Lo de Fernando Alonso en Montreal es de leyenda
Lo de Fernando Alonso en Montreal no se explica solo con estadísticas, aunque también hablen claro: 22-0 a Stroll en clasificación y cuatro Q3 seguidas con un coche que no está ni para soñar con ello. Su sexto puesto en la parrilla es una gesta técnica, mental y de talento puro, reservado para muy pocos.
Cuando uno compara su rendimiento con lo que da el AMR25 en manos de su compañero, se entiende por qué hay tanta admiración —y frustración— en el paddock. El monoplaza debería estar peleando en torno al puesto 13, pero Alonso lo mete entre los seis primeros. No hay milagros: hay genialidad, precisión y pilotaje en estado puro.
La pole de Russell es noticia, pero no sorprende tanto como ver a Fernando peleando con los McLaren, Ferrari y Mercedes. Su rendimiento no es flor de un día: es constancia, cabeza fría y el deseo insaciable de seguir compitiendo al más alto nivel. Mientras otros especulan, él ejecuta.
Carlos Sainz, en cambio, fue víctima de esa maldición que a veces se ensaña con él. Ni la bandera roja ni el tapón de Hadjar fueron culpa suya, pero le costaron el pase a Q2. La suerte no se compra ni se entrena, y este sábado volvió a darle la espalda en el peor momento posible.
El GP de Canadá ha dejado una parrilla apretada, eléctrica, donde todo puede pasar. Pero más allá de lo que dicte el semáforo este domingo, quedará el recuerdo de un Alonso que, a los 43, sigue dejando boquiabiertos a rivales, escépticos y nostálgicos. El tiempo pasa, pero él no. @mundiario


