La muerte de Diogo Jota y el precio de un instante mal calculado

El informe apunta a exceso de velocidad y confirma que el futbolista del Liverpool conducía.
Diogo Jota. / @lfc
Diogo Jota. / @lfc

Hay noticias que no deberían escribirse nunca. La muerte de Diogo Jota, delantero del Liverpool, ha sacudido al fútbol europeo con una mezcla de incredulidad, tristeza y preguntas que nadie quiere hacerse pero que acaban siendo inevitables. El informe pericial apunta a que fue él quien conducía el Lamborghini que acabó estrellado y calcinado en la A-52, superando —según las pesquisas publicadas por el diario Sport— de forma notable el límite de velocidad. Y, con él, se fue también su hermano André Silva, futbolista del Penafiel, en un trayecto que debía ser rutina y acabó en tragedia.

Jota había optado por viajar en coche hacia Santander para tomar un ferri que lo llevaría a Inglaterra. Lo hacía por prescripción médica tras una reciente cirugía pulmonar. Un gesto de compromiso con su club, con su carrera, pero que terminó convertido en una fatalidad. El accidente ocurrió en un intento de adelantamiento, tras el reventón de una rueda a alta velocidad. En un instante, todo cambió. Porque a veces el destino no espera a nadie, y la suma de decisiones aparentemente menores puede derivar en el peor de los desenlaces.

Hablar ahora de culpabilidad sería irresponsable. Pero no hacerlo de responsabilidad sería también injusto. El exceso de velocidad es una lacra que, por más que la tecnología avance, sigue siendo una de las principales causas de mortalidad en carretera. No importa si conduces un utilitario o un superdeportivo: la física no perdona. La juventud, el talento o la fama tampoco son escudos. Diogo Jota era, además de un jugador querido, un ejemplo de esfuerzo. Pero ni la pasión por el fútbol ni las prisas por volver justifican los riesgos innecesarios.

El mundo del deporte, conmocionado, ha rendido homenaje al jugador. Desde sus compañeros en Anfield hasta rivales históricos como Cristiano Ronaldo, que decidió no asistir al funeral “para no montar un circo”. El duelo ha sido silencioso, íntimo, como corresponde a una pérdida que va más allá de lo futbolístico. Portugal llora a uno de sus referentes, pero también a un hermano, un hijo, un joven que tenía toda la vida por delante. Y que, como tantos, creyó que la carretera era un lugar sin consecuencias.

Lo que queda ahora es el vacío, las lecciones no deseadas y la obligación de no romantizar lo que no se puede justificar. Diogo Jota fue mucho más que un conductor en exceso de velocidad. Fue un futbolista brillante, un competidor incansable y una persona querida en todos los vestuarios por los que pasó. Pero también fue humano, como todos. Y en su error, si se confirma, está el recordatorio más duro de todos: nadie está por encima de los límites, y a veces, en una curva cualquiera, se nos puede ir todo. @mundiario

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