Más que medallas: las mujeres que han redefinido el relato de los Juegos de Invierno
Si hay una figura que ha simbolizado la nueva era del deporte femenino es Jutta Leerdam. Oro y plata en patinaje de velocidad y una exposición mediática que ha trascendido el ámbito estrictamente deportivo. La neerlandesa ha sido juzgada durante años por su maquillaje, su imagen y su potente presencia en redes sociales. Tras su victoria, publicó una fotografía llorando, con el rímel corrido, acompañada de una reflexión directa: aquello por lo que había sido criticada —su estética, su feminidad— era también parte de la confianza que la impulsaba a competir.
El debate no se quedó ahí. Su gesto de mostrar estratégicamente el logotipo de su patrocinador al abrir la cremallera del mono de competición fue interpretado por expertos como una acción de enorme rentabilidad comercial. Lejos de disculparse, Leerdam ha defendido su derecho a conjugar rendimiento y marca personal.
También fue cuestionada por su relación con el boxeador Jake Paul y por viajar en jet privado antes de los Juegos. Críticas que se diluyeron cuando llegaron las medallas. El contraste evidencia una realidad persistente: el éxito deportivo suele silenciar reproches que, en el caso de las mujeres, rara vez se limitan al terreno competitivo.
La menstruación, un tema que ya no se esconde
Otra de las imágenes que han marcado la competición fue la de Amber Glenn. Tras un error en el programa corto de patinaje artístico —ejecutado al ritmo de Like a Prayer—, explicó ante la prensa que estaba compitiendo con la menstruación y que apenas se habla de cómo afecta al rendimiento. Su declaración abrió un debate necesario: el cuerpo femenino no puede seguir siendo un asunto invisible en el deporte de élite.
Glenn verbalizó lo que durante décadas se ha silenciado. La presión psicológica de una gran cita internacional, sumada a los condicionantes físicos, forma parte de la experiencia competitiva. Nombrarlo, lejos de ser una excusa, es un ejercicio de transparencia.
La pausa como revolución silenciosa
En el caso de Alysa Liu, el oro en patinaje artístico ha tenido una lectura distinta. Tras anunciar su retirada en 2022, cuando apenas superaba la adolescencia, regresó a la competición con otra perspectiva. Su victoria no solo premia la técnica, sino la decisión de frenar en un sistema que exprime a las jóvenes promesas hasta el límite.
Liu ha reivindicado la creatividad, la autonomía y el disfrute frente a la obsesión por el resultado. Su imagen —cabello teñido con franjas de color y sonrisa permanente— simboliza una ruptura con el molde tradicional de la patinadora disciplinada y silenciosa. Su mensaje es claro: la excelencia no está reñida con la autenticidad.
Respuestas que desmontan el paternalismo
Si alguien ha sabido convertir la rueda de prensa en un espacio de afirmación es Eileen Gu. Con apenas 22 años, suma ya un palmarés histórico en el esquí acrobático. Estudiante en Stanford y modelo internacional, su figura trasciende el deporte.
Durante estos Juegos fue interpelada sobre si sus medallas de plata debían considerarse “oros perdidos”. La respuesta fue tajante: recordó que es la esquiadora de estilo libre femenina más laureada de la historia. También se le preguntó si reflexiona antes de contestar, insinuando que su rapidez verbal podía ser improvisación. Contestó reivindicando su introspección y su capacidad para moldear su pensamiento.
Gu ya había sido objeto de debate en 2019 al decidir competir bajo la bandera china, país de origen de su madre. Lejos de replegarse, defendió su elección como una forma de ampliar el impacto del deporte de invierno a millones de jóvenes. Las cifras posteriores de práctica deportiva en China reforzaron su argumento.
Estos Juegos han rozado la paridad de género en participación y han marcado un récord de atletas abiertamente LGTBIQA+, según datos difundidos por medios especializados. Sin embargo, el avance convive con inercias persistentes: listados que priorizan la apariencia física o preguntas que difícilmente se formularían a un competidor masculino.
A diferencia de generaciones anteriores, muchas deportistas ya no optan por el silencio estratégico. Responden, matizan, cuestionan y utilizan su altavoz. El foco mediático no solo se dirige hacia sus cuerpos o su vida privada, sino hacia sus argumentos.
El oro de estas deportistas no se limita a la clasificación oficial. Es también la conquista de un espacio discursivo. Han demostrado que se puede competir al máximo nivel, gestionar contratos millonarios, abordar cuestiones de salud femenina y contestar con firmeza a preguntas sesgadas sin perder el equilibrio.
El deporte de invierno ha servido de escaparate para constatar un cambio profundo: las mujeres no solo ganan pruebas, también redefinen el relato. Y en esa transformación, cada respuesta, cada gesto y cada medalla pesan más que nunca. @mundiario


