Calma chicha con mar de fondo en el PP de Galicia

En el PP de Galicia está ahora vacante la presidencia del partido, pero pronto también lo estará la presidencia de la Xunta. ¿Habrá bicefalia? ¿Un sucesor provisional? ¿O un nuevo líder? 
Diego Calvo y Alfonso Rueda. / Xunta de Galicia
Diego Calvo y Alfonso Rueda. / Xunta de Galicia

Aunque pudiera parecerlo mientras lo lideraba Feijóo, el Pepedegá nunca fue una balsa de aceite. Siempre hubo un cierto mar de fondo, que ya venía de los tiempos de Fraga e incluso de antes. No olvidemos que Don Manuel llegó a sufrir un conato de escisión comandado por Baltar senior, la llamada "rebelión del piso", y que también tuvo sus más y sus menos con Cacharro e incluso con Cuiña, que mandaban mucho en aquella Xunta en realidad no tan monolítica como parecía.

Tras su primera e inapelable victoria, en 2009, el Feijóo apadrinado por Rajoy acumuló un gran poder interno ya sin el contrapeso de las diputaciones, que acabaron todas en manos de PSOE y Bloque, excepto Ourense. Se impuso lo que terminó por ser una calma chicha, la que reina ahora, con Don Alberto en Madrid. Se perciben sin embargo corrientes que fluyen en forma de un todavía ligero oleaje, que sacude el barco del que todos dicen estar a bordo y amaneza lo que hasta aquí fue una bastante plácida singladura. 

Alguna cosas empiezan a estar claras. El sucesor de Feijóo será proclamado, no aclamado. El candidato más previsible no suscita precisamente unanimidad y, mucho menos, entusiasmo.

Entre los notables, no solo "barones" del partido, crecen las reservas sobre la conveniencia de que sea Alfonso Rueda el designado, por su perfil y por los equilibrios territoriales.

Tampoco hay consenso en que lo designe el ahora presidente nacional del PP. Ya que celebrar primarias alargaría demasiado el proceso, van ganando apoyos los partidarios de que al menos se convoque un congreso extraordinario, en el que los afiliados puedan elegir entre varios aspirantes, si los hubiera, o donde se calibre el apoyo real con el que contaría el candidato oficialista, el propuesto por Feijóo. En cualquier caso, a partir de la cita congresual el nuevo líder contaría con el respaldo directo de las bases como fuerza legitimadora de su autoridad sobre el partido.

Todos en el PP gallego parecen tener claro que no es lo mismo encontrar un reemplazo para Feijóo que un auténtico sucesor, alguien que herede su poder orgánico e institucional. La Xunta ha de tener, cuanto antes, un presidente que agarre el timón hasta el final de la legislatura y garantice la estabilidad. La sensación de interinidad es mala tanto para la administración autonómica como para el propio partido. Eso no se le escapa a nadie en la cúpula del Pepedegá. Lo que no parecen tener ya tan claro es si esa urgencia debe o no condicionar los plazos de un relevo orgánico como Dios manda y hasta qué punto conviene generar una bicefalia, aunque sea temporal, con diferentes mandos en San Caetano y en San Lázaro, o sea con dos santos, cada uno en su peana y puede que con diferente grado de devoción entre la misma parroquia.

Ahora bien, lo que más  debería inquietar a los populares gallegos, por arriba y por abajo, es que con la mudanza de Feijóo a la calle Génova, a dos años y pico de las próximas elecciones gallegas, el PP pasa a ser el único de los tres grandes partidos que al menos sobre el papel no tiene todavía un candidato definido. Ni un liderazgo claro. Por ese lado, la oposición, y sobre todo el Benegá de Ana Pontón, juega con clara ventaja y sabiendo, además, que después de las municipales del año que viene tendrán aún más el viento a favor. Porque esa cita con las urnas, aunque Don Alberto se hubiera quedado en Galicia, pinta francamente mal para el Pepedegá, que es probable que siga sin gobernar en ninguna de las grandes ciudades y pueda perder la Diputación ourensana, convertida ya en la heroica aldea de Asterix, al mando de un resiliente Baltar jr., que tiene todas las papeletas para acabar siendo, a su pesar y salvo milagro, el último mohicano del poder local conservador. @mundiario

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