumadas y el móvil en la mano. Por si llama el chivato para decirle lo que tiene y cómo ha de decir, para conseguir más impacto y audiencia.

Se trata de entes sin biografía ni historia que le pueda importar a una cucaracha sorda, pero con una insólita habilidad para repartir hostias verbales a diestro, siniestro y centro; eso sí, jamás son tan famosos como los objetivos de su ira, que suelen tener la agenda más ocupada que un especialista en fugas de cárceles.

La pregunta del millón y medio de espectadores es la de siempre: ¿quiénes son estas personas que insultan con tanta pasión y tan poco fundamento? Pues bien, son los flamantes protagonistas de un fenómeno más fascinante que la combustión espontánea: el del don nadie que, sin ser conocidos ni en su casa a la hora de cenar, consiguen una silla fija en el altar de las mediocridades y una nómina que podría hacer llorar de envidia a un becario de Silicon Valley.

La receta del programa es sencilla y no está pensada ni para gourmets ni para gente con estómago sensible.

El productor busca un puñado de individuos con cero habilidades pero mucho pico grosero e imparable, los sienta frente a una mesa con más plástico que conciencia ecológica y les pone un guion tan pegajoso que da angustia mascullarlo.

El objetivo: poner a parir a profesionales de la farándula, deportistas, influencers, ministros, reinas y hasta al vecino de enfrente que salió en portada del Hola por chorizo y pendenciero, y que jamás recibirían en sus casas a la hora de comer.

El resultado es un espectáculo de pirotecnia humana donde el insulto vale infinitamente más que la decencia y la reputación sólo depende de la capacidad para crear estragos y devastación con la boca.

¡Qué decir de estos personajes de medio pelo y tres al cuarto. Cuesta imaginar qué habrá pasado por su cabeza cuando reciben la llamada para participar. Seguramente estén convencidos de que han escalado al monte Olimpo de la celebridad, pero en realidad apenas les han invitado a la verbena de pueblo donde lo único que se premia es tener la lengua más afilada que la de un carretero de los de antes.

Llegan al plató, rodeados de focos y cámaras, y por fin sienten la electricidad de la fama: “¡Mamá! ¡Estoy en la tele! Sí, pero sólo para decir que no conoces ni a tu propio hijo (o hija)”.

Ahí comienza la carnicería. El plató se transforma en un coliseo donde gente sin biografía, canónica ni de la otra, desgarra con opiniones mal fundadas a famosos de currículum kilométrico. El público, aplaudidor profesional, disfruta del festín, aunque nadie tenga idea de quiénes son los que hablan ni mucho menos de los que son objeto de las críticas.

Lo importante es el ruido, la algarabía y la sensación de estar viendo algo prohibido y peligroso, aunque la dosis de toxicidad sea menor que la de una sopa aguada.

En estos programas, el insulto es patrimonio cultural. El presentador, semidiós de la mezquindad, se asegura de que cada ignoto invitado tenga su minuto de oro acusando a alguien más famoso de cosas que, sin duda, ni el acusado y mucho menos el acusador conocen.

La clásica frase de “yo lo sé porque me lo han contado” alcanza aquí su máxima expresión metafísica: nadie sabe nada, pero todo el mundo dice de todo. Por supuesto, se paga muy bien por emitir juicios sin sentido.

La tele dinero le tiene amor especial al cotilleo venenoso y, mientras las audiencias suban, lo que importe el contenido es menos relevante que un sudoku sin números. Y lo paradójico – al menos para un servidor – es que las audiencias suben, y suben y vuelven a subir

La nómina de estos ingenieros del insulto mete miedo. Por cada “no sé quién eres pero te insulto igual” hay un buen puñado de billetes que aterrizarán religiosamente en la cuenta bancaria del protagonista.

Y no están solos: le siguen los bufones oficiales, los expertos en “meter baza”, los tertulianos de guardia que han hecho del chisme un talento performativo digno de Broadway. Juntos forman esa corte de los milagros cuya mayor hazaña es haber acumulado, entre todos, menos talento que una figurita de souvenir.

El guion de estas obras de teatro televisivas está plagado de lugares comunes como “hemos venido a hablar claro”, “no tengo miedo de decir la verdad” y el insuperable “lo que pasa es que nadie se atreve”. Frases pensadas por guionistas borrachos de desesperación y cuyas únicas víctimas son las neuronas del espectador y el sentido común universal. Nadie arriesga, nadie innova, nadie brilla; solo se exige tragar saliva y escupir veneno como quien sirve sopa fría en una boda de fin de semana.

La clave de todo está en la gratuidad de la injuria. Estos personajes han comprendido que la infamia, una vez convertida en espectáculo, es tan rentable como la inversión en criptomonedas cuando el bitcoin se disparó. Por cada improperio bien cocinado, por cada rumor servido en bandeja de plata, por cada escándalo fabricado en la sala de edición, hay miles de euros esperando a ser cobrados con la honorabilidad aparcada en doble fila.

Aquí insultar no solo es bien pagado: es obligatorio, y la ausencia de datos jamás escandaliza a nadie. Si lo duda, vea el historial de cualquier colaborador de reality. El que una semana era experto en fútbol, la siguiente es especialista en divorcios y al mes es juez de moda de gala benéfica.

No puede faltar la típica figura del “periodista de confianza”, que suele ser alguien con una relación tensa con la sintaxis y la semántica. Su función es elevar el chisme a la categoría de noticia. Jamás investiga nada, pero es capaz de especular sobre poliamores en la aristocracia, compras sospechosas de muebles en la jet set global y enemistades que nacen en el vestíbulo del plató y mueren en el ascensor de fin de jornada.

Los que sí tienen méritos reales, claro, aprendieron hace años que el camino a la gloria mediática pasa por callar y marcharse antes de que te convenzan de insultar por una cifra con muchos ceros y pocos escrúpulos.

La audiencia, ese ente amorfo y variable, ha llegado a identificar el insulto mediático como una forma aceptable de entretenimiento. Nadie se pregunta quién es el responsable del comentario hiriente o si el famoso insultado tiene derecho a defenderse. Todos prefieren reírse con el esplendor fugaz del escándalo y beberse la copa del chisme como si fuera vino de boda en barra libre. Abrir el televisor se convierte en un rito tribal donde el sacerdocio lo ejerce cualquier anónimo con tiempo libre y ganas de llamar la atención. Aplaudir los chismes y cotilleos es casi tan nacional como discutir de fútbol o quejarse del tráfico o la política de pensiones.

Por supuesto, de vez en cuando ocurre el milagro: un insultador profesional se convierte en meme, trending topic, gif viral o inspiración para camisetas de mercadillo. El ciclo de la fama es tan rápido e infame que casi nadie sobrevive a la velocidad de la siguiente polémica.

Después de triunfar gritando improperios a mediocres aún más mediocres, acaban siendo carne de olvido y objeto de burlas entre sus propios colegas de injuria. Muy pocos logran reciclarse y dar el salto a algo digno, como escribir un libro titulado “Cómo insultar y cobrarlo: la guía definitiva” o abrir un curso acelerado online para repartidores de veneno mediático.

El espectáculo sigue siendo infaliblemente rentable. Cada vez que el rating amenaza con ducharse, el productor llama a los cuatro insultadores de cabecera, les pone una nueva lista de famosos a los que poner a parir y los anima a envenenar el ambiente sin compasión. Nadie exige pruebas ni contexto ni buenos modales; si acaso, piden que sean groseros con algo de estilo y que no se peleen entre sí… al menos hasta el siguiente corte publicitario donde todo vale.

La conclusión inevitable, aunque nadie la verbalice, es que estas mediocridades televisivas son el reflejo de una sociedad ansiosa de escándalo, aburrida y dispuesta a pagar por ver la caída ajena aunque el protagonista ni venga en la enciclopedia.

El insulto se ha institucionalizado; ya no hace falta tener talento, carisma, cultura ni haber trabajado nunca. Basta con tener boca y algo - bastante - de resentimiento, porque aquí la consigna es clara: la fama no la da saber, la da gritar más fuerte. El sueldo, desde luego, nunca ha importado menos que el contenido del argumento.

En la nueva república de las medianías televisivas, el insulto es rey y la ignorancia su fiel vasallo. Si tienes la suerte de ser anónimo, mediocre y hábil para inventar agravios, el futuro es tuyo: una silla en el plató, una nómina digna del mejor trapero y la posibilidad de poner a parir a quien jamás conocerás en la vida real. Porque en la televisión de hoy, el talento ha muerto atropellado por la vulgaridad pagada y el espectáculo del inútil famoso por insultar a famosos que ni sabe pronunciar.

Quién lo diría: el sueño moderno no es ser inteligente, útil o querido. El verdadero objetivo es ser tan irrelevante que nadie te invite a comer, pero tan mediático que cobres un dineral por insultar sin saber ni a quién ni por qué.

Viva la telebasura, viva la república de los mediocres con nómina, viva el insulto bien pagado.

Y que nunca falte el público dispuesto a rendirse cada tarde - o mañana - ante el altar de la ignorancia consentida. @mundiario
 


 


 

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