Sin equilibrio: el pulso entre China y EE UU por las tierras raras amenaza con expandirse
Cuando las negociaciones entre Estados Unidos y China parecían encaminarse hacia una tregua estable, Pekín ha vuelto a mover ficha con un anuncio que sacude los cimientos del comercio global. Las nuevas restricciones a la exportación de tierras raras y componentes vinculados a las baterías de litio han reactivado el conflicto arancelario que definió la política económica del presidente Donald Trump durante su primer mandato.
La decisión china, hecha pública el jueves, llega tras varias semanas de diálogo que apuntaban hacia una moderación de la rivalidad entre ambas potencias.
Trump respondió de inmediato con su habitual tono combativo: amenazó con imponer aranceles adicionales del 100% sobre los productos chinos a partir del 1 de noviembre y con cancelar su próxima reunión con Xi Jinping en Corea del Sur. Con ello, el tablero comercial vuelve a un punto similar al de 2018, cuando comenzó la escalada de medidas y represalias que marcó la llamada “guerra de tarifas”.
El Ministerio de Comercio chino ha defendido que sus nuevas regulaciones sobre tierras raras son “acciones legítimas y necesarias para proteger la seguridad nacional y los intereses industriales del país”. El nuevo sistema exige una autorización oficial para exportar materiales que contengan incluso trazas mínimas de estos elementos —esenciales para la fabricación de imanes, láseres, fibras ópticas y sistemas de defensa—, extendiendo el control más allá de las fronteras chinas.
Con esta medida, Pekín busca mantener un dominio firme sobre un mercado en el que concentra cerca del 70% de la producción mundial y del que dependen industrias tecnológicas, energéticas y militares de todo el planeta. Según analistas en Washington citados por POLITICO, se trata de un movimiento de presión calculado: un recordatorio de que China conserva una poderosa palanca sobre la cadena de suministro global.
A pesar de haber dado el paso, Pekín sostiene que la actitud de la Casa Blanca en materia de sanciones y restricciones tecnológicas ha sido la causa directa del deterioro. “Estados Unidos ha introducido una serie de medidas discriminatorias que dañan gravemente el clima de las negociaciones”, afirmó un portavoz del Ministerio de Comercio chino, en referencia a la inclusión de empresas chinas en listas negras, nuevos aranceles portuarios y controles sobre chips y software avanzado.
En respuesta, Trump retomó su retórica proteccionista bajo el lema “America First”, aludiendo a la necesidad de proteger las industrias críticas frente a la “manipulación económica china”. Sin embargo, su amenaza de elevar al 100% los aranceles reaviva el temor a un nuevo ciclo de represalias que podría alterar de nuevo los mercados internacionales y las cadenas de valor.
En este contexto, el índice S&P 500 de Wall Street registró una caída del 2% tras el anuncio chino, su peor jornada desde abril. El mercado teme un nuevo ciclo de volatilidad en las materias primas estratégicas, especialmente en los sectores tecnológico y energético, los más dependientes de las tierras raras.
Los analistas coinciden en que la medida afecta no solo a Estados Unidos, sino también a Europa, Japón y Corea del Sur, que importan materiales y componentes intermedios dependientes de la cadena china. En un contexto de transición energética y auge de los vehículos eléctricos, la decisión de Pekín puede tener repercusiones directas sobre la producción de baterías, turbinas y semiconductores.
Entre la defensa y la disuasión: la narrativa de Pekín
El Gobierno chino ha insistido en que sus medidas no buscan la confrontación, sino garantizar un “uso responsable” de los recursos críticos y evitar su utilización en contextos militares extranjeros. “No deseamos una guerra comercial, pero no la tememos”, resumió el Ministerio de Comercio.
Esa doble narrativa —defensiva en el discurso, coercitiva en el efecto— refleja el enfoque de Pekín: marcar límites a Washington y demostrar que posee capacidad para influir en la estabilidad de los mercados globales.
Pese a la dureza del intercambio, China ha evitado, por el momento, responder con contramedidas arancelarias inmediatas, lo que abre una mínima ventana de negociación. Expertos de la firma china Hutong Research, citados por Reuters, interpretan este gesto como un intento de mantener el margen diplomático y preservar la posibilidad de un acuerdo a largo plazo.
Sin embargo, la amenaza de nuevos aranceles y las tensiones políticas podrían devolver la relación bilateral al punto muerto de la guerra arancelaria de Trump. En este escenario, la rivalidad económica se entrelaza repetidamente con la dependencia tecnológica y la competencia geopolítica, lo que hasta ahora ha contribuido a consolidar nuevas fases de incertidumbre.
La reactivación del conflicto comercial evidencia que ni Washington ni Pekín están dispuestos a ceder en el control de las cadenas de suministro estratégicas. Ambos países exhiben fuerza, pero también vulnerabilidad: Estados Unidos necesita las tierras raras tanto como China requiere productos estadounidenses para mantener sus industrias. @mundiario


