Del proteccionismo al aislamiento: el juego peligroso de Trump con China
La política comercial de Donald Trump nunca ha sido un ejercicio de matices. Desde su llegada a la presidencia en 2017, el magnate convirtió el proteccionismo en una bandera política con la que pretendía recuperar empleos industriales y corregir los déficits comerciales de Estados Unidos. Hoy, tras anunciar la posibilidad de imponer nuevos aranceles del 50% a las importaciones chinas —que se sumarían a gravámenes anteriores y elevarían la carga total hasta el 104%—, queda claro que el mandatario sigue empeñado en conducir la economía global como si de una partida de póker se tratara.
La amenaza tiene lugar en un contexto tenso, marcado por la reacción de China a las medidas estadounidenses con aranceles del 34%, así como por el enfriamiento de las relaciones con otros socios comerciales estratégicos como la Unión Europea, México o Canadá. La respuesta de Trump ha sido contundente: ningún país que represalie a Estados Unidos será bienvenido en la mesa de negociaciones. A su juicio, solo desde una posición de fuerza se puede negociar, lo que él llama “sentarse en el asiento del conductor”.
Una guerra contra el mundo
Sin embargo, lo que Trump presenta como un acto de firmeza nacional se asemeja cada vez más a una temeridad calculada. La guerra comercial, lejos de reportar los beneficios prometidos, ha contribuido a tensar los mercados, aumentar los costes para los consumidores estadounidenses y desestabilizar el comercio internacional. No es casualidad que, ante el anuncio de nuevos aranceles, las bolsas reaccionasen con pánico, mientras algunos de los principales referentes de las finanzas globales —como el presidente de JP Morgan o el inversor Bill Ackman— advierten de un riesgo real de recesión.
La política comercial de Trump no es tanto un programa estructurado como un discurso improvisado que mezcla amenazas, exaltación nacionalista y un relato de agravio constante contra el resto del mundo. Según su visión, la Unión Europea nació para perjudicar a Estados Unidos, Japón se aprovecha del mercado automovilístico, y sus vecinos, Canadá y México, “hacen trampas” en el cumplimiento de los tratados. Esta narrativa victimista olvida deliberadamente los beneficios que Estados Unidos obtiene en otros ámbitos, como la balanza de servicios, la inversión directa o el acceso privilegiado a mercados globales.
Más preocupante aún es la falta de coherencia en el mensaje. Mientras Trump amenaza con medidas drásticas, también asegura estar dispuesto a negociar “de inmediato”. Sus asesores, lejos de unificar criterios, lanzan mensajes contradictorios: unos niegan la posibilidad de negociar, otros afirman que ya hay avances significativos. Incluso el propio Trump parece desmentirse a sí mismo en cuestión de horas. Esta ambigüedad calculada puede servir como táctica de presión en el corto plazo, pero mina la credibilidad de Estados Unidos como socio comercial fiable y crea un clima de incertidumbre que ahuyenta la inversión.
China, el gran rival de Trump
El caso de China es especialmente delicado. Pekín no ha cedido ante la presión estadounidense, y la estrategia de Trump puede estar alimentando un pulso que ninguno de los dos países puede ganar sin coste. Aunque China tiene más que perder en una guerra comercial directa, también dispone de herramientas para resistir e incluso para reinterpretar el conflicto como una cuestión de dignidad nacional, reforzando su cohesión interna.
Trump, por su parte, insiste en que los aranceles harán de su país “más rico”, una afirmación que se apoya más en eslóganes que en evidencia económica. La historia reciente muestra que los aranceles generalizados no solo encarecen los productos importados, sino que también perjudican a las industrias locales que dependen de materias primas extranjeras. Además, pueden desatar represalias que afectan a sectores clave como la agricultura, la automoción o la tecnología.
Una relación con la UE ¿rota?
La supuesta solución que plantea Trump —que la Unión Europea compre energía estadounidense para compensar el déficit comercial— es tan simplista como inverosímil. Ignora los compromisos climáticos europeos, la diversidad de fuentes de energía en el continente y los límites técnicos y políticos de una relación comercial tan compleja.
En definitiva, la retórica arancelaria de Trump, revestida de patriotismo y soberanía económica, no responde a una lógica de cooperación ni de reforma del sistema multilateral de comercio, sino a una visión unilateralista del poder. Lo que está en juego no es solo el equilibrio de la balanza comercial, sino la estabilidad del orden económico internacional y la capacidad de los países para resolver sus diferencias sin caer en una espiral de represalias.
Si en 2008 la crisis financiera se simbolizó con la caída de Lehman Brothers y en 2020 con las calles vacías de la pandemia, la próxima recesión podría tener como rostro a un líder ondeando el estandarte del aislacionismo económico. Y esa imagen no es una anécdota, sino una advertencia. @mundiario



