Caso Epstein desestabiliza a la realeza, gobiernos y élites internacionales
El caso Jeffrey Epstein, lejos de disiparse con el paso del tiempo, vuelve a proyectar una sombra incómoda sobre la política internacional y las élites occidentales. La publicación de nuevos documentos judiciales en Estados Unidos ha reactivado viejas preguntas y abierto frentes inesperados que alcanzan a la monarquía británica, al Gobierno laborista y a figuras de primer orden en Washington y el norte de Europa.
En Londres, el Palacio de Buckingham emitió un comunicado inusual: el rey Carlos III está dispuesto a colaborar con la policía si se le requiere en la investigación sobre la posible relevancia penal de la información que su hermano, el expríncipe Andrés, habría compartido con Epstein durante su etapa como emisario comercial en Asia. La Casa Real subrayó la “profunda preocupación” del monarca por el impacto del escándalo, una inquietud que también expresaron públicamente el príncipe Guillermo y Catalina, en un gesto calculado para marcar distancia y reforzar la imagen institucional.
La prudencia domina igualmente Downing Street. El primer ministro Keir Starmer observa cómo las revelaciones afectan a antiguos vínculos entre Epstein y figuras del entorno laborista, incluido el exembajador en Washington Peter Mandelson, cuya salida del cargo y posterior investigación por Scotland Yard han erosionado al Ejecutivo en un momento delicado. Las dimisiones en su equipo de comunicación y la presión interna del partido obligaron a Starmer a buscar respaldo parlamentario para contener el daño político.
Al otro lado del Atlántico, la trama judicial continúa expandiéndose. Ghislaine Maxwell, expareja y colaboradora del financiero fallecido en prisión, compareció por videoconferencia ante la Cámara de Representantes desde la cárcel y optó por acogerse a su derecho constitucional a no declarar. Sus abogados sostienen que solo hablará si recibe un indulto presidencial, una condición que añade tensión al debate político estadounidense.
En paralelo, Bill y Hillary Clinton se preparan para testificar a finales de febrero, en medio de la disputa entre demócratas y republicanos sobre si sus declaraciones deben hacerse públicas. Los nuevos archivos judiciales apuntan a que Maxwell ayudó al expresidente a financiar iniciativas filantrópicas tras dejar la Casa Blanca, antes de que Epstein fuera formalmente acusado en Florida en 2006. El dato, aunque no implica ilegalidad directa, reaviva un escrutinio político que ninguno de los implicados desea protagonizar en pleno año electoral.
La onda expansiva también alcanza a Europa continental. En Noruega, la policía abrió una investigación por presunta corrupción agravada contra la diplomática Mona Juul y su esposo, Terje Rød-Larsen, figuras históricas de la diplomacia internacional por su papel en los Acuerdos de Oslo. Ambos habrían mantenido vínculos con Epstein, lo que vuelve a colocar al financiero en el centro de sospechas que trascienden lo penal para rozar los circuitos del poder global.
El elemento más inquietante, sin embargo, es la posibilidad de que los próximos días traigan nuevas revelaciones. Los parlamentarios estadounidenses tendrán acceso a versiones sin editar de los archivos judiciales, mientras crecen las especulaciones sobre la eventual conexión de Epstein con agencias de inteligencia occidentales y extranjeras, un terreno especialmente resbaladizo en términos diplomáticos.
Desde una perspectiva política, el caso funciona hoy como un espejo incómodo: muestra hasta qué punto las redes de influencia, filantropía y diplomacia pueden entrelazarse con personajes tóxicos durante años sin que salten alarmas institucionales. Y plantea una pregunta que sigue sin respuesta clara: ¿se trata solo de un escándalo judicial que resurge por goteo documental o de una sacudida estructural capaz de erosionar la credibilidad de gobiernos, monarquías y grandes fortunas?
Por ahora, Buckingham, Downing Street y Washington caminan con cautela. Pero el regreso de Epstein al primer plano confirma algo que las democracias conocen bien: hay historias que nunca terminan de cerrarse del todo. Y cuando vuelven, lo hacen con capacidad para incomodar a los niveles más altos del poder. @mundiario


