De la terciarización de la economía al sector cuaternario

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Con la inminente revolución eco-digital de la economía descarbonizada y la inteligencia artificial, España sigue anclada en esquemas del siglo anterior. 

De la terciarización de la economía al sector cuaternario

España se lo tiene que hacer mirar. De ser una potencia agraria tiempo atrás hemos pasado a ser otra de servicios en la plenitud de la democracia, tras haber reducido a mínimos previamente el peso de la industria, pero adentrándonos en la era del sector cuaternario y del conocimiento ecodigital sin los deberes hechos. Grave es que no se vislumbra ningún correctivo para afrontar tanta orfandad de sus sectores económicos.

Por lo que al sector cuaternario se refiere, la clase política no está tampoco a la altura desde hace años de lo que España 5.0 necesita. Mientras nuestros competidores están tomando posiciones en la escena internacional,  aquí nos granjeamos eternas disputas pueriles y, una vez más, se nos echa el tiempo encima.

Con estos antecedentes no nos debe sorprender que seamos tan vulnerables a cualquier tipo de crisis (pasada y futura). Y en lo que va de siglo ya llevamos unas cuantas (económicas, sanitaria, ambiental, etc). Lo malo es que con la inminente revolución eco-digital de la economía descarbonizada y la inteligencia artificial, España sigue anclada en esquemas del siglo anterior. 

Hay analistas que no se ponen de acuerdo: si por desidia, holgazanería o porque esperamos a las difíciles decisiones políticas vengan impuestas por Bruselas como siempre para poner el cazo y sortear las polémicas políticas. Desde luego, con esta actitud de inadaptación a la innovación en España, difícilmente podrá mantener su estatus quo en la geopolítica mundial. Un estatus que por cierto ha ido en declive por mucho que empañemos los espejos con vapor de agua.
 

LA MAYOR CAÍDA DEL PESO DE LA INDUSTRIA

Si el sector primario o agrario apenas representaba en el 2008 el 2,3% de la economía española, a finales del 2019 se mantenía en el 2,9%. Es decir que de ser exportador de bienes agrarios y autoabastecernos, hemos pasado a abandonar el campo y a depender del exterior para alimentar nuestras bocas -como ha quedado patente con la invasión rusa en Ucrania- más allá de productos puntuales como: aceite, cítricos y algunas hortalizas. 

La falta de relevo generacional en el sector primario no augura nada bueno por la pérdida prevista de unos 160.000 empleos, según algunos pronósticos. Hablar pues de seguridad alimentaria cuando hemos abandonado el campo parece un contrasentido. El abandono descarado del rural  es un grave error que agudiza el deterioro medioambiental del conjunto de España e hipoteca el desarrollo del resto de los sectores económicos.

Con el despegue del sector secundario o industrial en los 70 y 80, pasamos incongruentemente a la desindustrialización en las décadas siguientes agudizada con la reconversión industrial,  la privatización y la venta de las principales corporaciones industriales a inversores extranjeros, así como a la deslocalización de nuestros centros productivos. La falta de especialización e inversión en I+D+i es además una actitud que se mantiene intacta en detrimento del ramo. 

El resultado es que entre 2008 y 2019, el peso de la industria ha pasado de representar el 26% de la economía española al 12,6% en contra de la tendencia inversa entre nuestros principales competidores vecinos en Europa.  Con la muerte de Franco en 1975, el sector secundario había llegado a representar el 30% del PIB nacional.

Este mismo retroceso se ha observado en Cataluña, a diferencia del País Vasco, donde se concentra el principal núcleo industrial del Estado que ha visto depreciar  su peso durante la última década casi diez puntos del PIB. Algunos pronósticos auguran una década negra con una mayor pérdida del peso industrial en España y la destrucción de otros 200.000 empleos para el 2030.

Consecuencia: como en el sector primario nos volvemos dependientes peligrosamente del exterior. Hemos desindustrializado España a marchas forzadas, destruido empleo, valor añadido y mantenido una escasa alineación con el sector educativo.

En su lugar, nos iniciamos en los 60 con el turismo (servicios) y desde entonces no hemos parado de alimentar esta industria de exportación de paisaje hasta detentar el primer destino de Europa y el segundo del mundo. Las ventajas son evidentes. Los inconvenientes es que este monocultivo nos ha hecho más vulnerables a cualquier sacudida financiera, monetaria, sanitaria y logística que hemos padecido a lo largo de los últimos lustros. 

De esta manera, entre el 2008 y 2019, el sector terciario o servicios ha escalado más de cinco puntos pasando del 63 al 68%. La economía española ha cogido gusto por el trabajo temporal, por acoger a millones de turistas, darles de comer y beber y especializarnos en todo tipo de prestación de bienes y servicios terciarios tras dar la espalda a las actividades de cuello azul. Eso explica tal vez que suframos con más virulencia los altibajos de los mercados internacionales.

UNA ESPAÑ@ 5.0 HIPERCONECTADA, MENOS EN EL RURAL

Pese a todo ello, España sigue sin afrontar otro importante desafío. Se trata de impulsar al sector cuaternario con la inminente digitalización  y descarbonización de España ante la llegada de la economía verde y la revolución tecnológica del conocimiento. 

Hemos hecho los deberes en unos cuantos frentes, pero arrastramos para septiembre muchas asignaturas pendientes: la digitalización de la administración pública, de las pymes y micropymes, de la banca, acabar con la brecha digital en especial en la España vacía o la falta de adaptación legislativa al nuevo modelo digital del futuro.

Y no se trata solo de llevar internet de alta velocidad a todos los rincones del país, sino en dejar atrás esquemas analógicos del siglo pasado a los nuevos flujos y paradigmas digitales del siglo XXI. El presencialismo tan acusado en las empresas en contra del teletrabajo que experimentamos durante la pandemia, se resiste porque en muchas cabezas mantenemos la desconfianza católica por el rendimiento lejos de las miradas de los jefes. 

Ya dijimos en alguna ocasión desde MUNDIARIO que España está perdiendo otro tren, el de erigirse en una potencia mundial para atraer el teletrabajo de medio mundo. Las jornadas laborales hoy en día no reflejan la realidad de la era digital, sino que sigue anclada en los esquemas mentales del siglo analógico pasado.

Uno de los obstáculos para hacer despegar el sector cuaternario en España es que existe poca confianza en el talento, el exceso de jerarquías y en la inadaptación del sector educativo a las demandas reales del mundo laboral. En pleno siglo XXI y tras levantar durante muchos años el embargo a la FP dual, aún se reniega del binomio empresa-universidad.

Algunos campos claves del cuarto sector pasan por la apuesta decidida por la ciencia y tecnología, la Investigación y Desarrollo (al que le dedicamos mucho menos que a los  juegos de azar), al diseño, generación de información y datos, la formación continua, el conocimiento, el talento, la innovación, la gestión de intangibles y la mano de obra supercapacitada. (Formar no significa capacitar que es otro error clásico). 

También se echa de menos una política industrial por parte de la Administración que favorezca el cambio de no pocos paradigmas, porque la clase política suele pensar y actuar sólo a corto plazo. Y mientras desde la Administración trata de convencernos de la apuesta oral por la digitalización, hay que remitirse a hechos concretos: la ministra de Educación ha decidido retirar estos días la asignatura de Informática de las escuelas.Que informaticen otros” podría decirse.

Pese a todo, el sector cuaternario sin duda redundará en infraestructuras inteligentes, en una mejora de la capacitación laboral además de reducir su dependencia energética, su huella ecológica y aumentar la estabilidad laboral. Algunas consultoras internacionales exigen potenciar las inversiones en I+D+i más del  3% del PIB (frente al 1,4% actual), elevar el peso de la industria y el 75% el origen de la creación de energía renovable.

Para el Gobierno, la España 5.0 hiperconectada persigue “mejorar la eficiencia de la gestión del agua, residuos, energía y recursos, emisiones y renovables en el marco de la economía circular”, según reza los argumentos recogidos en  “Política Industrial, España 2030” que contempla una inversión de casi 3.700 millones de euros.

Como en todo, es cuestión de prioridades. Si comparamos esa inversión prevista a la dedicada a una campaña de igualdad por valor de 20.000 millones de euros sin apenas valor añadido, está claro el interés estratégico que demostramos por el futuro del sector cuaternario. Es de esperar que haya una rectificación pronto y no caigamos en los mismos errores que con el resto de los sectores económicos clásicos. @mundiario

 

 

 

 

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