Trump, Venezuela y el petróleo que sigue moviendo el mundo
Venezuela flota sobre un océano de petróleo. Literalmente. Bajo la Faja Petrolífera del Orinoco yace la mayor acumulación de crudo conocida del planeta. Sin embargo, el país apenas extrae hoy el 1% del petróleo mundial, menos de la mitad de lo que producía hace treinta años. Esta contradicción —reservas gigantescas, producción mínima— es una de las mayores paradojas energéticas del siglo XXI. Y también una de las claves para entender por qué Donald Trump vuelve a poner los ojos, y la presión, sobre Caracas.
Durante décadas, Venezuela fue sinónimo de petróleo. Exportaba millones de barriles diarios, financiaba su Estado, sostenía su moneda y ejercía influencia regional gracias a un recurso que el mundo necesitaba desesperadamente. Hoy, pese a concentrar el 17% de las reservas globales, el país sobrevive entre refinerías obsoletas, sanciones internacionales, corrupción estructural y una industria incapaz de transformar su riqueza geológica en poder económico.
La historia del petróleo venezolano es, en realidad, una historia de oportunidades perdidas. En 1980, el país apenas representaba el 3% de las reservas mundiales. Arabia Saudí dominaba sin discusión. Treinta años después, entre 2008 y 2010, Venezuela pasó a encabezar el ranking mundial. No fue magia ni un hallazgo repentino: fue un cambio de criterio. El crudo pesado y extrapesado del Orinoco, durante años considerado casi inútil, empezó a contabilizarse como “técnicamente recuperable”. Ahí empezó la paradoja. Porque tener petróleo no significa poder usarlo.
Durante buena parte del siglo XX, ningún barril venezolano procedía del Orinoco. Hoy, el 80% de su producción sale de esa región. Pero ese petróleo no es como el saudí ni como el estadounidense. Es denso, viscoso, difícil de extraer, caro de procesar y prácticamente inservible sin tecnología avanzada. Convertirlo en combustible exige inversiones multimillonarias, refinerías especializadas y conocimiento técnico que Venezuela fue perdiendo a pasos agigantados. El resultado es un país sentado sobre la mayor reserva del mundo… sin capacidad real para explotarla.
El petróleo que no fluye
La nacionalización de PDVSA en 1976 convirtió al petróleo en una herramienta política. Con la llegada de Hugo Chávez en 1999, esa tendencia se intensificó. La empresa estatal pasó de ser una petrolera a ser una caja del Estado, una agencia social y un instrumento de poder. La inversión cayó, el mantenimiento se descuidó y miles de técnicos cualificados abandonaron el país.
A eso se sumaron las sanciones internacionales, especialmente las de 2019, que cerraron el acceso a capital, tecnología y mercados. Para una industria que depende de socios extranjeros para extraer crudo pesado, el golpe fue devastador. Venezuela terminó con más petróleo que nunca… y menos capacidad que jamás para sacarlo del subsuelo.
Hoy produce alrededor de 700.000 barriles diarios. En los años noventa superaba los tres millones.
El desacople fatal: reservas sin producción
En la mayoría de grandes productores, reservas y producción crecen de forma paralela. En Venezuela ocurre lo contrario. Las reservas se multiplicaron por cuatro en apenas un lustro, mientras la producción se desplomaba. Es un caso casi único en el mundo.
El petróleo venezolano se ha convertido en una riqueza inmóvil, una promesa que no se traduce en ingresos, empleo ni influencia. De hecho, el peso del petróleo en el consumo energético interno es hoy menor que el del gas y apenas superior al de la hidroeléctrica. Un país petrolero que ya no vive del petróleo.
Trump y el cuello de botella energético
Aquí entra Donald Trump. Para Estados Unidos, Venezuela no es solo un problema político: es un activo estratégico mal gestionado. Washington sabe que el verdadero valor no está solo en el crudo, sino en la capacidad de desbloquearlo.
Estados Unidos tiene experiencia. Durante años construyó refinerías en el Golfo de México diseñadas específicamente adaptadas a este tipo de petróleo cuando Venezuela era una de sus principales fuentes de importación. Hoy importa petróleo pesado de Canadá y México, mientras el venezolano circula en la sombra, transportado por “buques fantasma” que apagan sus sistemas de identificación para esquivar sanciones.
Cuando Trump habla de “invertir miles de millones para reparar la infraestructura petrolera”, no habla solo de reconstrucción. Habla de control. De sustituir un sistema colapsado por uno funcional, alineado con los intereses energéticos estadounidenses.
De gran exportador a petróleo clandestino
Venezuela pasó de ser un socio clave de Estados Unidos a depender de China y de redes opacas de transporte marítimo. Buques que cambian de nombre, bandera y ruta en alta mar. Petróleo que se mezcla, se oculta y reaparece como si no viniera de donde viene.
Es el síntoma extremo de la paradoja: un recurso esencial para el mundo moviéndose como contrabando.
El petróleo que sigue moviendo el mundo
Pese al auge de las renovables, el petróleo sigue siendo la principal fuente de energía global. Estados Unidos, China e India lo necesitan. Y Venezuela, aunque no pueda explotarlo por sí sola, posee una llave que muchos quieren girar.
Trump lo sabe. Controlar el petróleo venezolano no es solo una cuestión de barriles. Es una forma de influir en el mercado global, reducir la dependencia de otros productores y convertir una anomalía energética en una ventaja geopolítica.
Venezuela es el país más rico en petróleo del mundo… y uno de los más pobres en capacidad para usarlo. Esa contradicción explica su crisis. Y también por qué, cuando el petróleo vuelve a ser poder, todos quieren decidir quién lo controla. @mundiario



