Trump insta a las petroleras a invertir 100.000 millones de dólares en Venezuela
El petróleo venezolano ha vuelto al centro del tablero geopolítico mundial, y esta vez lo hace sin rodeos. Donald Trump reunió en la Casa Blanca a dos docenas de ejecutivos de las mayores petroleras del planeta con un mensaje tan directo como incómodo: Estados Unidos quiere que el sector privado invierta al menos 100.000 millones de dólares para reconstruir y, de facto, controlar la industria petrolera de Venezuela. No se trata de ayudas públicas ni de cooperación internacional, sino de poder, seguridad y rentabilidad bajo tutela política estadounidense.
El encuentro, celebrado a puerta cerrada en el salón Este, fue una escenificación del nuevo momento histórico tras la captura de Nicolás Maduro y la instalación de un Gobierno provisional encabezado por Delcy Rodríguez bajo supervisión de Washington. Trump habló como promotor inmobiliario y como comandante en jefe: las petroleras no necesitan dinero público, pero sí “protección y seguridad del Gobierno” para recuperar su inversión. La promesa implícita es clara: quien entre ahora se quedará durante décadas.
Sin embargo, el entusiasmo presidencial chocó con la memoria larga de la industria. Los ejecutivos escucharon, sonrieron y elogiaron al presidente, pero evitaron compromisos firmes. Venezuela sigue siendo sinónimo de riesgo político, expropiaciones traumáticas y contratos quebrados. El petróleo abunda, pero la confianza escasea.
Trump, consciente de esas reticencias, apeló al interés nacional. “Háganlo por nuestro país”, les trasladó, según Bloomberg. La frase resume el fondo del asunto: la reconstrucción de la industria petrolera venezolana no es solo un negocio, sino una pieza estratégica para frenar a China y Rusia, controlar precios y asegurar energía barata para el votante estadounidense.
Un plan privado con respaldo estatal
Trump ha diseñado una fórmula híbrida: inversión privada masiva con paraguas político y militar estadounidense. Las petroleras pondrían el capital; Washington garantizaría estabilidad, seguridad y acceso preferente al crudo. No se especifica si esa protección será jurídica, física o ambas, pero el mensaje es inequívoco: el Estado respaldará a quienes apuesten por Venezuela.
El objetivo inicial es vaciar los tanques desbordados del país, donde se acumulan unos 30 millones de barriles que no podían venderse por las sanciones. Estados Unidos ya ha empezado a incautar cargamentos y a canalizarlos a través de un “Gran Acuerdo Energético” creado ad hoc. Es el primer paso para normalizar el flujo de crudo… bajo control estadounidense.
El botín energético más grande del planeta
Venezuela alberga las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, concentradas en la franja del Orinoco. Se estima que contienen cerca del 20% de todas las reservas globales. Pero ese tesoro está atrapado en una industria devastada: plataformas abandonadas, refinerías obsoletas, fugas constantes y una PDVSA ahogada por años de mala gestión y corrupción.
Según analistas de Rystad Energy, solo mantener la producción actual —en torno a un millón de barriles diarios— exigiría 53.000 millones de dólares. Recuperar el nivel histórico de 3,5 millones de barriles requeriría hasta 180.000 millones durante más de una década. De ahí que Trump hable de 100.000 millones como mínimo de entrada.
El miedo a repetir el trauma chavista
Las petroleras no olvidan. Exxon y ConocoPhillips fueron expropiadas durante la ola de nacionalizaciones de Hugo Chávez y sufrieron pérdidas multimillonarias. Darren Woods, consejero delegado de Exxon, fue tajante: invertir hoy en Venezuela “no es posible” sin cambios profundos y garantías excepcionales.
Ese es el principal obstáculo del plan Trump: la memoria del sector choca con la urgencia política. La rentabilidad del petróleo pesado venezolano es alta a largo plazo, pero requiere estabilidad sostenida durante años, algo que Venezuela no ha ofrecido en décadas.
Repsol y el pragmatismo europeo
En medio de ese escepticismo, Repsol juega un papel singular. Su consejero delegado, Josu Jon Imaz, aseguró ante Trump que la compañía está lista para triplicar su producción en Venezuela en dos o tres años si existe un marco legal adecuado. La petrolera española, junto a Eni, garantiza hoy el gas que sostiene la mitad de la red eléctrica venezolana.
Repsol representa el pragmatismo: ya está allí, ya conoce el terreno y prefiere adaptarse al nuevo poder antes que quedarse fuera. Pero incluso para ella, el futuro pasa por negociar no solo con Caracas, sino directamente con Washington.
Petróleo barato y urnas
Detrás de la retórica geoestratégica late un cálculo electoral. Con el petróleo venezolano, Trump podrá reducir los precios del combustible en Estados Unidos y aliviar la presión sobre la cesta de la compra antes de las elecciones de mitad de mandato. Controlar la oferta es controlar el mercado, y controlar el mercado es controlar el relato económico.
“Si no lo hacemos nosotros, lo harán China o Rusia”, repite Trump. La frase funciona como amenaza externa y justificación interna. Venezuela deja de ser un problema latinoamericano para convertirse en una palanca clave del poder estadounidense. @mundiario



